Hay que admitir que una de las notas definitorias del ser humano es aquella que lo rotula como animal crítico. Porque, desde que tiene uso de razón, el hombre valoriza, calibra, elige. A ese mecanismo lo llevamos tan ínsito como nuestro propio ser; de manera que casi siempre lo utilizamos casi sin darnos cuenta.
A cada paso de nuestro vivir comparamos posibilidades, tomamos una ruta y adoptamos una decisión, dejando de lado las otras sendas que se abren a nuestras plantas, tal cual canta el poema indostánico.
O sea que, desde que tenemos conciencia de que somos un ser diferenciado, ejercemos la crítica.
Ahora bien, cabe que nos preguntemos en qué se distingue el hombre común, el de a pie, el superficial-frívolo, del que tiene conciencia de su destino crítico.
En este caso, para definir, para distinguir tenemos que partir afirmando que el crítico de arte es un profesional de la opinión. Y en la conciencia de su vocación profesional, es alguien que atraviesa una situación personal cuyo pivote es el juicio de valor. Ya que pone en función una mecánica estimativa, debiendo combinar sutilmente la escala de valores que ponen en su montaje el autor, el director, el intérprete... basados en la escala de valores en vigencia temporal o la correspondiente a tal o cual tendencia estética, filosófica o meramente artística, religiosa y/o política.
De lo que resulta que la crítica de arte debe ser una delicada conjugación de escalas valorativas; una interrelación de subjetividades.
Esta interferencia intersubjetiva que se da cita en una soledad individual -la soledad del crítico- es lo que hace que la crítica se convierta en una de las más apasionantes faenas intelectuales. Por supuesto: cuando esta palpitación es la sumatoria de intuiciones, honestidad para consigo mismo y fluidez expositiva.
A modo de inflexión, creo de rigor acotar que una de las dificultades que afronta el crítico es la falsedad de los dogmas que acechan su paso. Porque, repito, no se trata simplemente de aplicar un cartabón, un cargador prefabricado; no se trata de aplicar fórmulas y recetas previas. Ya que todo arte es ajeno al recetario y al formulismo que lo reduce a rutina y ceniza de rutina.
El creador artístico -léase: autor, intérprete, regisseur, conductor musical, escenógrafo, etc.- que da a luz su creación en un proscenio, tablado, escenario, el que pone en pie una obra de arte, no sigue un sendero estrecho.
El creador origina formas, establece leyes propias, normas que tal vez valen únicamente para esa creación y después pueden o no persistir. Empero, la supervivencia no es requisito sustentable para juzgar el valor de una creación. El estatismo de los clásicos ha sido sustituido por una constante mutación, por un continuum estético emocional o racional, que es lo que caracteriza a las creaciones artísticas de nuestra hora histórica. Que en la actualidad se halla signada por la portentosa fugacidad con la que las tecnologías provocan modificaciones incesantes en la percepción del público.
Gran parte de los errores de apreciación de que adolecen ciertos críticos proviene de querer supeditar el arte a la teoría del arte. Es un olvido que aqueja a quienes se apegan a los rótulos, eludiendo la realidad de que no existe fórmula ni rótulo capaz de capturar integralmente la materia fluida y proteica del arte. Y que si, por momentos, nos vemos constreñidos a apelar a rótulos es por nuestra incapacidad de expresarnos más ceñidamente. Y que, por lo tanto, debemos tener en cuenta que toda etiqueta es una convención. El arte, en general, es origen de su preceptiva y no la preceptiva origen del arte.
Así, es con la frente despejada y abierta a todos los vientos, como el crítico debe asistir a una representación escénica, asumiendo que el arte es relativo, relativa la belleza, relativa la estética...
De allí que no sea una rareza la discordancia de los críticos. Porque en la diversidad de las valoraciones se refleja la diversidad de los universales imperantes o perimidos, y que hasta en alguno de esos juicios es posible descubrir la descomunal huella del dinosaurio.
Es preciso, entonces, recalcar que la crítica es un fenómeno de complementación de las intersubjetividades con el mundo circundante.
Por cierto que, en el sometimiento popular de la crítica, no faltan aquellos que apelan al gusto. Un crítico puede decir: me gusta o me disgusta. Pero el juicio emitido así adolece de pecado. Ya que el bagaje cultural, el estado de espíritu, las afinidades temperamentales, pueden inclinar el juicio crítico.
Empero, el profesional de la opinión debe ahogar sus preferencias personales, su delectación gustativa, para que no le impidan percibir la densa y explosiva carga anímica que encierra la creación artística. Que, en el caso de las artes escénicas, la representación es un momento espacial y temporal único, irrepetible, fugaz, perecedero, como una terrible floración efímera, en la que sucede una totalidad vital. Floración huidiza que el crítico debe compadecer -padecer con- y en la que se esconde el secreto más íntimo de la crítica.
Esbocemos algunas respuestas. Si el parecer del crítico fuera decisivo tendríamos que aceptar que nos hallamos ante el eslabón más importante del proceso de creación artística. Lo que sabemos que no es así. Y por suerte no es así; porque si no, el crítico moldearía la opinión pública a su imagen y semejanza.
Cierto es que muchas veces la crítica pasa por razones marginales que no hacen a su entidad real.
En nuestros días, la palabra mediática -impresa o emitida por radio o TV- detenta mayor confiabilidad que la coloquial. Es uno de los fetiches del mundo en que vivimos y cuyo esclarecimiento tenemos que dejar en manos de analistas y sociólogos.
Antes de adelantar conclusiones, es indispensable no pasar por alto la superchería de creer que el crítico profesional tiene más autoridad que los demás integrantes de la masa consumidora. Falsedad que no necesita ser demostrada en un pizarrón: el crítico forma parte tanto del público como el común de los mortales. Su privilegio reside en la posibilidad de dar a conocer sus juicios a una inmensa cantidad de gente. El hecho de escribir una columna, expresarse por radio o TV no es un diploma de capacitación. Sin embargo, la circunstancia de asumir la responsabilidad de expresarse teniendo como destinataria la muchedumbre anónima, presupone un compromiso social, cuyo cumplimiento idealizado quizá sea uno de los puntos donde se ha gestado la exageración sobre la infabilidad del crítico.
En cuanto a la influencia de la crítica sobre los creadores en todas las artes, tal vez sea mayor o menor de acuerdo con las alternativas temperamentales de cada creador, la temperatura de su amor propio y el irrenunciable egocentrismo. Ese factor indispensable sin el cual no sería creativo. Y también a la profunda o superficial adhesión a una cosmovisión colectiva, a postulados filosóficos, estéticos y/o políticos.
Intérpretes, críticos y público son los depositarios de esa hiperactividad que es el fenómeno que denominamos actuación y también representación. Imposible calibrar esa desmesurada condensación de tiempo y espacio que es el hecho teatral; imposible hallar las palabras justas para ese eje de alta precisión del juego concéntrico y concentrado que es la función escénica.
Centro vibrante del brinco que pedía Platón como requisito del arte del proscenio: campo de polarizaciones visibles e invisibles. Plano adonde afluyen los fantasmas, la realidad y las leyes de la fiesta. Fiesta del ser que vive su propio infierno, pero que nunca olvida que sobre su cabeza brilla un firmamento tachonado de estrellas, el/la intérprete sufre más que ninguno el anhelo de perduración. Porque la misma fugacidad de su contradictorio destino, la misma cárcel de tiempo en la que está enclaustrado, lo hace un insatisfecho cósmico. En procura de saciar su hambre de eternidad, sus anhelos de perdurar, se complace con los aplausos; para después acudir a los juicios críticos, devorando un adjetivo tras otro, exigiendo elogio tras elogio, en voraz progresión, que casi desemboca en un enojo confeso o en el reconcomio de su corazón.
En esta maratón tras la palabra justa, reside otra de las adolescencias del crítico de las artes escénicas. Cuyo equilibrio interior tendrá que protegerlo de todo extravío. Por más que la desmesura de la puesta que se tiene que juzgar -ya que todo arte, para serlo, deviene desmesura en varios planos espirituales- le interese, lo atraiga, lo fascine con mil grados de incandescencia más que la cordura cotidiana de los hombres grises y las mujeres de a pie.
Por Jorge Reynoso Aldao