La Argentina se muestra ante el mundo respaldando con firmeza a Hugo Chávez, el controvertido caudillo militar venezolano, cuya brújula apunta a consolidar un frente antinorteamericano en América Latina, el viejo sueño de Fidel Castro.
La presidenta Cristina Fernández justificó recientemente esa estrecha relación como una alianza estratégica que contribuirá a componer "la ecuación energética del continente". Apelando al eslogan de campaña de Bill Clinton, eso podría traducirse como: "Es la economía, estúpido".
Pero el eslogan de Clinton tiene doble filo. Si se aplica a rajatabla sobre la actualidad argentina, la ecuación a que alude la presidente debería, en primer término, entender que cualquier solución energética en el mediano plazo debe priorizar a Brasil, la nueva estrella del universo petrolero.
Recientemente, el gigantesco vecino proclamó urbi et orbe el descubrimiento de grandes yacimientos petrolíferos off shore (entre 5 y 8 mil millones de barriles) que se suman a sus actuales reservas de unos 14 mil millones de barriles. Estos volúmenes lo acercan a Nigeria (36 mil millones) y Venezuela, con 80 mil millones de barriles, de los cuales sólo 24,3 mil millones corresponden a crudos livianos o medianos y el resto, a pesados o extrapesados. Como dato comparativo, debe citarse que las reservas argentinas alcanzan unos 1.403 millones de barriles.
El petróleo brasileño recién descubierto es del denominado liviano (28 grados API), que requiere menor proceso y costo de refinación. Cuanto mayor graduación API tiene el petróleo, más requerido es. El Brent del Mar del Norte, referencia para Europa, registra 38,3 grados API y 0,37 % de azufre, en tanto el West Texas Intermediate, que es referencia en Estados Unidos, tiene 39,6 grados API, 0,24 % de azufre y cotizaba en diciembre a 93,31 dólares el barril.
Los datos técnicos son necesarios, aunque parezcan intrincados para una sociedad como la argentina, más preocupada por reclamar soluciones políticas al precio del tomate, la leche o los cortes vacunos. Son esos datos los que permiten barruntar que la afirmación de la presidenta tiene más que ver con empatías ideológicas que con la realidad geoeconómica. Una simpatía que se sostiene en la poco realizable idea de armar un eje político y económico Buenos Aires-La Paz-Caracas, para neutralizar la influencia brasileña en la región.
El contrasentido surge cuando se sabe que fueron los propios brasileños quienes advirtieron a la Cancillería argentina que, según sus prospecciones, el yacimiento de El Tupí (frente a San Pablo) muy probablemente se extienda bajo el lecho marino hasta jurisdicción del mar epicontinental argentino. Y que Petrobras estaría interesada en participar de una eventual exploración.
Por todo esto, es difícil comprender por qué Cristina Fernández apuesta el formidable peso de su investidura en una mano que favorece a Chávez. Quienes la asesoraron para asumir esta actitud deberían tener en cuenta que el eslogan de Clinton puede tener un efecto de boomerang y volverse hacia quien lo arrojó: "Es la economía, estúpido".