Un santafesino en Israel
En el King David con algunos amigos
La Ciudad Vieja. Jerusalén de noche es hermosa. Foto: Archivo El Litoral.
En Israel todo se discute. Los más pesimistas dicen que se discute demasiado, pero todos están orgullosos de ese estado de deliberación permanente de la sociedad. La libertad política en este país es un dato de la realidad que la admiten hasta los críticos más severos del régimen. Hace unos días, el escritor Amos Oz dijo en un programa de radio que el gobierno de Israel debería negociar con Hamas. Oz es el escritor más respetado de Medio Oriente. Sus libros son leídos y sus opiniones son muy escuchadas. Progresista, los palestinos le reconocen su honestidad intelectual y la derecha israelí escucha con atención sus puntos de vista que no comparten pero respetan. Si el intelectual es aquel que expresa desde el campo del saber las ideas morales de una sociedad, Amos Oz sin duda que ejerce ese liderazgo ético en la región. La noche en que hizo estas declaraciones, estaba con unos amigos tomando una copa de vino en el bar del hotel King David. El King David sigue siendo el gran hotel de Jerusalén. Los embajadores, los jefes de estado, los dirigentes políticos se alojan allí y utilizan sus instalaciones para congresos y seminarios. Construido por los ingleses en tiempos del mandato británico adquirió renombre internacional cuando el grupo armado judío, el Irgún, puso una bomba en su ala izquierda. Como consecuencia de ese explosivo murieron 49 personas, varios ingleses, algunos árabes y 19 judíos. El King David mantiene intacto el esplendor de sus viejos tiempos. En sus salones se aprecia el estilo y la distinción de la cultura inglesa, desde sus jardines con palmeras y pinos se contempla la muralla de la ciudad, la torre de David, la mezquita de Omar y, más allá, el Monte de los Olivos donde Jesús -según me dicen- celebró su última cena. Sentarse a la mesa de la terraza del King David de noche es una de las grandes satisfacciones estéticas que la vida ofrece al viajero. Otra es tomar en ese mismo lugar un vaso de buen vino elaborado por los monjes del convento de Lebrón. Dedicados a tan agradables menesteres, la conversación política con los amigos que me pasaron a buscar por el hotel fluyó cordial y animada. Según Max, el gobierno de Israel debe prestar atención a las opiniones de Oz. El argumento de que no se puede dialogar con quienes no avalan el Estado de Israel es falaz y desconoce las enseñanzas de la historia. Se recuerda al respecto que Egipto nunca reconoció la legitimidad de Israel y, sin embargo, con Sadat se firmó el acuerdo de paz más duradero. Algo parecido ocurrió con Arabia Saudita e incluso con el propio Arafat. Por lo tanto, concluye Max con su inefable tonada entrerriana, no tiene sentido oponerse a ofrecer una propuesta de paz porque Hamas desconozca al estado de Israel. Según Elías, Israel no sólo debe plantear un alto al fuego sino que está obligado moralmente a hacerlo. Sospecha que la clase dirigente israelí no está del todo convencida sobre los beneficios de la paz. Considera que las concesiones que le hacen a la derecha religiosa son cada vez menos justificadas. En algún momento, le pregunto si sus posiciones no le hacen juego a los enemigos de Israel. Su respuesta es contundente: defiendo a Israel, lo he defendido con las armas en la mano en la guerra del 67, una hija mía es oficial del ejército, pero no estoy dispuesto a aceptar cualquier cosa, Israel está obligado a proponer la paz. Gili no opina lo mismo. Considera que la aspiración de los árabes es arrojar a los judíos al mar. Su opinión es que no hay que ceder un centímetro de territorio ocupado y que los palestinos ya tuvieron la oportunidad de tener un Estado y la dejaron pasar: los errores en determinadas coyunturas históricas se pagan... -¿Y cuál es la salida al conflicto entonces?, pregunto. Para Gili el destino de Israel es convivir con el conflicto; los palestinos, según su criterio, no tienen futuro y en el mejor de los casos su destino será sumarse a Jordania o ser asimilados por los sirios, aunque -advierte- no es casualidad que ninguna nación árabe quiere saber nada con ellos. Gili se define como judío sabra, es decir judío nacido y criado en Israel, orgulloso de su condición nacional y decidido a hacer de Israel el gran hogar de los judíos. Según su opinión, los judíos de la diáspora deben proponerse regresar a su tierra, a la tierra que los habrá de defender en todas las circunstancias. Cuando le observo que en la diáspora también se defiende la condición judía, sonríe, toma un trago de vino y después, con un tono de voz engañosamente suave, me dice que el verdadero judío es el que no tiene que andar por el mundo pidiendo perdón por ser judío. Max lo escucha y como son amigos -y seguramente sobre este tema ya han hablado hasta el cansancio- se limita a mover la cabeza como diciendo que no tiene demasiado sentido seguir discutiendo entre amigos sobre cuestiones en las que nunca se van poner de acuerdo. Son las diez de la noche. En Jerusalén, estar en un hotel tomando vino a esta hora es casi como trasnochar. El mozo merodea por la mesa. Como Elías tiene relaciones comerciales con el gerente del hotel, el mozo no se atreve a pedir que nos marchemos y se resigna a mirarnos de reojo de vez en cuando. Antes de retirarnos del King David, recorremos algunos de sus salones. La historia de Israel de los últimos años está retratada en las paredes. Fotos de Ben Gurion, de Menhaem Beguin, de Golda Meier, de Nixon, Kissinger, Clinton y Bush, dan cuenta de la importancia del hotel y de que los ingleses sabían hacer bien las cosas. En una salita, veo una foto que me llama la atención: se trata de Liz Tylor y Richard Burton ingresando al hotel, casi a punto de cruzar la puerta, seguramente en dirección a la barra en donde Burton, haciendo honor a su fama, pedirá un whisky doble para iniciar su desayuno. Salimos a la calle. Jerusalén de noche es hermosa. Ya es tarde, pero el tránsito de autos sigue siendo intenso. Daniel propone ir a tomar una cerveza en un bar cerca de la puerta de Yaffo, una de las principales entradas a la ciudad vieja. Algunos judíos ortodoxos caminan en dirección al templo. Max, judío, agnóstico y libre pensador, los mira con algo de sorna y dice que marchan al templo con la misma pulsión viciosa con la que el calavera se dirige al cabaret; allí se van a pasar toda la noche rezando... Nos instalamos en la terraza de un bar desde donde se contempla todo Jerusalén. Gili me cuenta la historia de cada una de las mezquitas, templos y sinagogas que se distinguen desde nuestro mirador. Allá está la iglesia del Santo Sepulcro, más acá la iglesia de los ortodoxos griegos, en un costado la mezquita de Al Aqsa, hacia la derecha la gran sinagoga de Jerusalén. Daniel interviene con sus comentarios históricos: lo que los turistas conocen como la Torre de David no es la torre de David, es una mezquita, la torre de David está en la otra punta de la muralla. Esta fortaleza la levantaron los mamelucos, aquella pared pertenece a la época de los romanos, por esa puerta ingresaron las tropas de Saladino, por aquella otra avanzaron los cruzados, más allá se distingue el cementerio de los templarios, aquella cúpula que se observa a los lejos es la de los coptos, esa mezquita es por donde Mahoma ascendió a los cielos, a través de esa arcada que se ve al fondo de una calle es por donde Jesús caminó con su corona de espinas. -En Jerusalén, todo es sagrado, dice Gili. -En Jerusalén todo es sagrado -le retruca Daniel-, menos la vida. Rogelio Alaniz |
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