Opinión: OPIN-04
Al margen de la crónica
La hipocresía en la cumbre

El affaire que protagonizó el gobernador del estado de Nueva York, Eliot Spitzer, es un manifiesto más de que la hipocresía y el cinismo no sólo son patrimonio de las sociedades menos desarrolladas. En la cima del mundo se producen con frecuencia escándalos donde el sexo o la droga, o ambos, son protagonistas.

Es complicado analizar qué motivos pueden llevar a hombres como este -una de las figuras más descollantes del partido Demócrata, en carrera como candidato a la vicepresidencia-, a tirar por la borda años de trabajo duro detrás de un objetivo claro y lo que es peor aun, aniquilar a toda su familia.

La campaña que lo catapultó a la gobernación con un porcentaje abrumador de votos, tenía entre sus máximos postulados la promesa de una gestión basada en la integridad y la moral en su accionar.

Ningún hombre es del todo malo ni absolutamente perfecto, pero la hipocresía es lo que caracteriza a los que en vez de cerrar la boca, predican mostrando como ejemplo sus vidas perfectas y desde allí juzgan al resto.

Sorprende de este hecho que alguien sea capaz de invertir 5.000 dólares más viáticos para que una señorita se traslade de una a otra ciudad para acompañar al político en su suite durante una hora, mientras su esposa recorre hospitales y se preocupa de los padecimientos de los ciudadanos. Esa misma esposa que aparece en las imágenes en el momento del mea culpa de su hombre, con la cara demudada, enormes ojeras y una mirada de vergüenza ajena y lástima propia.

Si bien la mentira es una conducta reprochable en cualquiera, la mentira de los personajes públicos es más grave. Porque el fraude que deben sentir los electores neoyorkinos por estos días va mucho mas allá. Lo votaron porque creyeron en su discurso y apoyaron su prédica sobre un puñado de valores que creían a punto de extinción. Hoy casi con seguridad, esas mismas personas, piensan que esos valores están definitivamente sepultados.