La propuesta del gobierno nacional hubiera sido atendible hace ochenta días. Suponer que a los campesinos movilizados ahora se los va a conformar con la promesa de que si la soja aumenta se reducirán las retenciones, es en el mejor de los casos una ingenuidad. Después de todo lo que se dijo, la propuesta no satisface a nadie, ni siquiera al oficialismo. En política, hay que tener razón a tiempo; la política respeta los horarios y es implacable con las tardanzas o los anticipos.
Hoy, la alternativa más justa y más saludable sería anular el decreto 125 y convocar al Consejo Federal Agropecuario para que sean las provincias, junto con el gobierno nacional y las entidades rurales, las que deliberen para encontrar una salida razonable a la crisis. La propuesta del gobernador Hermes Binner sigue siendo la más justa, la más moderada y la que mejor compatibiliza el interés de los actores con la salud de las instituciones.
Para nuestro modesto orgullo lugareño, habría que decir que las palabras de monseñor Arancedo, reclamándole a la presidenta que se comporte como una estadista, también estuvieron iluminadas de sabiduría y prudencia. Ignoro, o no me importa saber por el momento, las razones de fondo que lo empujaron a Reutemann a saltar el cerco del corralito oficial, pero sus declaraciones fueron leales a su historia.
Tal vez no sea casualidad que las opiniones más correctas, más constructivas, hayan salido de la boca de dirigentes políticos o religiosos de nuestra provincia. Como se le dijera en su momento a los Kirchner para que entiendan, la actividad agropecuaria en la provincia de Santa Fe es tan importante como la actividad petrolera en la provincia de Santa Cruz. Lo que este conflicto ha venido a poner en evidencia es que el campo importa más allá del campo, y que el gobierno carece de una política hacia la actividad económica más moderna, más pujante y más rentable del capitalismo argentino.
Gobernar como un estadista en las democracias modernas significa construir consensos. Los consensos no se construyen encerrado en el microclima del poder sino abriéndose al diálogo.
El primer paso hacia la sabiduría política es saber escuchar. Escuchar a los que tienen algo importante que decir, no a los alcahuetes El poder no se construye derrotando a los adversarios, sino ganándolos para una causa. El caudillo cesarista o el líder carismático son reliquias del pasado; hoy la mejor garantía de gobernabilidad son las instituciones. Se gobierna con las instituciones, no en su contra. Cuando las instituciones funcionan garantizan un gobierno justo en tiempos de vacas gordas y aseguran su estabilidad en tiempos de vacas flacas.
El gobierno rechaza las salidas consensuadas porque imagina a la política como una pulseada. Hoy se resiste a que le tuerzan el brazo, pero empecinado en lo suyo no advierte que el peligro que lo acecha es que al brazo se lo quiebren. Un gobierno inteligente lo que debe hacer es salir de un espacio en donde lleva todas las de perder para proponer la batalla en otro terreno. Para ello, sería deseable que en lugar de escuchar a D'Elía o Pérsico lo escuche a Binner o a monseñor Arancedo.
La señora Cristina ostenta el récord de ser la presidenta constitucional que convocó en su contra el acto más masivo. Lo que le sucedió a ella no le pasó a nadie en el siglo veinte, ni siquiera a Yrigoyen y a Perón que tenían enemigos mucho más poderosos y empinados. Que a menos de seis meses de haber llegado al gobierno, y en tiempos mediáticos de desmovilización, se concentren en Rosario más de 250.000 personas, es un escándalo para cualquier gobierno. Y lo es mucho más para un gobierno populista cuya mitología descansa en la fábula del pueblo reunido en la plaza. Dicho en términos más sociológicos: en Rosario estuvo la sociedad; en Salta el Estado; a Rosario se marchó espontáneamente, a Salta la minoría que viajó lo hizo extorsionada o seducida por los choripanes y los planes sociales. Entiendo que estas antinomias pueden matizarse, pero a la hora de pensar a la danza del poder en términos descarnados no se puede ignorar lo importante
El gobierno le reprocha al campo haberse constituido en un partido político opositor. Una vez más el gobierno se equivoca. El campo no es un partido político opositor, pero está claro que su lucha ha abierto un espacio político que la oposición está aprovechando. El mérito de semejante hazaña no es de Buzzi ni De Angeli, es de los Kirchner. El gobierno ha dicho que en Rosario se le ha faltado el respeto a la presidenta. El que le falta el respeto a la presidenta no estuvo en Rosario, está en la Casa Rosada, en Olivos y, tal vez, durmiendo en su cama. Se llama Néstor Kirchner. Como diría Oscar Wilde: "'...Y todos los hombres matan lo que aman...".
Las reglas básicas de la política advierten que cuando una reivindicación sectorial se prolonga más de lo debido se transforma en conflicto político. Lenín, que algo sabía de estos temas, escribió que todo reclamo economicista deriva por su propia lógica en crisis política. Los gobiernos inteligentes se preocupan por no dejar crecer la protesta; los gobiernos torpes la subestiman. Y cuando quieren reaccionar es demasiado tarde.
Toda crisis política puede ser pensada como una llamarada o un haz de luz en medio de la noche La que hoy nos ocupa ha puesto en evidencia algo más que las retenciones o los reintegros. Han puesto en evidencia que el gobierno no sólo atropella al campo, sino que atropella la soberanía de las provincias, la competencia de las instituciones y el bolsillo de los contribuyentes.
El peronismo en la historia argentina ha sido un gran fabricante de mitos. En el caso de los Kirchner el mito fundante es el de un gobierno nacional y popular enfrentado a la oligarquía. Los mitos son inevitables en la política, pero ellos también exigen una lógica. En las sociedades modernas, el gran peligro de los mitos es la banalización, su transformación en mercancía de consumo. El problema del kirchnerismo no son por lo tanto sus mitos, sino sus fetiches (que los intelectuales del gobierno le expliquen a los Kirchner el capítulo del joven Marx sobre la fetichización de la mercancía y los riesgos de la conciencia alienada). Por lo pronto, no hay gobierno popular, como no hay oligarquía. Por lo menos, esa relación no existe en los términos en que los Kirchner pretenden plantearlo.
Si a Drácula un inocente crucifijo lo reduce a cenizas, al poder que dice lucir los atuendos más elegantes, lo deja en evidencia la voz del niño, quien para sorpresa de cortesanos, bufones y serviles anuncia que el rey está desnudo. Esa función del niño la está cumpliendo en la Argentina el campo. Sin proponérselo, movilizados por el impulso del interés, los productores rurales han desnudado -con todo respeto- los atributos imaginarios del régimen kirchnerista. La última escena ocurrió el 25 de Mayo. El populismo con sus sedas, sus brillos y sus encajes quedó al desnudo. Si en 1983, Alfonsín probó que el peronismo podía ser derrotado en las urnas, en el 2008 el campo probó que la plaza no es del populismo, es del pueblo, si se quiere, del soberano. O por lo menos de los 250.000 ciudadanos que voluntariamente marcharon al Monumento de la Bandera.