El verboso Chávez y el rey de España

Se sigue debatiendo en América Latina y en España si en la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile el rey Juan Carlos cometió un error al pedirle al presidente Chávez que se callara la boca o si, a la inversa, el error lo cometió Chávez al atacar al ex premier español José María Aznar.

En principio, conviene recordar que el que hablaba en ese momento era el señor Rodríguez Zapatero, interrumpido a cada rato por Chávez. La observación es pertinente porque el monarca español no pidió que se callara el que estaba haciendo uso de la palabra, sino el que estaba violando las normas de respeto y cortesía que hacen posibles estos encuentros. En rigor, Chávez rompía el protocolo por partida doble: perturbaba el discurso del orador en turno y agraviaba a su antecesor, que estaba ausente y había sido elegido por los españoles.

De modo que, más allá de que la reacción de Juan Carlos I haya estado bien, regular o mal, lo que está fuera de discusión es que la responsabilidad principal por lo acaecido corresponde al mandatario venezolano, un personaje habituado a promover estos escándalos en los foros internacionales y también habituado a que los mandatarios de América Latina consientan sus bravuconadas y groserías.

El monarca hispano es un hombre de prestigio en Occidente. Todos los españoles recuerdan cuando con voz clara condenó la asonada de Tejero, testimoniando así la definitiva alianza de la monarquía con la democracia. Su ascendiente moral es alto y lo prueba el hecho de que -más allá de los resultados- tanto Uruguay como Argentina acordaran en su momento su papel de facilitador del diálogo bilateral en el conflicto por las pasteras.

Chávez, por su parte, es un caudillo autoritario y megalómano que se enorgullece de su amistad con el dictador Fidel Castro y los fundamentalistas del Islam. Su incontinencia verbal es padecida por los venezolanos, a quienes abruma con maratónicos discursos por radio y televisión. Pero también la sufren los participantes de las cumbres iberoamericanas, ya que la discrecionalidad que practica en Venezuela la extiende al mundo.

Empero, no todo es exceso verbal en Chávez. Más de un analista entiende que el escándalo protagonizado en Santiago fue una cortina de humo. En efecto, mientras se celebraba la reunión en Chile, en Caracas, las organizaciones armadas del chavismo garroteaban a los estudiantes que se movilizaban contra su proyecto de reelección indefinida.

Más que preocuparse por motejar a Aznar o confrontar a un rey al que el pueblo español respeta, Chávez debería preocuparse por el clima despótico que instauró en su país, donde gracias a sus desplantes la nación está partida en dos, un desgarramiento social que anticipa horas negras para el pueblo venezolano.

Luego de lo ocurrido en Santiago, es difícil que España siga fogoneando encuentros internacionales de esta naturaleza. Si personajes como Evo Morales, Ortega y Chávez suponen que el ataque a España es una reivindicación aborigen por la conquista ocurrida hace cinco siglos, habría que recordarles que todo intento de volver al pasado es imposible; pero además, produce el desastroso efecto de bloquear el futuro.