Opinión: OPIN-01 Deporte y política en el camino a los juegos de China

Cuando se aprobó que los próximos Juegos Olímpicos se celebraran en Beijing, los dirigentes chinos no disimularon su satisfacción. Más allá de la naturaleza del acontecimiento, se sabe que estas competencias deportivas suelen ser un importante recurso de propaganda y legitimización de un régimen.

Sin embargo, tal como se están desarrollando los hechos, pareciera que puede haber más complicaciones que satisfacciones. Por lo pronto, la tradición de pasear la antorcha de las olimpíadas por las principales capitales del mundo está provocando un resultado opuesto al que de seguro preveían los dirigentes chinos.

En varias ciudades de los EE.UU. la movilización contra del régimen comunista fue muy amplia e incluyó a intelectuales, científicos, artistas y militantes de derechos humanos. Uno de los ejes de la protesta fue el tema del Tíbet. Como se sabe, la reciente rebelión dirigida por los monjes budistas fue reprimida con un saldo importante de muertos.

En la capitales europeas pasó más o menos lo mismo. El Dalai Lama, máximo líder espiritual del Tíbet, es un dirigente religioso considerado y estimado. Las consignas a favor de la independencia o la autonomía del Tíbet han crecido y la cercanía de los Juegos Olímpicos se constituyen en un excelente "pretexto" para insistir con los reclamos.

En consecuencia, la esperanza de transformar a los Juegos Olímpicos en un escenario que permita presentar a China como una potencia capitalista integrada al mundo, corre el riesgo de sufrir daños hasta hace poco impensados. Más que una oportunidad para dar a conocer los logros económicos puede transformarse en una denuncia recurrente de violación a los derechos humanos.

En estos momentos, China es un país cuya economía avanza a pasos acelerados hacia el capitalismo, mientras que su estructura de poder y los hábitos de su clase dirigente siguen siendo comunistas, es decir, totalitarios. Las circunstancias históricas hoy permiten que China disfrute simultáneamente de los beneficios de una economía capitalista con las "ventajas" de un régimen autoritario.

Esta "singularidad" china ha sido mirada con comprensión por parte de los principales dirigentes occidentales. Está claro que los beneficios económicos del intercambio con ese enorme país contribuyeron de manera significativa a desarrollar esa particular comprensión. Cuando hace unos veinte años el régimen asesinó a cientos de jóvenes en la Plaza de Tiananmen, las condenas de Occidente fueron tímidas y no pretendieron ir más allá de las palabras. Para los dirigentes de Occidente el régimen político era detestable, pero los beneficios eran muy agradables.

El problema que ahora se presenta tiene efectos por partida doble: por un lado, la cruda realidad de los hechos les demuestra a los chinos que su legitimidad en Occidente no es compatible con un régimen totalitario; por el otro, a los mandatarios capitalistas se les hace muy difícil ignorar lo que está pasando en un país en el que sobreviven las formas de opresión social que son indigeribles para la democracia republicana.