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En un mismo año el clima fue angel y demonio para el norte cañero santafesino. En los primeros meses de 2007, las inusuales lluvias le dieron al cultivo un vigor pocas veces visto y la promesa de la mejor cosecha en décadas. Pero el invierno golpeó con dureza y las intensas heladas frenaron la siembra y luego obligaron a los ingenios a terminar la zafra por la caída en los rindes. Como resultado quedaron 20.000 toneladas de caña en el campo sin moler (unas 500 hectáreas) y alrededor de 700 hectáreas sin sembrar para el ciclo 2007/08, lo que constituye una abrupta desaceleración en el sostenido proceso de recuperación que tenía el cultivo desde 2003.
Medido en términos económicos, el fenómeno derivó en la no industrialización de unas 2.200 toneladas de azúcar que, al valor del momento -$1.200/tn-, representan más de $2.600.000, una cifra trascendente para los 60.000 habitantes que pueblan la cuenca, desde El Sombrerito hasta Florencia, en el departamento General Obligado. Por su parte la retracción de la siembra hay que apreciarla en el contexto: si se tiene en cuenta que desde 2003 el área crecía a razón de 1.000has/año, para la zafra de 2008 habrá 1.700has menos de las proyectadas, que también significarán una seria pérdida potencial para todos los integrantes de la cadena azucarera.
Entre diciembre y marzo el requerimiento óptimo de lluvias de la caña de azúcar oscila entre 600 y 800 milímetros "bien distribuidos", según explicó el ingeniero Elbio Lovisa, director de las investigaciones sobre el cultivo que se desarrollan en el Centro Operativo Experimental Tacuarendí del Ministerio de la Producción santafesino. Como nunca, el verano pasado el régimen se acercó bastante a esos parámetros y alimentó las expectativas de alcanzar rindes máximos (superior a 40.000 kilos/ha).
El entusiasmo se mantuvo intacto hasta el 11 de julio, fecha fatídica en la que el termómetro marcó 5°C bajo cero. "Fue como una trompada de Mike Tyson", recordó Lovisa. A partir de entonces las heladas continuaron y las complicaciones se fueron incrementando tanto para los productores como para los ingenios.
La caña tiene la particularidad de sembrarse en la misma época que se cosecha, entre junio y octubre. Para su implantación se utilizan las yemas laterales de los cultivos preexistentes. El primer efecto de las heladas fue la muerte por congelación de estas yemas, con lo cual ya no hubo "caña semilla" y la siembra se frenó automáticamente.
Sin embargo, todavía faltaba para lo peor. Porque, aunque las heladas ya habían dañado las plantaciones, la permanencia del frío durante los 45 días siguientes tuvo un efecto de conservación. "Hagan de cuenta que está prendido el freezer", fue el mensaje de Lovisa a los productores, que aprovecharon ese período para apresurar la cosecha. Hasta que llegó el 15 de septiembre y la combinación de las primeras lluvias con el calor aceleró el deterioro de los jugos, haciendo caer los rindes industriales del 11 al 6% y obligando a los ingenios a suspender la zafra 2007.
"El 4 de octubre cerró INAZA, en Villa Ocampo, que es el más grande, con capacidad para moler unas 2.500 toneladas diarias. Las Toscas aguantó un poco más, hasta fin de mes, porque su menor capacidad de procesamiento se lo permitió", repasó el extensionista del Centro Operativo Tacuarendí, quien remarcó que los más perjudicados por el cese industrial fueron los productores que prefirieron esperar para conseguir mejores rindes.
Una de las particularidades del cultivo de caña es que, una vez sembrada -la inversión ronda los $2.000/ha-, se explota durante 4 o 5 cosechas. Esta dinámica biológica obliga a renovar el 25% de las plantaciones todos los años. En la última campaña debían destruirse y resembrarse 1.400 hectáreas, pero sólo se alcanzó a implantar la mitad, por lo que se le recomendó a los productores que trataran de preservar "socas viejas", como se denomina a la caña con 4 cortes. "Este año había que plantar 2.400 hectáreas y sólo se sembraron 700", se lamentó Lobisa.
Las 310.000 toneladas que se molieron reportaron a la cuenca más de $40.000.000, pero hubieran podido procesarse 330.000 toneladas y redondear una cifra monetaria superior para la economía regional.
Sin embargo, la consecuencia más preocupante es el desánimo entre los productores, que probablemente decidan disminuir la inversión en tecnología para las próximas campañas. "Esto es entendible, pero no aconsejable", reflexionó el asesor.
El temor es que mengüe el creciente interés por el riego artificial (existen 10 equipos instalados, que paradójicamente este año no fueron necesarios gracias a las lluvias), la mecanización de la siembra en surcos anchos, el manejo de residuos sin quemar, el control de malezas, la fertilización y la inversión en nuevas variedades.
Del otro lado del mostrador, Hernán Colussi, uno de los propietarios del ingenio INAZA de Villa Ocampo, coincidió en el diagnóstico. Dividió el año en dos: todo el entusiasmo en la primera mitad y la decepción de la zafra, que sólo a su industria le reportó una caída en la producción de 1.700.000 kilos de azúcar. "Entre la falta de piso por las lluvias y el efecto del calor sobre la caña, el rendimiento promedio en el ingenio cayó 1% hasta promediar 10.5%", se lamentó el empresario. De los 117 días de zafra, el ingenio estuvo parado 25 a causa de las precipitaciones de primavera.
Asimismo, la visión del futuro tampoco es alentadora. Según Colussi, el azúcar fue el único commoditie que no actualizó sus precios, mientras que los costos -tanto industriales como agrícolas- se incrementaron considerablemente, al punto de cuadruplicarse en el caso del ingenio. Además, estima que los efectos se sentirán con mayor intensidad en la zafra 2008, pero sobre todo en la de 2009 por la caída en la siembra producto de la falta de semilla. "Vamos a arrancar la zafra del año que viene sin stock de azúcar en el país si Tucumán, Salta y Jujuy se demoran en la industrialización", advirtió.
La política nacional de control de precios también influye en los números del ingenio y de los productores. "Hoy el kilo de azúcar a más de $0.50 en fábrica no afectaría el bolsillo del consumidor", se queja Colussi, y asegura que si no se revisa esta política "caminamos por una línea muy delgada".
Actualmente el margen bruto de la industria ocampense no supera el 10%, con lo cual "estamos perdiendo plata". El 60% del costo industrial es mano de obra (en zafra trabajan 340 personas), a lo que este año se sumó "la frutilla del postre": un incremento de $200.000 en el costo de la energía eléctrica, en concepto de multa por mayor consumo.
Pese al sombrío panorama, Colussi persevera. "La idea es seguir apostando al azúcar", dice con la esperanza de que en algún momento la situación "de un vuelco", sobre todo respecto del control de precios que mantiene encorsetada la rentabilidad del ingenio.
Mientras tanto, la mole que se alza en Villa Ocampo, reconocible por los inmensos guinches y la añeja chimenea de ladrillos con la leyenda "ARNO 1939", descansa a la espera del próximo aluvión de caña. Unos pocos rompen el silencio de las instalaciones en tareas de refacción. Entre ellos un veterano ingeniero azucarero, Juan Salvador Infante, 45 zafras en su haber, quien resume el ingrato trabajo de todas las partes con un dicho popular, seguramente aprendido en su Tucumán natal: "El azúcar el dulce y blanca para el que la come y roja y amarga para el que la produce, porque está teñida con la sangre del cañero y porque no da la rentabilidad que corresponde".
Proceso de concentración
La debacle de la caña en los noventa arrasó con los pequeños productores y elevó el promedio de hectáreas de los establecimientos sobrevivientes. No obstante, desde la devaluación el proceso comenzaba a revertirse.
A comienzos de los ochenta existían en la cuenca cañera santafesina unos 1.000 productores que cultivaban alrededor de 16.000 hectáreas; esto es un promedio de 16has cada uno.
Para 2001 sólo quedaban 201 cañeros con 5.000 hectáreas en producción, lo que da una media de 25 has por establecimiento.
En 2006 el número de agricultores se había incrementado a 276 con un total de 8300 y un promedio de 30 has.
El procesamiento de la caña de azúcar comienza con el corte en el campo y el acarreo al ingenio, donde se produce el "trapichado". De este proceso surge el bagazo (residuo fibroso), que se destina a la fabricación de papel o bien a ser combustible de las mismas calderas del ingenio. De la decantación del jugo surge la "cachaza" (residuos), excelente fertilizante por su contenido de materia orgánica, fósforo y azufre. Al jugo limpio se lo cocina, se lo somete a un proceso químico y luego se centrifuga para separar los cristales que serán el azúcar de mesa. Lo que no se cristalice, la "melaza", se destina a la fabricación de alcohol, levaduras, alimentos balanceados o al consumo directo de los animales.
El cañero cobra su producción con el 55% del azúcar que surja de su entrega al ingenio. El 45% restante, más los subproductos (bagazo y melaza), quedan para la industria.
Gaspar Torres, Rodolfo Sena
Juan Manuel Fernández[email protected]