La guerra de Malvinas marcó a una generación. Un reclamo justo seguido de una guerra absurda marcaron el inicio del derrumbe del régimen militar que se había hecho con el poder en 1976. Más allá de que las responsabilidades políticas de quienes condujeron al país a una guerra y que incluso no supieron retroceder a tiempo parecen estar muy claras para los analistas, historiadores y para la propia población.
Pero, además de los jefes militares y diplomáticos, el conflicto bélico mutiló a gran parte de una generación. Muchos de los soldados, sin la adecuada instrucción militar, murieron en el archipiélago o quedaron en las frías aguas del Atlántico Sur. Los que tuvieron la suerte de volver fueron abandonados a su suerte y muchos de ellos no aguantaron y se quitaron la vida. Una gran parte del resto se insertó nuevamente en la sociedad y luchó por algunos reconocimientos de un Estado que eligió enviarlos a pelear sin preguntarles si estaban o no dispuestos a hacerlo.
Santafesinos también formaron parte de las tropas argentinas y 33 de ellos murieron al ser hundido el Crucero General Belgrano, fuera de la zona de guerra. Otros 831 coterráneos son considerados veteranos de guerra.
Muchos de ellos llevan años peregrinando por oficinas del gobierno y del Poder Legislativo clamando ayuda. El Estado -en cuentagotas- fue abriendo la canilla, aunque en algunos casos llegó demasiado tarde.
Esta semana, en la Cámara de Diputados hubo un aval unánime para profundizar el reconocimiento y colectar la diversa legislación vigente para el sector. A un mejor ingreso mensual por pensión, se suman los servicios de la obra social de la provincia, becas estudiantiles, que se les garantice la vivienda, en forma gratuita, y la eximición del pago del impuesto inmobiliario. Esta ayuda a los veteranos de guerra intenta el reconocimiento mínimo desde el Estado a un grupo de comprovincianos que, con apenas 18 años, pasó por una guerra y fue devuelto a su territorio solo, triste y, en muchos casos, abandonado.