Roma Termini se hallaba, ese fin de verano de 1999, en plena refacción: el caos habitual de una gran estación de gran ciudad, a consecuencia de las obras, se potenciaba y era mayúsculo. Salirnos de ese caos fue entrar en otro: nos perdimos en una interminable feria de rasgos circenses a la intemperie, como buscando el mito citadino. A los lados de la plaza se multiplicaban puestos de venta de ropa, bebidas, desodorantes y perfumes falsificados. Cruzaba los canteros un atronador andar de coches que tomaban las curvas con desmadrado arrojo.
Todo el mundo gritaba, o eso parecía; todo el mundo corría, o eso parecía. Allí Roma aparentaba ser una metrópoli más del tercer mundo, desbordada, incapaz de dar cabida a lo que ella misma generaba, como un monstruo que en su voracidad se deglute a sí misma.
Nos instalamos en un Youth Hostel, tras tomar el metro atestado de olor a transpiración, merced a un calor inenarrable. Luego, sí, fuimos al casco histórico. Bello en su ruina, éste no me sorprendió tanto por lo simbólico como por la "marca del presente" que estaba allí, ostentosa y cruel. En Piazza Navona, en Piazza Spagna, en el Coliseo y el Panteón se amuchaban trabajosamente nativos, turistas e inmigrantes africanos. Marroquíes, etíopes, nigerianos y cameruneses daban al contorno clásico de la urbe un tinte ""global", a medio camino entre lo exótico y lo trágico: sus apariencias eran del que escapa de la hambruna, pero todavía tiene hambre.
Fue un mexicano de fina oratoria el que, en el hotel, me conmovió. Dijo, tras la enésima cerveza: ""mira, la única forma de conocer esta ciudad es caminándola, de noche: sólo así la vas a ver... El resto es cháchara turística".
Así fui a errar una noche, munido de libreta, mapa, cigarrillos y cerveza. Así sí la ciudad se me antojó extraordinaria en su arquitectura laberíntica, en su iluminación de luces pasteles y tonos como en sepia. Caminé durante horas. Al filo del amanecer, exhausto, escuché sonidos como de niños llorando, a lo lejos. Traté de seguir ese eco, que rebotaba entre estrechos pasadizos. Apuré el paso tras darme cuenta de un detalle no menor: se trataba de adultos. Entonces desemboqué en una pequeña piazza despojada.
El espectáculo era irreal y grotesco: hombres y mujeres de distintas nacionalidades lloraban, al unísono, con una desesperación que sólo he visto en la infancia. Estupefacto, me senté, cansado, a mirar. Un hombre rubio de ojos enrojecidos dijo, al cabo, en un inglés imperfecto: ""... todos los caminos conducen a Roma, pero los seguimos porque queremos estar aquí para llorar. Los romanos lloran porque han perdido su lugar; los turistas, porque tienen que dejarla; los inmigrantes, porque su condición es la misma que en su país de origen". Hice, para mis adentros, una llana asociación entre la ciudad y el regazo materno, el útero y el mecanismo de regresión: la ciudad como patria invadida, la ciudad como madre violentada, la ciudad como sueño imposible. Ninguna lógica me salvó, igualmente. Emprendí el regreso con la cara transfigurada por una tristeza contagiosa. Partimos al otro día; creo que lloré.