Nosotros: NOS-15
Toco y me voy
Cuando te falta combustible
La falta de combustible es algo terrible. Por no sé qué principio químico, te falta combustible cuando estás lejos de los surtidores; te falta combustible exactamente cuando necesitás contar con él. Acá va una nota con principios básicos de oferta y demanda. Lo que se dice, una enérgica nota con alto octanaje. Por Néstor Fenoglio.

Me he quedado por esas rutas de dios -antes eran de dios, ahora son de las concesionarias o de la gente que las ocupa- varias veces y casi siempre fatalmente lejos de cualquier estación de servicio. ¿Qué gracia tendría que a uno le falte el combustible cerca de un surtidor? Pero en esos casos, como en casi todos, se trató de una cuestión de imprevisión. Habiendo surtidores en todas partes, es una negligencia personal quedarte sin nafta. Además de ese detalle, nuestro país tiene peripecias propias a la hora de la reposición: se sabe que acá no falta combustible oficialmente aunque no tengamos ni una gota extraoficial, oficial, nacional, internacional, interplanetaria, virtual o real. Si no cargaste antes, jodete.

Más allá de estas cuestiones de rigurosa actualidad, debo confesar que he tenido desde mi más tierna infancia (ahora tengo una dura madurez) una conflictiva relación con el combustible, una inestable situación a punto de explotar, una historia de mutuos desencuentros...

Por empezar, yo desconfío severamente de un artefacto como el auto, que no es barato, y cuyo alimento es perecedero: el combustible se va a terminar en cualquier momento o se va a encarecer tanto que no será viable tal como lo conocemos. Así que a los que compran un cero kilómetro sepan desde ya que tienen mi admonitoria advertencia de que es una incongruencia comprar algo que no va a andar más -al menos tal como lo fabricaron- en un futuro no muy lejano. Si a eso le sumás la idea de que estás consumiendo jugo de dinosaurio y otras beldades del fondo de la tierra, la sensación abismada de mareo me alcanza hasta para pensar que, si seguimos sacando cosas del medio del planeta, en algún momento -sin surtidores cerca-, va a implosionar y nos vamos al carajo. Con auto y todo.

La nafta siempre fue un problema. Por ejemplo, cuando era joven y debíamos encarar la fuga del pueblo para ir a los bailes de la zona (en viajes de varios kilómetros), cuando por fin conseguíamos un auto y un chofer dispuesto a llevarnos, era común que se detuviera -con nosotros emperifollados y con feromonas como para llegar a la luna- frente mismo al cartel de fin zona urbanizada, se volteara hacia nosotros el conductor y nos espetara en claro dialecto castepiamontés: muchachos, hay que ponerse para la nasta. Y si no ponías para la nasta con s (aunque se tratara de un oneroso rambler viejo que consumía como un fórmula uno), no ibas al baile, con lo que quedabas enterrado en el pueblo bañadito, peinado y con todas tus feromonas listas para el autoconsumo... Jodido ser joven y quedarte en el pueblo sin auto un sábado a la noche.

Antes, cuando te quedabas sin combustible, tenías la opción siempre noble de chuparle combustible a cualquier auto o camioneta que se te cruzaba. Todo el mundo llevaba una manguerita corta, que te sacaba del agua, sacándole la nafta (valga el juego de palabras) al pobre auto elegido. Había que abrir el tanque de la víctima, colocar allí un extremo de la manguera, chupar un poco (te quedaba una baranda a nafta que no podías sacar ni masticando un jabón, pero bueh, era por una causa noble) y esperar que el líquido caiga en el bidón o balde que también todos los autos tenían. Yo sé que hay gente que toma mucho y cualquier cosa, pero tipos torpes como yo casi se mueren por tragar combustible. En cambio, tipos jodidos como los demás, exprimían a todos los coches hasta llenar gratis el propio. Todo eso se terminó con las llaves, los seguros o las alarmas. Ahora si te quedás sin combustible, no vas a poder robarle a otros autos. Ya sabés qué hacer con la manguerita.

Durante años, los que manejaban, tuvieron alguna vez que caminar varios kilómetros hasta alguna estación, bidón en mano, para comprar un poco de combustible, suficiente para llegar con el auto en marcha hasta el surtidor, cosa que debió hacerse unos cuantos kilómetros antes...

Pero acá estamos: ya pasé tres estaciones de servicio que no tienen para vender ni siquiera el cupo mínimo. Y el auto va a quedarse fatalmente lejos de cualquier estación, como corresponde. En días así (no me carguen), les juro, extraño la bicicleta, que se contentaba con el único combustible de un buen guiso de lenteja para su conductor. Otra que biodiésel.