La vida cristiana siempre debe ser una respuesta a los anhelos e ideales del hombre. No tengamos del cristianismo una mirada reducida o sólo espiritualista, como si fuera algo ajeno o paralelo a nuestros intereses humanos.
Jesús no nos exige que renunciemos a nuestros deseos de plenitud y de alegría; todo lo contrario, Él ama nuestra felicidad aquí en esta tierra. La "Vida Nueva" que nos propone Jesucristo en el Evangelio es una realidad iluminadora que eleva el nivel de nuestra vida y de nuestras relaciones.
La vida cristiana no es, por ello, alejarnos de lo humano, sino vivirlo en toda su plenitud; ella nos hace gustar nuestra realidad humana y espiritual en toda su verdad, bondad y belleza. El cristiano, les diría, es un enamorado del mundo porque es una obra de Dios.
"Todo es de ustedes", les decía San Pablo a los primeros cristianos, y en ese "todo" incluía todo, es decir: la vida del amor como el trabajo, la política y el estudio, la amistad como la diversión, todo, pero agregaba que hay un modo cristiano de vivir esta riqueza.
No nos dice todo es de ustedes, y luego esto o aquello, no. Creo que es iluminador un texto de Aparecida en el que los obispos nos muestran este sentido cristiano de la vida: "La vida del cristiano incluye, nos dicen, la alegría de comer juntos, el entusiasmo de progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de la sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera".
El fruto de esta Vida Nueva es la convivencia fraterna, la paz verdadera y esa alegría sincera, que no necesita ni consume cosas que luego terminan oscureciendo y degradando el sentido de la vida. En otra oportunidad volveré a hablarles de esta destrucción que causa en las personas, sobre todo en los jóvenes, la propuesta de vida como diversión que les presenta una sociedad cínica, que comercia con la droga y la mentira, y que es sostenida por un silencio cómplice del cual somos responsables.
Ciertamente hay responsabilidades mayores, pero nos acostumbramos y, tal vez, sin pensar, lo aprobamos como algo que es así. En fin, somos una sociedad que no se hace cargo ni se siente responsable del ámbito cultural como del estilo de vida que ha creado y que ofrece a nuestros adolescentes y jóvenes, pero que luego, sí, esa misma sociedad, va a criticar. Nos asustan los efectos negativos de aquello que creamos, pero no nos sentimos responsables de sus causas. La crisis cultural tiene, sobre todo, raíces morales y políticas.
Ahora, bien, nos preguntamos: �existe esa fuente de Vida Nueva que nos permita poner las bases de una cultura del amor y la solidaridad, de la verdad y el respeto por la vida, de la alegría y de la paz, donde los jóvenes puedan encontrar una respuesta que dé sentido a sus vidas?
Este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo puede ser la oportunidad para descubrirla. Esta Vida existe y es posible encontrarla. Su fuente está en Jesucristo, pero en un Jesucristo que no sea sólo una idea o una doctrina más, sino una persona viva.
Éste es el mayor mensaje y el mejor servicio que un cristiano puede ofrecerle al hombre y al mundo de hoy. No hay vida nueva sin hombres nuevos. El mensaje de Jesucristo apunta, precisamente, a ofrecer la posibilidad de un cambio cualitativo y libre en el hombre.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe