Opinión: OPIN-02
CRONICA POLITICA
Luz de provincia
Por Rogelio Alaniz

Los viajes enseñan, sobre todo si se sabe mirar y se sabe escuchar. Desde Paraná a Gualeguaychú hay cerca de 300 kilómetros, un recorrido que permite atravesar la provincia de oeste a este, viajando por rutas que no están en muy buen estado y en cuyas orillas se levantan pueblos y ciudades que se construyeron por el esfuerzo del trabajo de criollos e inmigrantes y que Alberto Gerchunoff evocara con sobria emoción en su libro "'Los gauchos judíos".

No me aparto del tema si pondero una vez más la belleza del paisaje entrerriano, una rústica y suave belleza de campos verdes, arroyos de aguas mansas y arboledas que recuerdan aquella frase del poema de Mastronardi: "Un sosiego de estancias perdido en la dicha". A la caída de la tarde, o bajo la luz intensa de la mañana, el cielo de Entre Ríos es una fiesta para los ojos. El paisaje ondulado de cuchillas invita a la contemplación, a que la mirada se extienda hacia el horizonte para registrar colores, sonidos, aromas que parecen estar flotando en el aire azul y transparente de la mañana o en la melancólica y sosegada hora del crepúsculo.

Las noticias del conflicto rural se hacen presentes apenas se sale del túnel subfluvial. El primer piquete está instalado a pocos metros de la caminera. Alejandro Bel, de Federación Agraria es uno de sus principales dirigentes. Allí también participan dos hermanos de Alfredo De Angeli. Los productores están al lado del camino. Son hombres y mujeres sencillos. Sus ropas, sus expresiones, así lo testimonian. Son además amables.

Entregan un volante explicando que el campo no es el responsable del precio que el vecino de la ciudad encuentra en las góndolas de los supermercados. Las diferencias son abismales: al productor le pagan por un kilo de carne $3,50, pero en el supermercado se vende a $19. Al productor le dan 0,40 por el kilo de pollo, pero nosotros lo pagamos $5,20; al fabricante de quesos le dan ocho pesos por kilo, pero el cliente paga $32. Las mismas proporciones pueden aplicarse para la naranja, la papa, el vino, las aceitunas, la leche, la yerba, las manzanas... ¿Quién se queda con la diferencia? Una pregunta interesante para que un gobierno, preocupado por la justicia social, investigue.

Los debates económicos y financieros suelen ser complejos para el hombre de la calle. Para contribuir a la confusión general, la biblioteca suele estar dividida. Sin embargo, aquello que denominamos realidad puede ser apreciada en sus trazos decisivos sin necesidad de hacer un curso de Economía en Cambridge.

En principio, el primer dato que se le ofrece al viajero es que la movilización rural es masiva. No se reduce a un puñado de oligarcas como pretenden presentarlo el gobierno y sus epígonos y, fundamentalmente, está integrada por gente de trabajo, por gringos y criollos que, en la mayoría de los casos, un sociólogo ubicaría en la clase media baja.

Otro dato a tener en cuenta: la movilización no se reduce a los productores sojeros. Cuando uno se interesa por la identidad de los que están en la ruta descubre que allí hay ganaderos, arroceros, citricultores, criadores de pollos y también sojeros. A la orilla del camino hay tractores, rastras, autos y camionetas. Las célebres cuatro por cuatro están allí, pero si esa noticia es la que aflige a la señora Cristina, estoy en condiciones de asegurarle que lo que más abundan son camionetas viejas y autos, que en su inmensa mayoría, valen la mitad o la cuarta parte del mini Cooper que ella le regaló a su hijita para el cumpleaños.

A Gualeguay llegamos cuando recién está oscureciendo. Siempre me gustó el paisaje en donde vivieron Mastronardi, Juanele y los hermanos Irazusta. Esas colinas iluminadas por la luz de la luna lo inspiraron a Juanele para escribir los versos más bellos de la literatura argentina. Parar en un bolicho al costado del camino para tomarse una copa es uno de los placeres de los viajes a los que nunca he podido renunciar. Ciertos bolichos de Entre Ríos todavía recuerdan las láminas de Molina Campos. La arboleda sombreando el patio, las mesas debajo de las galería, el palenque en donde en otros tiempos hombres de sombreros y cuchillo a la cintura ataban el caballo. Después el salón, con olor a yerba, fiambres y vino.

En el bar del hotel de Concepción del Uruguay conversamos con la gente. También allí los hombres hablan de lo que está pasando en el campo. El mozo no disimula sus simpatías por los gringos, como dice, por esos gringos que trabajan duro, cumplen con su palabra y pagan las deudas. Otro señor me dice que él no tiene nada que ver con el campo, pero sabe que cuando al campo le va mal, les va mal a todos. Lo mismo me dice un muchacho que ahora tiene miedo de perder el trabajo, porque le dijeron que se iban a paralizar las obras del edificio que estaba construyendo la cooperativa.

En Rosario Tala, Larroque, Basabilbaso nos han dicho cosas parecidas. Hasta en el bar del Palacio San José nos hablaron a favor del campo. Si un asesor del gobierno quisiera prestarle un servicio eficaz a su empleador debería decirle que la movilización del campo está apoyada por la mayoría de la sociedad. También debería decirle que en el interior Federación Agraria y la Sociedad Rural están unidas. Los De Angeli son diez hermanos. Algunos están en la Sociedad Rural, otros militan en Federación Agraria. Ninguno se cree más de derecha o más de izquierda por estar en un lado o en el otro.

Ya es noche cerrada cuando llegamos a Gualeguaychú. El piquete está en el kilometro 52, sobre la Ruta 14. La noche es fría. La luz de los camiones estacionados a la orilla del camino le otorga al paisaje una luminosidad fantasmal. De Angeli está conversando con amigos. Los móviles de Crónica, TN y Canal 7 parecen ser integrantes naturales del paisaje.

En algún momento iniciamos la entrevista con De Angeli. La hacemos al costado del camino. A la segunda palabra crea a su alrededor un clima distendido, como si en realidad uno lo conociera de toda la vida. De Angeli es de los hombres que aprietan la mano con fuerza, que miran a los ojos y que sólo sólo sonríen cuando es necesario. No es culto en el sentido académico de la palabra, pero lo es en otro sentido, en el que realmente importa.

Conversamos un largo rato. Está convencido de la justicia de la causa y está convencido de que la lucha del campo es la lucha de la Nación. No rehúye las definiciones políticas. No es de derecha. No lo es ni por extracción social ni por formación política. Es de los hombres que creen en lo que dicen. Esa convicción moral la transmite más allá y más acá de las palabras. En toda la provincia los hombres del campo lo conocen como el Melli. Lo respetan y lo quieren. No es un afecto sensiblero. Es el afecto forjado a lo largo de los años, compartiendo luchas y esperanzas, dolores y alegrías.

Hablamos mucho esa noche. Los hombres suelen definirse por sus opiniones políticas, pero por sobre todas las cosas, por la opinión que suelen tener de ellos mismos. Me cuenta que los periodistas lo llaman por teléfono, lo felicitan, lo invitan a Buenos Aires, pero cuando pasan todas estas cosas recuerda lo que le decía un viejo maestro al que siempre escucha, y sigue escuchando: "Los emperadores romanos cuando regresaban a la ciudad después de sus campañas eran aclamados por la multitud, pero con sabiduría ellos se ocupaban de tener a un hombrecito a su costado para que a cada rato le repitiera, en medio del estrépito: "'Recuerda que no eres un dios". Tal vez por eso, para los Kirchner, De Angeli no es una persona interesante.