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Análisis
Basta de show
Por Josefina Gómez - jgomez@ellitoral.com Nací en una familia en la que la visita a la cancha no era una rutina semanal. Recibí el legado de mi familia y soy embajadora futbolística en el estadio siguiendo la pasión de todos y retransmitiendo los partidos en largas conversaciones que suelen darse cada tanto. Cuando escucho hablar de lo que era antes ir a ver fútbol, en general, se trata de tíos o abuelos de otros. Y los veo añorar aquellos tiempos no sólo porque -dicen- se jugaba mejor y en un ambiente más sano, sino porque podía ir la familia completa. íSi hasta se ponían traje y se sentaban en las sillas que hoy guardo en el living de mi casa! Las cosas cambian. Con el paso del tiempo, algunos de los más viejos se adaptaron a los nuevos modos de vivir la pasión. Para mí el fútbol es otra cosa. Y, como ellos, también tuve que relegar espacios. Comencé a ir a la cancha en el 94. Primero a la tribuna de mujeres, después me "mudé" a la de los jubilados. Tras ir tomando confianza y reconocer a los que me rodeaban, me pareció más entretenida, por una cuestión generacional, la cabecera de socios. Hasta que un día vi cómo entre la gente apareció un "enfermo" con un cuchillo carnicero y a la fuerza tuve que volver a la de mujeres. Fui un partido más, pero no podía evitar estar más pendiente de los enfrentamientos que había entre los propios hinchas de mi club que de lo que pasaba en el campo de juego. Me sentía expuesta y pensaba... aquí estoy, pagando una cuota de socia para arriesgarme cada fin de semana a que un descontrolado se la desquite conmigo. Entonces dejé de ir por un tiempo. Pero el sentimiento pudo más y retomé el hábito. Pasó el tiempo y me vi forzada a dejar de ir a la cancha por tercera vez. Fue un año y medio de vivir mi pasión a la distancia. Cuando tenía suerte, miraba los partidos por tele, no me conformaba con escuchar alguna radio de Buenos Aires que me diga el resultado. Hace tres años volví al estadio y me duele ver cómo caen las acciones de los hinchas mientras suben las de los violentos. Con el paso del tiempo me transformé en una nostálgica más. Extraño ir tranquila a la cancha, dejar el auto cerca y saber que no va a pasar nada. Que mi seguridad no dependa del resultado del partido. Salir del estadio sin sentir que sobrevivo a un campo minado. No digo que debería ser un canto a la confraternidad. Pero tampoco la cancha puede ser el lugar donde nos vamos a jugar la vida. Este fin de semana, un hincha iba en un colectivo junto a otros tantos a ver un partido de fútbol. En el camino un inadaptado sacó un arma, disparó y listo. Como si así se hubiera terminado su bronca, su dolor, su rencor o aquel sentimiento que lo llevó a empuñar un arma contra otra persona porque sí. Y así como fue Emanuel, pudimos ser cualquiera de nosotros. Cualquiera. Hasta que no entendamos lo grave que es eso; hasta que no nos alarme que en un fin de semana haya más de doscientos detenidos por enfrentamientos antes y después de los partidos; hasta que no hagamos algo, nuestras acciones seguirán cayendo en picada. Es que al parecer, la vida nos importa tan poco que un muerto no es suficiente para parar la pelota y tomar medidas en serio. Porque suspender un partido tampoco resuelve nada. Sólo resta pensar que es lamentable que haya personas a las que les convenga que el show continúe mientras nosotros, aquí, seguimos relegando espacios y sin comprometernos, para que los violentos tomen más y más poder. |