ANOTACIONES AL MARGEN
Apostillas de un viaje al hiper
Por Estanislao Giménez Corte - [email protected]

I

Los juicios falaces, la opinión rápida sobre los centros comerciales y shoppings, los análisis a propósito de esas moles asépticas que se multiplican a extramuros de las ciudades, han pasado por alto un dato revelador, que sólo aparece in situ: ellas, en su morosa naturaleza, sirven para pensar. Puede decirse que uno, viéndose -en los vidrios humedecidos de las heladeras- fatigar lastimosamente las góndolas; al arrastrar las ruedas de los changos, cargar los petates, percibir la música funcional o de radio estación que cae desde arriba; al esquivar las cientos de personas que miran como compartiendo el sentimiento de extrañeza y pena, o al pasar de lado a los que allí intentan superar el aburrimiento sabatino, piensa. Piensa muchísimo.

II

Fríos como un quirófano, de luz blanquecina atosigados los contornos, su gélida arquitectura invoca algún recóndito sitio mortuorio en la imaginación, de rasgo pesadillesco. Su morfología es extrañísima: los pasadizos pierden a los visitantes de las perspectivas de los puntos cardinales; nunca jamás entra en ellos la luz solar y, todavía peor, es difícil o extremadamente lento el proceso para irse. Pero, aun así, las gentes van y regresan; los aman y regresan; los detestan... pero regresan.

III

De modo que, por detrás de la dinámica lunática caracterizada por la acumulación y el despojamiento, por fuera del paso de los transeúntes apresurados, más allá de los paquetes que son trocados por papeles, puede entreverse una exageración tragicómica: el aporte de los malls a la reflexión de corte nihilista y existencialista (alguien sugirió inclusive sumar a la teoría del suicidio de Durkheim) no ha sido todavía debidamente mensurado.

IV

Hay, creo, varias etapas del tour, que culmina, indefectiblemente, en la desesperación o en la histeria. La primera de ellas es sopesar el absurdo. Reflexionar cómo es que, por cualesquiera que fuesen los motivos enarbolados -necesidad; concentración de oferta; luminosas posibilidades crediticias, etcétera, etcétera- uno ha regresado. Ahora está allí, y es tarde. El sitio le ha ganado a su exasperación inútil y a su odio. Una vez más. Así funciona. Se piensa, además, en el profundo deseo de huir que, por supuesto, no podrá verse cristalizado hasta no dar cuenta del pasaje por todo el circense ofrecimiento.

V

Hay mucho más, claro. En la misma estructura edilicia se halla el llamado Patio de Comidas: una suerte de círculo romano con una barra al lado de la otra. Jamás se ha visto sitio más incómodo para alimentarse o dialogar. Cientos de mesas rodeadas por cientos de personas que nerviosamente exigen su plato de plástico, se suman a sonidos de televisión, juegos electrónicos, publicidades y un fondo inalterable de murmullo. Diríase que un carribar es más confortable, o que, sencillamente, uno podría preferir el ejemplo del asceta, y no comer.

VI

Pero el pensamiento esencial en los centros comerciales tiene forma de pregunta y estalla por saturación: �qué hago acá?, �por qué regresé? y... �cuándo se desocupará la caja 59? No es mejor la consolación: en algún momento podremos huir.... sólo hasta que se acaben las provisiones.