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Opinión
Edición del Jueves 07 de febrero de 2008
Los daños en el Teatro Municipal

Silvia Villaggi de Vittori

Si se escuchan las voces de los vecinos, podría deducirse que ningún espacio -o muy pocos- escapan la degradación generalizada de la ciudad. Los santafesinos han registrado durante años el deterioro producido en los espacios públicos de su lugar de residencia. Las observaciones que ellos expresan, y lo vienen haciendo desde hace años a través de los medios de comunicación, son múltiples y abarcan -entre otras cuestiones-, el reclamo por obras hechas, prometidas o necesarias.

En este contexto, el informe presentado días atrás por los técnicos de la nueva administración municipal, acerca del estado de los edificios destinados al desarrollo cultural, no deberían sorprender. Pero, llamativamente, la puesta en valor del Teatro Municipal fue exaltada superlativamente por las autoridades de la gestión pasada, como un objetivo de máxima, como una prueba palpable de la ejecutividad y de los logros que los funcionarios dedicaban a sus representados. De ahí lo emblemático y sorprendente de la denuncia.

Por meses se informó desde nuestras páginas, detallando cada paso que se daba para lograr el objetivo final. Iguales espacios dedicaron la televisión y radios locales a la difusión del proyecto. Esa amplia cobertura respondía a que ese proyecto era deseado por la mayoría; era como la exteriorización, la corporización, de lo que muchos santafesinos deseaban para su ciudad. Cuando la gente cree que los gobernantes son idóneos para los puestos que les fueron asignados, no piensa en auditar diariamente la evolución de cada proyecto. Tampoco es función de los ciudadanos hacerlo. Para ello hay organismos de control, que tienen entre otras cosas, la potestad de contratar especialistas para vigilar que todo lo que se hace con dineros públicos esté bien hecho.

Una vez finalizada la conferencia de prensa, quedaron algunas dudas flotando en el ambiente. Dejarlas así no le hace bien a la sociedad, por lo que deberían ser respondidas en el menor tiempo posible: ¿Por qué los trabajos de restauración del clásico teatro santafesino no fueron bien realizados?, ¿fue bajo el presupuesto?, ¿se contrató mal?, ¿no se hizo un correcto seguimiento de las obras?, ¿hubo funcionarios que incumplieron con sus deberes?

Sería saludable establecer el tenor de las cuestiones planteadas y determinar responsabilidades, por un lado, porque es obligación de los gobernantes rendir cuenta de lo que hacen a los gobernados y por otro, porque está en juego la honorabilidad de muchas personas.

Y en estas situaciones es importante el rol que juega la Justicia. Como lo es sobre todo, cada vez que casos como éste son expuestos de manera pública. Por ello, deben ser explicados, también, públicamente. Determinar si hubo negligencia, si las partidas destinadas no fueron suficientes o si hubo desmanejo de fondos, son cuestiones que deben ser esclarecidas para que el escepticismo ciudadano frente a las responsabilidades públicas no siga avanzando.

A la actual gestión se le puede valorar positivamente la natural difusión de los actos de gobierno. Pero el calibre de las denuncias pronunciadas por el intendente y su equipo, sumado al hecho de que es probable que el cronograma de funciones previstas en el teatro deba ser alterado para corregir las recientes refacciones, debería bastar para que la Justicia -y no sólo la Fiscalía Municipal- tome cartas en el asunto, e investigue a fin de puntualizar y esclarecer cualquier tipo de sospecha.

Y en este caso, como en otros donde hay intereses comunitarios en juego, la intervención de la ley debería ser rápida y eficiente. Es menester que se ratifique como poder independiente; que la sociedad no relacione su peor o mejor accionar, con las mejores o peores relaciones que tenga con la conducción política de turno.

Los funcionarios pasan, la gente queda. Y si estos temas sensibles -ya que nos competen a todos-, son demorados u olvidados, la confianza en la política y en la Justicia se desdibuja, al tiempo que se afianza la idea de que para algunos todo es posible, y ese germen se propaga a cada uno de los actos de cada una de las personas que integran una sociedad y degradan la convivencia.





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