Drama cotidiano de quienes viajan por vía aérea

Incidentes como los que ocurrieron en Ezeiza la semana pasada se reproducen todos los veranos en la Argentina con la la persistencia de una fatalidad. El crecimiento del número de pasajeros pone en evidencia los límites de algunas empresas de aviones -Aerolíneas Argentinas en el caso que nos ocupa- para atender las demandas de los pasajeros, pero a ello se suma la feroz y sórdida disputa corporativa de los diferentes gremios que pululan en los aeropuertos.

En todos los casos, las víctimas de estas refriegas salvajes entre empresas incompetentes, funcionarios venales y caciques sindicales inescrupulosos, son los pasajeros -argentinos y extranjeros- quienes deben soportar largas y tediosas amansadoras para viajar. Y lo que es peor, esto ocurre sin aviso previo y sin compensación. Las imágenes, que muestran a miles de personas amontonadas en las salas de espera del aeropuerto durante horas, y a veces días, son elocuentes.

Como consecuencia de este trato desconsiderado, la semana pasada grupos de viajeros perdieron la paciencia y expresaron su mal humor con violencia, atacando a empleados y destruyendo mobiliario de la empresa Aerolíneas Argentinas, así como bienes de sus empleados. Sin duda, la reacción fue desproporcionada, pero cuando la violencia sobre los pasajeros se hace insoportable cabe esperar respuestas del mismo tipo.

A las incomodidades que los viajeros padecen a diario se suma el hecho de saber que son usados como variable de ajuste de disputas internas, como rehenes de intereses corporativos.

En el tema que nos ocupa, existe, en primer lugar, una indisimulable responsabilidad empresaria. Aerolíneas Argentinas no dispone de la flota de aviones necesarios para atender la demanda. La empresa se ha descapitalizado y su conducción -capitales españoles mayoritarios- no hace nada para corregir estos vicios, o lo que hace no alcanza.

A este escenario de por sí grave, se suma la desidia e incompetencia de funcionarios que parecen pintados en medio del descontrol. En los últimos años, algunos de estos funcionarios han sido más un obstáculo y un problema que una solución, no tanto por sus errores como por su participación en las sórdidas disputas por intereses corporativos y económicos.

Como fruta del postre, se suma la presencia de un sindicalismo faccioso, más preocupado por defender cuotas de poder y asegurar rentables inercias que en asumir con seriedad sus responsabilidades.

Basta recordar que meses atrás, ante la ola de robos de equipajes, el gremio organizó un paro para impedir que la policía investigara a quienes eran los responsables filmados por cámaras ocultas en la flagrancia de delitos de robo.

El perjuicio que estos deplorables incidentes provocan en la actividad turística aún no se ha mensurado en su verdadera dimensión. Pero es lamentable que una de las actividades económicas para las que la Argentina está bien preparada -por sus ventajas naturales y cambiarias-, sea saboteada de modo sistemático por este amasijo que forman empresarios incapaces, funcionarios dudosos y sindicalistas facciosos.