El 30 de octubre todo un pueblo festejó el cumpleaños de un tambo. No por ser el más grande ni el más viejo. Ni siquiera por tener la mejor genética ni ser el más premiado. Sino porque es el último que queda en la zona.
Algunas décadas atrás, Chabás -80 kilómetros al sur de Rosario, en pleno corazón sojero argentino- contaba, al menos, con unos 30 establecimientos lecheros. Hoy sólo permanece el de los Hermanos Osvaldo y Felix Mancinelli, que sumó 50 primaveras en producción, desde sus inicios en 1957.
El día del aniversario las sopresas arrancaron temprano y se prolongaron durante todo el día. "El teléfono sonó constantemente, porque por acá pasaron más de 50 estudiantes; a la noche no pude cenar, llamaban de Bahía Blanca, de Corrientes, Córdoba, Buenos Aires, Entre Ríos. Fue un día tan emocionante que si me dicen que para volver a pasarlo tengo que dejar todo, yo lo dejo. Impresionante. Lloré todo el día", recuerda Osvalo, los ojos humedos, todavía algo acongojado.
Lejos de la escala, el tambo de los Mancinelli cuenta apenas con 96 hectáreas propias, de las cuales 30 se dedican de lleno al tambo para pastoreo y confección de rollos. Trabajan con 50 vacas en ordeñe sobre un total de 70, incluyendo vacas secas, terneras y vaquillonas. En el resto de la tierra siembran maíz y soja. La producción diaria oscila entre 1.000 y 1.050 litros. El secreto para permanecer, además de la cuota obligada de tozudez propia de todo gringo, es un esquema de "costos ajustados", sin mano de obra contratada y una alta participación de pasto en al dieta.
"El tambo nació con tres vacas y llevábamos leche para reparto", recuerda Félix, y pinta una postal de entonces: "estábamos a la salida del sol en el pueblo; eramos proveedores del repartidor, que distribuía la leche en una jardinera tirada por caballos". Catorce años ordeñaron a mano y cuando instalaron la ordeñadora empezaron a entregar a la fábrica. Corría el año 1964.
Si bien hoy se encuentran en el corazón de la zona núcleo sojera del país, antes era la producción lechera (complementándose con la agricultura) la actividad que garantizaba la subsistencia. "El que tenía un tambo bien armado contaba con una buena salida laboral", dice Félix, y recuerda que por entonces hubo hasta 30 establecimientos en Chabás, mientras que hoy sólo "hay uno, el de Mancinelli, que quedó en pié".
Para los fundadores no hay secreto. Sobrevivieron gracias al "pasionismo" que tuvieron siempre por la actividad.
Osvaldo reconoce que "el silo es lo mejor", pero ellos le dan ración de elaboración propia y rollo. "El resto es pastoril, la hacemos comer en el campo eh... porque si no no es rentable". Asegura que el planteo "está ajustado" gracias al manejo familiar.
Eduardo es hijo de Osvaldo y cuando tuvo que decidir una profesión se inclinó por la agronomía. A pedido de su padre se especializó en lechería. El mismo Osvaldo recuerda haberle dicho "agrónomos va a haber muchísimo pero para tambo va a haber poco, laburo no te va a faltar". Y no se equivocó, "el pibe" hoy asesora entre 10 y 12 establecimientos de los pocos que quedan en la zona. Además, gracias a lo que aprendió de los libros más la experiencia familiar previa, esboza sólidos conceptos sobre la lechería.
Asegura que el tambo tiene mayor rentabilidad que una soja de 40qq (la media en la zona es de 35 y los alquileres pueden trepar hasta 20/ha/año), aunque con la imposición de un precio de referencia ya no está tan seguro.
A su criterio, la clave para la supervivencia es "tener los objetivos claros para superar los vaivenes en el precio de la leche" y no dejarse llevar por lo que ocurre durante períodos cortos. Por supuesto que también remarca la gran importancia del aporte tecnológico, en particular sobre manejo de pasturas, fertilización, silaje y genética.
La reducción de costos es otro aspecto central para la supervivencia. "Adaptamos el sistema a la mano de obra, porque no da la escala", señala Eduardo, refiriéndose a que no cuentan con tamberos contratados, sino que son su padre y su tío quienes realizan los ordeñes. Hasta hace 3 años hicieron silo de maíz, pero para ajustar los números apostaron a hacer avena antes que trigo para pastorearlas en invierno.
Para Eduardo, el tambero viene muy golpedado por las industrias y los gobernantes que, a su entender, "no pondrían retenciones si supieran el trabajo que significa el tambo".
Pero el joven Mancinelli también aporta una mirada sociológica. "Hoy las generaciones nuevas lo que quieren es rentabilidad; y va a pasar lo mismo que con la carne". En el plano político, considera que "los mensajes son muy duros psicológicamente; es como que nos digan `tu negocio va a ser siempre así"'.
Su padre, Osvaldo, demuestra tener el lomo más curtido. Toma el conflicto por el precio y la actitud del gobierno de ponerle tope a la materia prima con total tranquilidad. "Hemos pasado esto y pior también; en una época tiramos el 30% de la leche durante 3 meses porque no la podía recibir la fábrica, no sabía a quién vendersela". A la amarga lista agrega "el 1 a 1" y los Lecop, que el banco no le tomaba para saldar el crédito. "Esa etapa fue durísima; te digo que volver a eso nunca más...". Sin embargo la esperanza resurge: "el tambo nunca va a desaparecer; la leche es un alimento de primera necesidad �cómo lo vamos a hacer desaparecer? Y me daría un poco de vergüenza traer la leche de afuera teniendo un país como el que tenemos".
Números del progreso
En los 80 el tambo hacía 100 kilos de grasa/ha y hoy alcanza los 400kg/grasa/ha. Por entonces el rinde en MS/ha de las pasturas era de 6.000 kg/ha y ahora alcanzan 22.000.
La fijación de un precio de referencia puede ser letal para un establecimiento con las dimensiones como el de los Mancinelli.
"Prácticamente nos está llevando la rentabilidad", alerta Eduardo, el agrónomo de la familia.
La explicación es la siguiente: el establecimiento produce 12.000 litros/ha/año, con lo cual si le quitan 10 centavos tendrán al fin del ejercicio $1.200 menos por hectárea, alrededor de u$s 400/500.
"A nosotros nos estaban quedando, con campo propio, cerca de u$s700/ha/año; o sea que con la quita queda una renta de u$s 300". Si alquiláramos el campo nos darían sin problemas 20qq, a u$s 25 serían u$s 500/ha/año; casi el doble de lo que nos daría el tambo con el precio de referencia", se lamenta el hijo de Osvaldo, y sentencia: "el gobierno le tiene que encontrar la vuelta urgente porque la desaparición de tambos va a ser enorme".
Juan Manuel Fernández[email protected]