arte: ARTE-02 La firma sangrienta
Por Julio Anselmi

Probablemente, la gran diferencia entre el género policial generado en los centros de su conformación original y radicales transformaciones (Inglaterra y Estados Unidos en definitiva) y el que producen otros lugares del mundo aficionados (entre los cuales Latinoamérica ocupa un sitial de honor, especialmente la Argentina) estribe en la distinta forma de presentar el enigma a develar y el personaje del detective, dos elementos claves y constitutivos de este tipo de categoría literaria. Ya no se trata de problemas ajedrecísticos, que interesan más a la atención y a la inteligencia que a la emoción; tampoco de esa radiografía social de la violencia, que desnuda más a las redes corruptas del poder que a las razones y sinrazones de los comportamientos individuales, ni se trata de una patada al tablero de las convenciones del género para construir textos de "alta literatura" (como quisieron, por ejemplo, los italianos Leonardo Sciascia o Carlo Emilio Gadda), ni siquiera se trata de nuevas formas de plantear la violencia bajo una cómplice óptica de lo políticamente correcto, como se detienen largamente a sostener las largas novelas del sueco Henning Mankell. Quizás influya en nuestra particular forma de encarar el policial, la violencia ultrasecular y diaria que sufrimos en estas tierras, y su amplia gama de modalidades, algunas esporádicas, otras cíclicas y otras reversibles, como si la justicia nunca encontrase el equilibrio para su balanza, como si se partiese del presupuesto de que ese equilibrio resulta imposible. Consecuentemente, la figura del detective suele no ser la de un detective tradicional sino la de un antihéroe obligado por las circunstancias a entrar en oscuridades hediondas que no hacen sino resaltar las miserias y fracasos de su propio destino y de la existencia en general.

Estas anotaciones convienen a "El doble Berni", la novela escrita a cuatro manos por Elvio Gandolfo y Gabriel Sosa. En ella Jorge Lucantis, que carga con una vida de soledad, de amores contrariados y de mediocre subsistencia -al principio en una casa heredada sólo a medias en el barrio porteño de Palermo, y después regenteando un comercio new age de velas y aceites esenciales en Rosario-, es amigo de Roberto Taborda, un pintor que aparece asesinado en la primera página de la novela. Descubrir qué esconde el crimen de este artista supuestamente fracasado será el, entre cansino y estupefacto, camino que Lucantis (y el lector) recorrerán a través de las páginas y a lo largo de innumerables viajes entre Capital Federal y Rosario. Fluctúan en la anécdota misterios sobre falsificaciones (de Berni -de ahí el título- y de Quinquela Martín), sobre los que no conviene anticipar aquí demasiado.

La novela retrocede al pasado y avanza a un progresivo presente, y también cambia a menudo el enfoque sobre los personajes. Lo hace de una manera sabia y ágil, sin extraviar al lector más allá del extravío que la "realidad" de los paisajes y de la historia suponen.

De Elvio Gandolfo se reconocen su estilo efectivo, incisivo y humorístico a la vez, su habilidad en manejar las tensiones y situaciones extremas (presente en sus cuentos policiales o fantásticos) y su especial forma de localizar sus historias, tan lejos del regionalismo como de los habituales tics de los abundantes epígonos argentinos del objetivismo. Gabriel Sosa, escritor y periodista uruguayo, nacido en 1966, es autor de los libros de relatos "Orientales excéntricos" y "Qué difícil es ser de izquierda en estos días".

La flamante editorial Negro Absoluto ha lanzado contemporáneamente, aparte del libro que nos ocupa, "Santería", de Leonardo Oyola; "El síndrome de Rasputín", de Ricardo Romero, y "Los indeseables", del rosarino Osvaldo Aguirre, todas ellas novelas signadas bajo el rótulo escalofriante que ostenta el nombre de la editorial.