Nuestra sociedad está en serio riesgo de desintegrarse. Ese clima se percibe, se presiente, y no podemos menos que experimentar miedo y pena ante la perspectiva de que volvamos a caer en viejas dicotomías, la antigua mala receta. Y no sólo el cuerpo social peligra; también están expuestas las instituciones, cuyo funcionamiento tanto nos costó conseguir.
Como si ya no fuese suficiente tanto conflicto, ahora llegó el fuego: miles de hectáreas arden, mientras se cruzan argumentos que reclaman derechos de autor y las ideas para mitigar y prevenir el desastre brillan por su ausencia.
Como en cualquier acto de la vida cotidiana, en el que se contraponen intereses, si no se llega a un acuerdo, la ruptura se vislumbra inevitable. Para negociar hay que estar dispuesto a ceder, por lo menos algo. Las partes, si tienen intenciones serias de acordar, deben saber que no pueden llevarse "todo".
Cuando el tema del campo contra el gobierno, o de los productores contra las últimas medidas económicas, han llegado tan lejos, los implicados deberían meditar acerca de si más allá de las razones que argumente cada parte no se estará poniendo en juego el futuro institucional de la Argentina.
Hasta aquí los negociadores guardan las formas, pero niegan el fondo al confundir a la gente cuando, puertas afuera, sus segundas líneas se agreden y se provocan.
Cada equipo tiene alfiles que muestran racionalidad y declaran las mejores intenciones; pero son los peones los que jaquean y hacen más difícil el ya complejo juego. Algunos delegados del sector del agro y varios personajes funcionales al gobierno nacional, chicanean y azuzan con una intención más cercana al capricho de torcer el brazo al otro, que la de conseguir una solución consistente.
Para el ciudadano común, las cosas no están claras; ni en este tema ni en muchos otros. Todos ven cómo, día a día, el poder adquisitivo disminuye, la violencia aumenta y los límites de los poderes se esfuman.
Cada cual no atiende su juego. El Ejecutivo ha acumulado demasiado poder. La mayoría de los legisladores, más que representar los intereses de los ciudadanos y de las provincias, han optado por esconder la cabeza bajo el ropaje de los presidentes (no hay error, a estas alturas se sabe que son dos). El Congreso está pintado y trabajando a reglamento desde hace tiempo, y muchos diputados y senadores no pueden ni visitar a familiares en sus lugares de origen porque temen represalias de los pobladores, cuyas aspiraciones desconocen.
La vida en los pueblos se ha detenido, como también se ha desacelerado toda actividad ligada al campo.
Nunca como en estos meses, hemos asistido a un curso tan rápido sobre agricultura y ganadería. Tampoco antes nos habíamos percatado de cuánto gira nuestra vida en torno del campo.
En todo este tiempo y con tanto manoseo, se perdió algo valioso: la credibilidad de los civiles. Con tantas idas y vueltas, quienes manejan el poder dejaron escapar otra oportunidad histórica.
Es difícil de comprender que con el entrenamiento de más de cuatro años de gestión, nuestros conductores todavía duden de dónde queda el norte. A los argentinos no es fácil engañarlos; todos tenemos una gran habilidad para detectar mentiras. Y además estamos cansados de las mentiras.
Es útil remarcar que quienes más responsabilidad tienen para recorrer el camino que permita destrabar este conflicto, son aquellos que fueron elegidos para conducir los destinos del país. No sirve esconderse, ni desoír lo que se grita desde cada rincón del interior y que ya se escucha en muchos sectores de la capital.
Es tiempo de ponerse los pantalones largos y abrirse al debate, aunque cueste y aun cuando se deba dar un golpe de timón para cambiar el rumbo. Nadie muere por equivocarse, pero ya sabemos lo que pasa cuando se pretende acallar voces o descalificar disidencias. A los que gobiernan les costará mucho trabajo recuperar el crédito cerrado. Hay demasiados frentes abiertos, se libran batallas todo el tiempo y se suman enemigos, muchos de ellos imaginarios; otros, convenientes.
¿Por qué si el deber de la prensa es informar y formar opinión, hay que vigilarla? ¿Por qué cuando da pruebas de independencia -y hace sonar todas las campanas- es necesario observarla? ¿Para qué irritar a una sociedad lúcida, queriendo meter mano en la selección de jueces, cuando el desprestigio de la Justicia es ya considerable? ¿Para qué mentir con cifras, si esa mentira sucumbe cuando los sueldos no llegan a satisfacer necesidades elementales? ¿Tendremos que ver cómo los chacareros de De Angelis y los camioneros de Moyano entrecruzan tiros para saber que definitivamente perdimos el último tren? ¿No basta con que los mercados que queremos conquistar con nuestros productos huyan por nuestra falta de seriedad?, ¿o que aumente el riesgo país y los bonos argentinos caigan en el mercado, porque a pesar de nuestro crecimiento los inversores se alejan? Muchos percibimos que demasiadas cosas están mal pero desconocemos cuál es el remedio.
Como decía el general: "En su medida y armoniosamente". Ése debería ser el lema que conduzca estos días aciagos. Sería loable que a quienes les corresponde se propongan solucionar un problema por vez, escuchando lo que el otro tiene para decir, sin patoteos ni hostigamientos. Y con todas las cartas sobre la mesa.
Silvia Villaggi de Víttori