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Edición del Jueves 15 de mayo de 2008
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Opinión: OPIN-01 Lectura y cultura

Según una medición confiable el 58 por ciento de los argentinos admite que lee un libro por año. La encuesta se enriquece con otros datos. Un treinta por ciento de los consultados admite que alcanza a leer un libro por mes. En la mayoría de los casos se reconoce que la lectura no interesa o que no figura entre las prioridades. Para la gran mayoría la lectura es apenas un entretenimiento, en definitiva una distracción. Sólo una minoría admite que es una necesidad. Tampoco es un consuelo que a la Feria del Libro hayan asistido más de un millón de personas. Pasear por galerías repletas de libros no es lo mismo que leer libros. No están mal las ferias del libro, todo lo contrario, pero ello no autoriza a sacar conclusiones apresuradas.

Lo sorprendente es que estos datos están actualizados y, de alguna manera, expresan la realidad cultural de un país que en las primeras décadas del siglo veinte figuraba entre los más cultos del mundo y era, sin discusiones, la vanguardia de América latina. Hoy esta información nos parece algo lejana o extraña. Sin embargo, todavía en los '60 una buena biblioteca era un signo de prestigio y distinción cultural. ¿Que nos pasó o nos está pasando a los argentinos?

Es verdad que situaciones parecidas se viven en todo Occidente. Los informes de lo que sucede en Estados Unidos o en Italia, por ejemplo, son también preocupantes. Sin embargo, sería un error de nuestra parte conformarnos con el refrán "mal de muchos...", cuando además importa advertir que la situación de Argentina es particularmente delicada, incluso comparándola con lo que sucede en Chile, Uruguay o Brasil, países que en otros tiempos nos tomaban como modelo Una sociedad que renuncia a leer está renunciando a ejercer la imaginación o la inteligencia en sus expresiones más elevadas. Una sociedad que sólo concibe a la lectura como entretenimiento, renuncia a relacionar el saber con la transformación de la realidad.

Se dice que la lectura del libro ha sido reemplazada por otras alternativas culturales como Internet o la televisión. Ninguna de estas opciones debería sustituir a la lectura. Es más, la posibilidad de que se transformen realmente en alternativas superadoras reside en un uso inteligente de ellas, uso que necesariamente debe articularse con una aceptable formación cultural que sólo la pueden brindar los libros.

Que el 58 por ciento de la población lea un libro por año, revela también la profundidad de la crisis educativa, crisis que incluye al sistema escolar, la familia y los valores que en otros tiempos la sociedad consideraba relevantes. Como toda actividad cultural, la lectura se estimula y se practica. Si en los establecimientos educativos y en la familia no se alienta este hábito, es muy difícil que las personas lo asuman en forma espontánea. Se puede aceptar que las actuales innovaciones tecnológicas están creando nuevos espacios e imaginarios culturales, pero ello nunca debe ser una coartada para sustituir a la lectura. Por más explicaciones que se den, está claro que la pérdida de esta práctica se relaciona con la decadencia o el empobrecimiento material o espiritual de una sociedad.



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