Dustin Hoffman vestido de mujer, trata de mantener un trabajo como actor. Robert Redford y Meryl Streep viven un tórrido romance en un impresionante marco natural. Robert Mitchum se infiltra en las entrañas de la mafia japonesa. Jane Fonda participa en un concurso de baile tan tremendo como maquiavélico. Tom Cruise, un abogado entre la espada y la pared. Son todas postales reconocibles en el cine del último medio siglo. Y todas integran el legado de un mismo director: el recientemente malogrado Sydney Pollack.
Este cineasta, que hizo sus primeras armas tras las cámaras a mediados de los sesenta, se caracterizó por generar una buena cantidad de cintas a las que se debe reconocer el doble mérito de ser buenas y convincentes historias, y a la vez entretenidas y exitosas.
Fallecido el 26 de mayo, a los 73 años, será seguramente muy añorado en Hollywood, ya que no sólo dirigió a las grandes estrellas de su época, sino que a la vez se destacó como productor y actor de reparto a la orden de algunos maestros del cine. Bajo las órdenes de Stanley Kubrick compuso a un hedonista millonario en "Ojos bien cerrados", integró el reparto de "Maridos y mujeres" de Woody Allen y fue dirigido por Robert Altman en "The Player".
Otra de las particularidades del cine de Pollack, es indudablemente, el tratamiento de álgidas problemáticas sociales. Desde el sexismo y la corrupción, hasta la paranoia, la desesperación y el oportunismo son algunos de los dilemas que dominan a sus personajes, en general bien definidos y convincentes.
Pese a una carrera sumamente irregular -que incluye obras maestras como "Tootsie" o "Africa mía" y fallidos como "La intérprete"-, lo cierto es que Pollack, con sus películas, logró momentos sublimes, que permanecen arraigados en la historia del cine. Un legado más que suficiente.
GB