Por Francisco Bitar
Al salir, el ciervo está tirado
al pie de la puerta, lagrimeando.
"No puede más con su cabeza"
piensa el hombre, se mete en su taller
y sale con su sierra de mano
"La trajo arrastrando desde el bosque".
El hombre aplica sierra al ciervo
que se muere bajo la cornamenta;
"Por alguna razón les crece este ramaje,
hasta matarlos a veces, en la cabeza".
Al primer contacto de la sierra
salta el sarro en virutas
luego polvo y hacia el centro
del cuerno un blanco real
[ ]
el hombre está de golpe del otro lado
y detiene la sierra justo delante
del ojo de mujer del ciervo.
El ciervo, conmovido, se levanta. Tiembla.
El hombre entra y sopla el serrín
del trabajo en la manga de la camisa
arriba de las marcas pegajosas
del desayuno sobre la mesa.
De parado con su taza de café
mira desde la cocina cómo el ciervo
regula su nuevo peso
con movimientos cortos:
es un ciervo joven, los ciervos son viejos
sólo a último momento.
El hombre gira y espanta
las moscas de la mesa -
son más cada mañana,
un día tendrá que hacer algo.
Por el momento
deja la taza en la bacha
vuelve con un trapo
y borra cada marca.
Quien puso la cámara en automático
-queda claro porque se inclina por detrás
cuando los demás ya están formados-
es el último en sumarse a la foto
En el instante en que la imagen se imprima
no habrá nadie detrás del visor
como si un día abrieras los ojos para descubrir
que tu interior ha desaparecido
Sin embargo
quien no alcanzó a alinearse al resto
proyecta un espectro de enlace entre la formación
y la funcionalidad casi desnuda de la cámara,
crea -sin dar vida- el fantasma
entre una mirada llena
y otra vacía
Como en esa época nada funcionaba
me hice una apuesta larga
-como si pudiera acercarme
desde atrás a mi cabeza
igual que ya estoy detrás de mi cara-
me acuerdo patente que me dije:
"ésta va a ser la prueba
de que en unos años debo ser otro",
Yo, que me apuro por entrar en cuadro
y me agacho al fondo de la foto.
Vivimos al final de una calle;
si nos asomamos a la ventana
podemos ver cómo los autos
vienen a clavarse al horizonte
yo comparo horóscopos
sumo los números en los boletos
calculo los días que nos quedan:
nada de qué preocuparse por ahora
por donde vas
los ojos hacen fotografía
el animal que me cruza al sueño se prepara
el libro lee la lámpara
Si una memoria atravesara esta casa
no encontraría ni coincidencia ni novedad
simplemente se echaría -perro entero-
al pie del matrimonio
mientras la mujer teje
y el hombre fuma pipa
ambos contra el fuego
el peligroso fuego
que los adormece.
La noche es un pedazo
entre maduro y podrido:
a punto
de algo más chico que ella misma
que se desprende y cae
Con puntualidad
el cuerpo duele
donde debe
El ruido circular del vehículo
que al pegar la curva
corrige el rumbo
cuando en la cama
me doy vuelta
sobre mi propio calor
La nieve del congelador
Un fuego.