Al margen de la crónica
El tiempo regulado

Cierta ilusión humana, imprescindible para evitar la angustia de la existencia, alienta el supuesto de que lo infinito nos corresponde. En realidad, lo único limitado es el tiempo, porque todas las demás delicias o torturas de la vida son o pueden ser ilimitadas.

Por vías mágicas, religiosas, científicas o apenas mecánicas se ha procurado fingir que no existe el tiempo. Es un esfuerzo inútil, pero lo endulza el caramelo del consuelo.

Unos lo han negado construyéndose mundos celestiales y otros han trabajado para poder medirlo, seguramente con la peregrina ilusión de que alguna vez se pueda acorralarlo, atraparlo, guardarlo, extenderlo al menos...

El reloj, primer paso para la construcción de una máquina del tiempo (H.G.Wells brindó una versión interesante en 1895), no ha hecho más que poner a la gente de acuerdo con una valoración cuantificada del presente.

Fue el desarrollo del transporte el que quebró las distancias y obligó a la gente a establecer qué hora era en cada país (y así cada pueblo perdió su propia hora).

Con el tren, comenzó el tiempo a ser una materia regulada por los Estados nacionales y la razón es simple: debían establecerse unos horarios de partida y destino, que todos entendieran, sin mirar al sol. De ahí a la regulación de todas o la mayoría de las actividades humanas por medio del reloj, hubo un paso.

Por cierto, no es casual que en la Tierra las horas se cuenten desde el meridiano de Greenwich. Una convención en la otrora capital del mundo, Londres, creó la división del planisferio con sus husos horarios.

Como la moneda de los países u otros símbolos, la hora es un producto, una convención social, la herencia de un viejo acuerdo que pocos recuerdan y por imperio de lo dado, ya forma parte de lo que se cree, conforma el orden natural de las cosas.

Polémicas, opiniones, apoyos y rechazos despierta -por estas horas- la decisión del gobierno nacional de disponer un cambio sobre todos los relojes argentinos. Es una cuestión delicada: nos recuerda que, alguna vez, todos aceptamos que el tiempo -un asunto tan privado- había sido estatizado.