| Expansión de la esperanza
María Teresa Rearte Las utopías que resonaron en el curso de la historia y la esperanza de la fe difieren. La una mira al hombre solo frente al futuro. La otra es la actitud del creyente, que no renuncia al esfuerzo. Pero cree en el advenimiento salvador de Dios y espera su retorno. No obstante, no podemos dejar de preguntar si sólo se trata de creer. Y de refugiarnos en la religión para conmemorar el pasado, en la espera de la segunda venida de Cristo. El mundo en el que vivimos, nuestro país, en el que cada uno quiere -siquiera medianamente- vivir y realizarse vocacionalmente, dan muestras evidentes de una realidad durísima, con elevado costo para un gran número de personas. Y, a la vez, exhiben compensaciones elaboradas de prisa, bajo el enorme peso de situaciones que agobian. Alcohol, droga, juego, violencia, etc. son apenas algunas aristas del fenómeno de la evasión. El Concilio Vaticano II, en la proyección ad extra de la Iglesia, reconoció la legítima autonomía de las realidades terrenas. Que no están necesariamente cerradas a la trascendencia. Cuya dinámica se inserta en el proyecto salvífico de Dios. Pero, asimismo, también supo discernir la ambigüedad de los signos de los tiempos. Con todo, fue la reflexión creyente desde América Latina la que percibió un signo dramático y no meramente coyuntural: la pobreza y la opresión. (Medellín, 1968, Puebla, 1979). La opción preferencial por los pobres quería sensibilizar la conciencia cristiana con relación al mensaje evangélico y el seguimiento de Cristo, no de modo excluyente, pero sí preferencial con respecto a los más débiles. Esto no expresa el equívoco de victimizarlos, que implicaría acentuar la frustración tanto como la pasividad. O el resentimiento. Porque de un modo u otro persistiría el engaño de que, en lugar de liberar "la fuerza histórica de los pobres" (G. Gutiérrez), se convirtiera en parálisis. El sufrimiento político, la solidaridad con quienes sufren la violencia, con los pobres y oprimidos, a la que apunta la reflexión creyente, requiere ser efectiva. Y serlo con sus opciones concretas. E incluso con la fatiga y la lentitud de los procesos, en los que -trabajosamente- se filtra la libertad humana. Con el sudado esfuerzo y el contenido de una esperanza que, si bien se orienta hacia la salvación última, reclama hoy, no mañana, un compromiso liberador. Así visto, el ethos de la liberación no exime de la fe en la creación. Esto es, que se trata de hombres y mujeres en busca de sus posibilidades y su realización, tal como lo ha querido Dios Creador. De donde emerge la necesidad del debate acerca de la sociedad y las instituciones que se requieren. De sociólogos y economistas avanzando más allá de la tecnocracia, que contribuyan al análisis e interpretación de las responsabilidades sociales y políticas. Hay que verlo claro. La relación entre fe, ética y actuación social no es la que existe entre universos mentales heterogéneos que se limitan a coexistir. A medida que nos aproximamos al hombre, la dimensión ética no adviene desde afuera, sino que se constituye desde el interior mismo de las actividades humanas. Por su parte la fe, al hablarnos de Dios, de la salvación, nos habla del hombre. De su dignidad y vocación. De presupuestos antropológicos para nada despreciables. El desarrollo excede el ámbito socioeconómico y adquiere profundidad antropológica, en cuanto refiere al sentido de la actividad humana en el mundo. Para la fe, no se trata sólo de una actuación profana y cerrada en sí misma, sino de la reconciliación de todas las cosas en Cristo (Col. 1, 20). Además, la salvación por la fe no hace abstracción de los desafíos históricos y de las estructuras de injusticias que ensombrecen nuestro tiempo. Defender y promover la vida no queda en decir que es un don de Dios; lo es, pero ha sido confiada a los hombres, varones y mujeres, no sólo a éstas últimas. No se limita a la vida por nacer, si bien por diversas razones requiere especial protección. La responsabilidad alcanza también a la vida que ha iniciado su peregrinación terrena. Es arduo recorrer el camino en el que se conjugan la libertad y las libertades. El Adviento nos invita a pensar y ejercitar la propia libertad desde la espiritualidad de la confianza en Dios. También con la perseverancia de la fidelidad, que no equivale a exitismo. Aunque éste se publicite mucho, y aquélla quede relegada. La plegaria nace de la fe, aunque las situaciones sean desconcertantes, y vivamos en medio de ambigüedades y contradicciones. Creer no equivale a resignación. Tampoco a proselitismo. Por el contrario, es anunciar la esperanza de que este mundo, la historia, nuestra vida, no van hacia el vacío, o el sinsentido. Hay una figura en la Carta a los Romanos (cap. 9), en la que Pablo da cuenta de un gemido, como el de una parturienta. Quizás ayude a la reflexión. Y a percibir el gemido de los hombres. De los pobres y afligidos. A hacerlo con la convicción de que para no envejecer hay que estar en la gran búsqueda humana. En la expansión de la esperanza, que lleve consigo un real sentido de alteridad. |
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