Por Miguel Ángel Bravo
El fin del siglo XX y el fin del milenio proclamaron diversas hipótesis, las teorías de los "fines" y de las "muertes" se dieron a conocer. Se habló del fin de las ideologías, del fin de la filosofía, del fin de la historia, del fin de Occidente, del fin de la modernidad. También declararon acerca del fin de la cultura escrita, concretamente de la "muerte del libro".
Desde el advenimiento de la imprenta en 1444 en Alemania, invención de Johannes Gutenberg, se inaugura una verdadera "revolución mediática", se difunden masivamente textos clásicos de la Antigüedad de enorme trascendencia. Hasta entonces, los ejemplares eran reproducidos a mano por amanuenses (escribientes destinados a tal fin), por consiguiente el acceso a la lectura quedaba circunscripta a pequeños grupos privilegiados, una verdadera elite aventajada.
Con la aparición del libro, la cultura se transmite a muchos, el saber se disemina, la fecundidad se abre paso.
La fertilidad de la mente se amplió, las sendas que conducen al saber se multiplicaron claramente, el mundo de la inteligencia adquirió notoriedad manifiesta diferenciándose del mundo sensible, representado a través de la percepción por los sentidos.
Además, se facilitan los caminos de acceder a la tan valiosa y fecunda capacidad de abstracción, vale decir evocar representaciones en la mente de objetos no reales, entidades invisibles, inmateriales, como soberanía, democracia, libertad, justicia, inteligencia y felicidad entre otras.
Gracias a la difusión de la palabra escrita se ven notoriamente facilitados los procesos de reflexión, de imaginación y de creatividad, cualidades distintivas de sociedades francamente evolucionadas.
El acceso a la lectura aporta una gran variedad de palabras, por consiguiente amplía notoriamente el vocabulario, se enriquece la escritura y la forma de expresión oral
Asimismo, la capacidad de formar imágenes mentales que aporta un texto determinado, crea para el lector la fascinante aventura de ingresar a un misterioso "mundo mágico interior", verdadero proceso de desarrollo de nuestra imaginación.
Numerosos intelectuales enrolados en lo que se denomina posmodernismo, alegaron acerca de la decadencia del libro.
El libro pertenecería, según estas concepciones, al declinante paradigma moderno y sería sustituido por los medios audiovisuales, la biblioteca por la pantalla electrónica, la letra por la imagen y el texto por el hipertexto, la intertextualidad, el hiperespacio y los multimedios.
Hasta mediados del siglo XIX, la inmensa mayoría de la humanidad -y en especial la mujer- era analfabeta, y eso ocurría en plena era Gutenberg, cuyo ocaso hoy se lamenta.
A pesar de la competencia con el cine, la radio, la televisión, el disco, el video, Internet y otros productos de última generación, los libros se multiplicaron. Hay grandes editoriales transnacionales que llegan a publicar un millón de libros por día en todo el mundo, y en las sociedades avanzadas, las ediciones de bolsillo alcanzan la suma de 1 a 5 millones de ejemplares de tirada por título, cifras impensables en el pasado. Enormes librerías se abren en las grandes ciudades, incluso en la Buenos Aires sacudida por la crisis. Por otra parte, la televisión, que como toda técnica es un arma de doble filo y si bien la programación de canales de aire es contraria a la cultura, algunos canales de cable transmiten biografías de escritores y versiones de grandes novelas que pueden incitar a la lectura.
Los nostálgicos alegarán, no sin razón, que la producción masiva ha provocado un mayor número de malos libros, literatura basura, los no-libros que hoy llenan las listas de best sellers. Sin embargo, no debe olvidarse que los malos libros siempre fueron más que los buenos -el talento es escaso- y que el tiempo ha servido de tamiz para que sólo se conservaran los mejores.
La escasez de lectura es notoria entre los jóvenes argentinos, los libros leídos no llegan al uno por ciento anual. La cultura juvenil "light" privilegia el deporte, la imagen y en especial el sonido por sobre la letra. El fracaso masivo de los estudiantes secundarios en los exámenes de ingreso a la facultad, sobre todo por su incapacidad para comprender los textos, revela la falta de lectura.
La sociedad del futuro o "sociedad del conocimiento", deberá inexorablemente reflotar al libro como factor de cambio y de transformación, en momentos de la historia caracterizados por una verdadera crisis de pérdida del conocimiento y de capacidad de saber.