Expedicionario, investigador, apasionado por la naturaleza. Cualquiera de esas definiciones caben a Ramón "Moncho" Otazo, un chaqueño que desde hace 40 años camina montes y navega ríos, impulsado por el genuino interés de observar a los animales en su estado más salvaje, recopilar información para difundirla luego en fotografías y videos, y denunciar -cada vez que tiene la oportunidad- la destrucción del medio natural que sirve de hábitat a incontables especies autóctonas.
El último 11 de agosto -con "un frío espantoso"- emprendió su travesía número 63, a la que denominó "Chaco Gualamba" y que, al cabo de 151 días, lo trajo hasta Santa Fe. Tras permanecer unos días amarrado en el Club Náutico Sur, puso rumbo a Buenos Aires donde -en un par de meses- culminó el que considera el último de los viajes largos. En realidad, se tratará de una pausa porque planeaba comenzar otra expedición, esta vez por tierra, hasta la selva de yungas de Bolivia.
La travesía "Chaco Gualamba" se inició en Embarcación (Salta), "donde comienza lo que se conoce como el Chaco salteño y el río Bermejo se hace más ancho". Desde allí, con pocos intervalos, llegó navegando y en cada lugar donde le dieron la oportunidad, ofreció charlas en la que presentó parte del material que logró recopilar en todos estos años. De esas oportunidades depende, en gran parte, la duración de sus viajes. "Si me va bien, demoro mucho", resume.
Desde hace unos trece años navega en el bote de aluminio "Teutas" que reemplazó a la embarcación de troncos ahuecados que él mismo había construido. Pero no cambió la forma de viajar, que sigue siendo a remo: "el motor soy yo", cuenta Otazo en diálogo con Nosotros. No es la primera vez que visita la ciudad: de hecho ya había hecho un alto en el camino en una expedición anterior, en 2000, y vivió un tiempo aquí en su época de boxeador. Precisamente, nueve años en esa disciplina deportiva lo llevaron a conocer otros lugares del país, otra gente, y obtener "algo de dinero" como para seguir adelante y profundizar una afición que venía desde la infancia. "Mi motivación es la naturaleza", sintetiza.
Conocedor del monte, tras mucho desearla, logró concretar su primera expedición. "Me encantó ver los pumas en celo, el tapir bañándose en el río...", cuenta.
Con el tiempo llegó la posibilidad de organizar un museo en su casa de Roque Sáenz Peña (actualmente está cerrado hasta que pueda construir un nuevo edificio). Allí, una parte del material está dedicado a Ciencias Naturales y otro a Arqueología e Historia. "Son trabajos de investigación y descubrimientos", dice.
Además, formó una biblioteca y un área protegida de 1.100 hectáreas "donde logramos que los animales se mantengan en su estado natural, que nadie cace, que nadie corte un árbol".
Para lograr su objetivo, cuenta con el apoyo de un grupo de amigos y amigas que colaboran en las expediciones. "Especialmente somos tres: dos mujeres y yo. Una de ellas donó las 1.100 hectáreas para la reserva y la otra se encarga de computadoras y demás".
Más de 8.000 diapositivas color, 200 horas de video y 3.000 fotografías en papel completan una colección que se sigue alimentando con cada viaje.
"Esta es la última expedición larga -asegura-. Cuando vine en 2000 a Santa Fe, había salido en 1998 de Aguas Blancas. En esa oportunidad llevé mucha gente a caminar: docentes, alumnos, alumnas, y ofrecía charlas en los pueblos originarios. Fueron varios meses acompañado por distinta gente que se iba sumando durante un mes, dos meses, nueve meses".
En cambio este viaje se desarrolló prácticamente en soledad: "me acompañó un muchacho por nueve días, pero el resto lo hice solo hasta Buenos Aires y no es lo que quiero. Me hubiera gustado que me acompañe gente porque, si no, hago el diez por ciento de lo que puedo hacer. Por ejemplo, para tomar imágenes: el animal no se queda quieto; a veces te perdés muchas tomas nocturnas porque no se puede manejar la luz y la cámara al mismo tiempo".
Durante su breve estadía en Santa Fe, Otazo armó la carpa a metros del bote, pero en general duerme en la embarcación. Allí también lleva "algo de papas, cebolla, harina, polenta, arroz" y consigue en el medio natural la carne para alimentarse, "pero sólo aquello que abunda" o pesca "con un anzuelo chico".
"Cuando salimos de expedición tengo una conducta muy dura para que nadie corte una rama de más, para que se cuide el agua, no molesten a los animales y aún así poder ver hasta dónde es posible acercarnos para documentar", explica Moncho.
Cada vez que tiene una oportunidad, en cada alto de sus travesías, Otazo advierte sobre lo que está ocurriendo con los recursos naturales. "Se siguen tirando abajo los montes, poniendo alambres en todas partes; lo que fue la reserva más importante de la Argentina, El Impenetrable, hoy no se sabe de quién es y los montes tampoco están", subraya.
A lo largo de cuatro décadas de viajes, los efectos de estas conductas humanas son palpables para Otazo: "hasta hace algunos años podía ver 20 carpinchos juntos en la costa del Teuco. Hoy son alimento de los pumas, que se trasladaron ahí porque están quemando los montes y necesitan desplazarse. Antes comían conejos o vizcachas que ahora desaparecen en manos de quienes cazan por diversión".
"En el norte hay varios animales que están por desaparecer: el yurumí u oso hormiguero, el ciervo de los pantanos, los majanes (pecaríes labiados). Hay gente que quema los montes y va del otro lado a esperarlos para cazar. En la penúltima expedición tuve la suerte de ver 19 tapires en el Teuco y uno en el Bermejo. La última vez vi a 6 ó 7".
Ramón Otazo no se cansa de insistir con que los montes deberían ser preservados para que las especies puedan reproducirse en su propio hábitat. Sin embargo, "están sacando los algarrobos, los quebrachos, los palos santos y no los dejan ni crecer de nuevo".
"En 40 años todo cambió mucho: a un kilómetro de Roque Sáenz Peña podías ver un yaguareté o un zorro, y hoy ya no hay nada de eso. A diez kilómetros del pueblo habíamos encontrado pisadas de un tapir y después nos enteramos de que lo habían matado".
Otazo interpreta que "siempre el objetivo del hombre es matar" y por eso en las charlas hay detalles que prefiere guardarse: "si vemos pisadas de yaguareté mostramos la foto pero no decimos dónde fue tomada, porque seguro que van a ir a cazarlo. Cuando paso un documental, cuento si las imágenes corresponden al río Teuco, pero no el lugar exacto".
Hace décadas que la clarísima mirada de Otazo apunta a una sola dirección: a proteger la naturaleza y concientizar sobre los riesgos de su destrucción. Y confía en que lo seguirá haciendo, desde su museo, desde la reserva o por el monte, aunque los viajes se acorten.
La expedición "Chaco Gualamba", que Ramón Otazo emprendió el 11 de agosto de 2007 desde el Chaco salteño es la número 63 que concreta en casi 40 años de continuos viajes y travesías.
De todos esos periplos, 18 fueron por río y el resto por tierra. En total lleva navegados más de 18 mil kilómetros en embarcaciones a remo.
Cuenta con 200 horas de video, 8.000 diapositivas a color y más de 3.000 fotografías en papel que formaron parte de una primera exposición a la que seguirá otra cuando vuelva a Roque Sáenz Peña, la localidad de Chaco donde tiene su casa, un museo que piensa mudar a un edificio más confortable y una reserva natural de 1.100 hectáreas.