Opinión: OPIN-01
Editorial
Escuchar al mensajero

El síndrome del encierro ha acechado a los habitantes de las cúpulas del poder en todas las épocas.

En el caso de la Argentina, es conocido el caso del ex presidente radical Hipólito Yrigoyen, a quien se le llegó a hacer un diario a medida, que leía creyendo que las noticias y opiniones allí impresas reflejaban la realidad.

Más adelante, el Gral. Juan Perón llegó a confiscar el diario opositor La Prensa -cuyas críticas sistemáticas lo irritaban hasta el desborde- para entregárselo a la Confederación General del Trabajo (CGT). Y a presionar al resto del periodismo con un sistema de asignación de cuotas de papel que conducía a la autocensura. Trataba de acallar las críticas, pero a la vuelta del tiempo reconoció su error histórico.

Durante el último régimen militar, la Junta de Gobierno presionó a la prensa de distintas maneras, desde la prohibición de reproducir ciertas informaciones hasta el secuestro y la desaparición de periodistas. En ese contexto, el Gral. Jorge R. Videla teorizó muchas veces sobre el "periodismo objetivo", al cual decía respetar, en tanto fustigaba al periodismo crítico por atentar contra los intereses de la Nación.

Más acá, Carlos Menem introdujo una novedad para contrapesar lo que él visualizaba como el conjunto opositor integrado por los medios tradicionales: alentó y apoyó a un grupo de nuevas empresas de medios que profesaban la fe menemista, exaltaban sus logros y negaban cualquier referencia a la pobreza creciente, el crecimiento de la deuda pública, la corrupción rampante y los crujidos de la convertibilidad.

A su turno, Néstor Kirchner bloqueó los puentes de comunicación con el periodismo y diseñó una estrategia propia de "diálogo directo con el pueblo" desde el atril del Salón Blanco de la Casa Rosada. La fuerte y rápida recuperación de la economía jugó a favor de su teoría y robusteció su praxis. Por si fuera poco, a menudo fue él quien criticó a medios y periodistas desde la tribuna del poder, perfilándolos como opositores a su gobierno.

Ahora, Cristina Kirchner -que llegó a la presidencia con el compromiso público de mejorar la calidad institucional del país- es quien, en sintonía con su marido, profundiza el cuestionamiento de la prensa y su papel, habla de "una manipulación de la información para preocupar a la gente", la acusa de orquestar una campaña "para hacerles bajar los brazos a los argentinos" y ampara los escraches públicos a medios que declara enemigos. También, como contrafuego, alimenta financieramente a una serie de medios que, siguiendo el modelo de Menem, respaldan al gobierno y atacan a otros medios críticos y a opositores reales y supuestos. Para completar el cuadro, activa un Observatorio de Medios en el ámbito del Estado, integrado por funcionarios propios y personas ideológicamente afines. Cartón lleno.

Frente a semejante despliegue, que repite más -mucho más- de lo que siempre se dijo e hizo desde el poder contra el periodismo, sólo cabe esperar que la presidenta lea más diarios y con más atención. Es probable que así pueda atravesar el espeso microclima que la rodea y la induce al error.