Edición del Sábado 15 de diciembre de 2007

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¿El fin justifica los medios?

"Bien está lo que bien acaba", de William Shakespeare. Introducción, traducción y notas de Pablo Ingberg. Losada, Buenos Aires, 2007.

Traducida como "A buen fin no hay mal principio", "Todo bien si termina bien" o "Bien está lo que bien acaba", "All's Well That Ends Well" es bajo su apariencia de comedia una de las obras más complejas y oscuras de Shakespeare. Lo que se pone en acción es la fuerza ciega del deseo, y las turbias razones de lo que simplemente seguimos llamando atracción sexual, tan turbias como para incluir en sus pautas el ascenso social, la identificación con un ideal y la ceguera ante el rechazo del amado.

Helena está enamorada de Beltrán, y con artilugios logra acostarse con él y cumplir las condiciones imposibles que él le ha impuesto para aceptarla como esposa.

Helena es huérfana de padre (nada se nos dice de su madre), un sabio médico, y está bajo la tutela de la condesa de Roussillon, madre de Beltrán, un muchacho frívolo y arrogante. Gracias a los secretos médicos que su padre le ha revelado antes de morir, Helena logra curar al desahuciado rey de Francia, y éste le ofrece recompensarla con lo que más desee. Ella le pide la mano de Beltrán, que se ve obligado a aceptar, pero parte a las guerras de Toscana apenas terminada la ceremonia ("Con ella al lecho yo no voy a ir", jura. "Me he casado con ella, no acostado con ella, y he jurado hacer eterno el `no"'). Y en una carta le propone lo imposible: "Cuando puedas obtener el anillo que tengo en el dedo, de donde nunca ha de salir, y me muestres un niño engendrado en tu cuerpo del que yo sea padre, entonces llámame marido; pero en ese `entonces' yo escribo `nunca"'.

Helena parte hacia Florencia e intercambiando su persona con la de una mujer a la que Beltrán busca seducir logra acostarse con él, conseguir su anillo y quedar embarazada. Las intrigas siguen su curso, pero el asunto ya está jugado y Helena puede demostrar el cumplimiento de las condiciones que Beltrán ha establecido, de manera que él debe someterse definitivamente.

Sobre los interrogantes que plantea la obra, Shakespeare no se expide, más allá del final inquietantemente feliz, de un singular epílogo y del proverbio del título. En ese sentido debe verse el contrapunto, el "eco paródico" que representa el inescrupuloso acompañante y confidente de Beltrán, Parolles, cuyas tramoyas son desenmascaradas, y a quien sólo le resta aceptar su castigo y sobrevivir como pueda.

Un epílogo final da otra vuelta de tuerca a "Bien está lo que bien acaba". El rey se dirige al público y pide un aplauso:

"Un mendigo es el rey cuando la obra ha concluido;Bien ha acabado todo, si triunfa este pedido:Que contento expreséis, lo cual se os pagaríaLuchando por placeros nosotros día a día.Sea nuestra la paciencia, vuestra nuestra actuación;Prestad gentiles manos, tomad el corazón."Está claro, en arte no corresponden las consideraciones morales que rigen en la conducta humana, y en él sí el fin justifica los medios.La excelente nueva traducción que ha realizado Pablo Ingberg se acompaña de una introducción y abundantes notas iluminadoras, necesarias para sumergirse en esta compleja obra. Vale aquí, quizás de manera especial, la sentencia de Harold Bloom: "Tenemos que ejercitarnos y leer a Shakespeare tan tenazmente como podamos, sabiendo a la vez que sus obras nos leerán más enérgicamente aún. Nos leen definitivamente".

Por Raúl Fedele





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