La renuncia del ministro de Economía, Martín Lousteau, no sorprendió a nadie porque desde hacía tiempo se venía hablando de ella. En todo caso, los interrogantes giraban alrededor de su reemplazante. Los nombres de Martín Redrado o Marcó del Pont daban vueltas. Incluso, se llegó a hablar del regreso de Roberto Lavagna. La decisión de nombrar a Carlos Fernández, un funcionario de perfil técnico y cuyo rasgo distintivo es su lealtad a los Kirchner, disipó las dudas, pero abrió nuevos interrogantes.
Más allá de las condiciones personales de Lousteau, lo cierto es que su gestión de 137 días fue deslucida. Atribuirle estas carencias a su juventud sería un error. Los problemas del ministro fueron funcionales, no generacionales. Los condicionamientos estuvieron presentes desde el primer día, desde que anunciaron su designación, antes de que Peirano presentara su renuncia.
Lousteau siempre fue considerado un ministro propuesto para ese cargo por la presidenta. Hoy, es un secreto a voces que su renuncia obedece a las presiones ejercidas por el poder que reside en Puerto Madero. Desde el punto de vista institucional, esta realidad genera previsibles incertidumbres y alarmas.
El discurso de Kirchner en el acto de Ezeiza -agresivo y panfletario- coincidió con la renuncia de Lousteau. Si bien en política no siempre las relaciones de causa y efecto son lineales, desde el punto de vista del poder está claro que la imagen de su desplazamiento desde Casa Rosada a Puerto Madero es preocupante para la salud de las instituciones y para la propia gobernabilidad de la república.
Mientras tanto, los motivos que pudieron haber incidido en la renuncia del ministro se mantienen intactos. El conflicto con el campo no da señales de solucionarse, pero las palabras de Kirchner en Ezeiza y el tácito aval dado a Guillermo Moreno auguran un futuro cargado de turbulencias. Temas tales como la inflación, el tratamiento de la deuda, las relaciones con el mercado mundial, los números del Indec también siguen sin resolverse y no hay indicios claros de que la nueva autoridad política vaya a promover algún cambio más o menos significativo.
Un rasgo distintivo del gobierno de los Kirchner es el de designar ministros de Economía que sean meros ejecutores de las ideas del ex presidente, funcionarios con poder administrativo pero con nulo poder político para diseñar estrategias de largo alcance. Los nombres de Felisa Miceli, Miguel Peirano o Martín Lousteau prueban esta afirmación. Y cabe apuntar que esta tendencia contradice las prácticas de los estadistas modernos, que apoyan sus políticas de largo plazo sobre sólidos conocimientos técnicos y una afinada percepción del mundo.
Mientras tanto, la incertidumbre crece. En cuanto al problema con el campo, da la impresión de que en esta crisis se han fortalecido los sectores oficialistas menos proclives al diálogo y a un tratamiento más o menos racional del problema.
Por el momento, sería imprudente dar una opinión categórica sobre los nuevos pasos del gobierno, pero hay que decir que existen serios indicios que hacen suponer un horizonte poblado de dificultades.