Alguna vez fui un personaje de novela. Nada especial, un trabajo como otros, me decía; pero tenía grandes expectativas. Era mi debut en textos de largo aliento. Venía de las historietas y había pasado, sin mucho suceso, por cuentos y algún poema narrativo.
Todos sabemos que ser personaje de novelas es como jugar en primera. Hasta allí todo bien. Sólo que el autor que me reclutó estaba obsesionado con escribir un texto fragmentario -tal los cánones de la posmodernidad- y entonces, sobre la página 90, de un total de 124, me di cuenta de que la novela no tenía argumento; o más bien, advertí que éste era ínfimo en relación a las descripciones, las opiniones, las digresiones y los divagues estilísticos del sujeto en cuestión.
Así las cosas, la importancia de los personajes de la novela era muy menor porque, al quedar el argumento en un lugar marginal respecto de aquella descripción sesgada y aleatoria, a modo de collage sin demasiada cohesión, todo se perdía, se diluía, se apagaba, inclusive los personajes.
Para mi desesperación, lo que debía postularme como personaje de novela de largo aliento, quizás para disputar un sitio en el inconsciente colectivo (o al menos en la consideración de la crítica y el periodismo), derivó finalmente en una fallida y errática experimentación intelectual de la cual, menos que protagonista, fui víctima. Triste destino: un nombre sin parlamentos.
La verdad, añoro las novelas clásicas. Eran un poco aburridas, es verdad; con mucha moralina y bajada de línea, lo admito; algunas excesivamente épicas, lo sé. íPero allí había una historia!; y otra cosa, los lectores se identificaban con los personajes. Ahora, en comparación con Holmes, Ignatius Reilly, el Xavier de Kundera, el Cándido de Voltaire, el Marlow de Conrad y tantos más, nosotros, los personajes insertos en estos juegos posmodernos, no existimos. Somos apenas pálidas ánimas extraviadas en ejercicios verbales y retóricos.
Soy conservador, lo sé; quizás ingenuo o romántico, o me estoy volviendo viejo, pero pretendo para mí otro tipo de roles: quiero liberar una ciudad; derrocar algún dictador; viajar a sitios inhóspitos. Igual, mis antecedentes han quedado muy mancillados ya. ¿Qué puedo esperar después de esto? Alguna mención en un diario; alguna cita en una monografía. No creo que tenga otra posibilidad. Pasaré al frío infierno de los personajes menores, o peor aún, al de los olvidados o inexistentes.
Quizás debí conformarme con las historietas y de allí pasar a una versión para el cine. Eso sí hubiese sido la gloria, pero me tiró el costado intelectualoide. Mi viejo me decía: hay que hacer una novela. Pobre viejo, era de otra época.
La novela ha muerto, me dicen algunos amigos que divagan en revistas literarias; los personajes han muerto, me dicen viejos colegas que alguna vez vieron la gloria de grandiosos autores. No lo sé, tengo que reflexionar: pero hay una noción que creo más acertada. Los autores los han asesinado para después suicidarse.
Estanislao Giménez Corte - [email protected]