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Opinión
Edición del Domingo 18 de noviembre de 2007
Llegan cartas

Turismo santafesino

Señores directores: Un fin de semana, hace quince días, tuve el placer de recibir en mi casa a dos empresarios italianos, ligados a la industria del pescado, con intereses en la zona de San Martín de los Andes, donde desarrollan un criadero de truchas para exportación. Nos propusimos entonces agasajarlos a la manera gringa, esto es proporcionándoles una buena mesa, entre otras cosas, como se verá. Concurrimos a un comedor de pescado donde pedimos, luego de la entrada, boga a la parrilla. Nuestra sorpresa fue muy grande, porque, increíblemente, no conocían la especie, y su buen comer hizo que arrasaran casi con las espinas. Los elogios superaban y las expectativas iban bien.

Después de la habitual recorrida por la ciudad, que se jacta de ser lugar propicio para el turismo, por lo menos en los avisos oficiales, y ya promediando la tarde, decidimos llevarlos a conocer los museos y en especial el Rosa Galisteo, del que habíamos leído que allí se exponía una colección de obras en relación con canoas, algo vinculado, según nuestro profano criterio, con las características lacustres de la ciudad.

La verdad es que la muestra era atractiva, y de apariencia pareja -salvo una que nos pareció exagerada, sin que ello importe juicio de valor-, cuyos autores desplegaron interpretaciones diversas, y nos permitió explicarles a los visitantes el valor y la influencia del agua en la morfología santafesina.

En el interín advertimos que uno de ellos se había detenido junto a la pileta que ocupa una parte del salón principal y no dejaba de observar los detalles arquitectónicos del lugar. Supimos después que había recorrido los principales museos del mundo, y que su curiosidad le llevaba a consultar sobre ciertas características del que estábamos visitando.

Buscamos entonces el auxilio de un cicerone pero no encontramos a nadie, sapiente o no, que nos atendiera. Durante todo el itinerario, a partir de las 18 horas en que llegamos, no vimos a nadie, y salvo que existiera un control remoto, nuestra orfandad siguió sin control, al igual que la muestra en lo que parecía un local abandonado.

Finalmente salimos del paso con la colaboración de una de nuestras hijas, profesora de artes visuales, que pudo ilustrarles sobre el alcance de la muestra, pero nos preguntamos: ¿y si no hubiéramos estado con ella?

Traemos esto a consideración, no para este gobierno que se va, sino para el próximo, e iluminados por el éxito que ha tenido la experiencia de "Atardecer en los museos". Hay soluciones prácticas, fáciles y baratas, que se podrían aplicar.

Carlos Héctor Parodi - DNI: 6.214.514.





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