El ocio y la fiesta

María Teresa Rearte

"íVanidad de vanidades! -dice Cohélet- íVanidad de vanidades, todo es vanidad!" (1, 2). Con esta especie de resignada desilusión se inicia este libro de la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, que -más adelante- de algún modo parece coincidir con el epicureísmo cuando afirma: "Comprendí que la única felicidad del hombre consiste en alegrarse y disfrutar de la vida". (3, 12). Pero añade que "también es don de Dios que el hombre coma, beba y disfrute de su trabajo" (3, 14). Similar matiz despectivo de la expresión "vanidad", se insinúa en la interpretación de Tomas de Kempis en su "Imitación de Cristo", cuando afirma: "íVanidad de vanidades, todo es vanidad!". Y completa su pensamiento aclarando que "ésta es la suma sabiduría, tender al reino celeste, despreciando el mundo".

No faltan en Occidente quienes por distintos caminos buscan formas de espiritualidad y otros sucedáneos, que permitan alcanzar un descanso y la reconstrucción de lo humano, que no encuentran en el ámbito de la civilización científico-técnica y de las sociedades de consumo.

No sin consecuencias se ha difundido la idea del hombre como dominador del universo. Y de sus semejantes. De igual modo, se reemplazó el ideal de la vida buena, según el clásico lenguaje aristotélico, que pone el acento en el carácter noble de la vida, por proyectos de marcado carácter egoísta y materialista, debido al individualismo replegado sobre la demanda de experiencias subjetivamente gratificantes.

No debe sorprender el peligro que se cierne sobre las sociedades en las que se ha sustituido el ser por el tener, produciendo la deshumanización del hombre. Y la alienación que comporta identificarse con lo que se posee. Pero también es necesario advertir que, paralelamente al sujeto que hoy se conecta con el clic de la computadora y de relaciones fugaces, en muchos casos reducidas al nivel de las sensaciones, coexiste el mundo de los socialmente marginados, que es tanto como decir: excluidos de la vida. Aspectos, éstos y otros que muestran la brecha enorme de la desigualdad social tanto como las transformaciones culturales, que incluyen de modo agudo la forma de ver al hombre y constituyen un profundo interrogante para el cristianismo del siglo XXI, a la espera de respuestas y acciones, a la altura de los mismos.

Los hombres y los pueblos no deben someterse a un único paradigma histórico-cultural, sino que es necesario anunciar con perentoria claridad, sobre todo en nombre de la fe en el Dios que se hizo hombre, que estamos en la vida. Que es necesario construir un mundo diferente, en el que la justicia y el amor no queden en la sola prédica. Sobre todo es urgente decirlo a los jóvenes. Y comprender que tratar de conformar la propia voluntad con la de Dios exige amarnos a nosotros mismos y amar a los hombres como Dios nos ama. Desear la felicidad, buscarla.

A diferencia del activismo eficientista, que conlleva la pérdida de humanidad, el ocio restaura la armonía integral del hombre. Claro que a condición de no confundirlo con la haraganería, el desgano o el mero entretenimiento, al que nos tiene acostumbrados la sociedad de consumo. Para J. Pieper, "las grandes y felices intenciones y ocurrencias, las que no se pueden captar, se le conceden al hombre sobre todo en el ocio (...). En ese silencioso estar abierto del alma se le puede dar al hombre el don de percibir lo que íntimamente da consistencia al mundo, quizás sólo por un instante, como un relámpago (...). El ocio humano implica la atención aprobatoria de la mirada interior en la realidad de la Creación".

Con esa perspectiva se puede superar la lógica funcionalista de la que están imbuidas las sociedades capitalistas y la cultura del consumo, en procura de una ética de la gratuidad que ordene las relaciones humanas con relación a un principio ético rector, capaz de reemplazar el solo mecanismo de intercambio regulado por el capital-dinero, los precios y cosas parecidas.

La fiesta, como espacio de distensión liberador, inserta, en medio del no pocas veces árido y angustioso peregrinar cotidiano, algo de la felicidad terrena y celestial a la que está naturalmente llamado el hombre. En la fiesta, la persona no se propone ganar cosas sino vivir, conocerse y aceptarse recíprocamente. Lo cual posibilita la gratuidad, en un mundo marcado por el interés que llevan implícitas las acciones humanas. Bien se puede decir que la fiesta instala el ocio en un mundo de negocios. Lo afectivo y lo festivo, la alegría, en medio de las relaciones ásperas, competitivas e incluso de sometimiento y explotación del hombre.

San Pablo ha rechazado el ascetismo impulsado por una falsa sabiduría que propone el desprecio del cuerpo. Y de las pequeñas satisfacciones de la vida, con preceptos tales como: "No tomes, no gustes, no toques" (Col. 2, 21). Y muestra que "tales cosas tienen apariencias de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y su rigor con el cuerpo, pero sin valor alguno contra la vanidad humana". (Col. 2, 23). Así como existe una espiritualidad del trabajo, pienso que deberíamos cultivar una espiritualidad del gozo, con la convicción de que no son las dificultades y el sacrificio el constitutivo de la virtud, sino que su esencia radica en el bien.

De modo semejante al relato escriturístico, según el cual Dios vio con satisfacción que "era bueno cuanto había hecho" (Gén. 1, 31), también el hombre -por el ocio- orienta su mirada interior y la deja reposar en la contemplación de la Creación. En un fragmento de H�lderlin, "Die Musse", "El ocio", se pueden leer estos versos: "Como un amoroso olmo me yergo en el campo apacible, / y como sarmientos y frutos de vid me rodean, / y se enroscan en mi tronco los juegos sabrosos de la vida".