Area Metropolitana: AREA-04
José Tahá, emprendedor y beneficiario del Banco Solidario
"El 100% de nuestra producción es manual y aspiramos a automatizarla"
El negocio de Tahá y su mujer quebró tras la inundación de 2003. Tres créditos del Banco Solidario y un préstamo de una entidad bancaria les permitió montar su fábrica y diversificar la producción. Una historia de dos personas que lucharon y no claudicaron tras el primer tropiezo.

La historia de José Tahá y Sandra Piccioni ayuda a comprender cuál es el impacto que tienen los microcréditos del Banco Solidario de la Provincia cuando están orientadas a proyectos sustentables. En el 2001, el matrimonio montó una empresa que distribuía harina en panaderías del cordón oeste de la ciudad. Dos años después, se quedaron sin nada.

"Cuatro días antes de la inundación habíamos entregado un equipo de harina a nuestros clientes: ellos se inundaron y perdieron todo nuestro capital. Nunca pudimos recuperar absolutamente nada: nuestra pequeña empresa quebró, tuvimos que indemnizar a los empleados y vender las camionetas. Perdimos todo, fue un bajón anímico muy grande", recordó José.

El matrimonio no bajó los brazos. Empezó a fabricar azúcar negra e impalpable en un galpón pequeño y movió cielo y tierra para conseguir ayuda para encauzar su emprendimiento. Finalmente, se

contactó con la Asociación de Suzy Tomas que distribuye los microcréditos del Banco Solidario en la ciudad y logró el primer préstamo de dos mil pesos. "Utilizamos ese dinero para comprar 40 bolsas de azúcar y empezar a trabajar. Eso nos permitió poner en marcha la empresa", comentó José.

Con el tiempo lograron un préstamo de una entidad bancaria. "El Credicoop tuvo muy buena predisposición y apertura con nosotros. Nos otorgó un préstamo muy importante que todavía estamos pagando y con eso más el segundo crédito del Banco Solidario mudamos la fábrica", contó Sandra.

Ahora están instalados en un galpón de barrio Belgrano, que "reconstruyeron" con esfuerzo. Tuvieron que revocar las paredes, construir el baño y hacer la instalación eléctrica, de gas y cloacas. Allí producen azúcar negra e impalpable, jalea, chocolate, mermelada, crema pastelera, esencia de vainilla, de limón, de manteca y de pan dulce, polvo para hornear y un aditivo para panificación que reemplaza al bromato.

Producción manual

Una pequeña paila, dos máquinas que fueron adaptadas para la molienda de azúcar, una balanza, una heladera y una olla grande son las herramientas de trabajo del matrimonio. "El 100% de la producción es manual porque no podemos acceder a la compra de las máquinas que realmente necesitamos para la elaboración", comentaron.

"Casablanca" es la marca que la pareja eligió para dar identidad a sus productos, que hoy venden a panaderías céntricas y del cordón oeste. Este año se están insertando de a poco en Paraná y ya tienen dos revendedores en Barranqueras y Resistencia.

Pero el objetivo de José y Sandra es comprar la tecnología apropiada. "Con el afán de progreso que tenemos, si nosotros accediéramos un crédito blando, que pudiéramos pagar cómodamente, estaríamos comprando maquinarias. Nosotros aspiramos a la automatización de la elaboración de cada producto porque sabemos que con ello podemos lograr mejor costo, incorporar empleados, y lo más importante es que tenemos capacidad de venta", afirmó José, quien comentó que en la fábrica está realizando su pasantía un chico con capacidades especiales que asiste a una escuela de formación laboral.

Esfuerzo

En noviembre del año pasado el matrimonio logró el tercer crédito del Banco Solidario que utilizó -al igual que los otros dos- para comprar insumos. Al disponer del dinero pudo acceder a proveedores más grandes que venden la materia prima a mejores costos. "Debido a que nos da una mano el Banco Solidario tenemos abierto un crédito con muchas empresas importantes", dijo el hombre, tras comentar que compran a una compañía número en importación.

El matrimonio logró diversificar la producción por el esfuerzo de Sandra y el espíritu inquieto de José. Como su experiencia de maestro mayor de obras no le servía para llevar adelante su emprendimiento, el hombre concurría la biblioteca de la Facultad de Ingeniería Química y solicitaba libros para estudiar fórmulas. "Después, en la práctica, me valí del método prueba y error. Hoy fabricamos polvo de hornear pero tengo en mi espalda un montón de desilusiones porque al principio no funcionaba bien, no tenía fuerza, se secaba y tenía un montón de problemas", ejemplificó José.

La ayuda de profesionales que habían trabajado en empresas del rubo le brindaron consejos útiles para avanzar en las formulaciones del chocolate y las jaleas.

Al mirar atrás el camino recorrido, Sandra se emociona. "Pasamos mucho y lo pudimos hacer porque tenemos una familia detrás".

La fábrica hoy "nos permite mantener nuestra familia. No es fácil pero podemos decir que hoy podemos darle el estudio que queremos a los chicos y tener un proyecto de crecimiento", concluyeron.

De la redacción de El Litoral