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Los cien días de crisis que vivimos los argentinos no fueron la antesala de ninguna revolución, ni burguesa ni popular, pero las cuestiones que se discutieron fueron las que estuvieron presentes en todas las revoluciones de la modernidad: los tributos confiscatorios y la concentración del poder.
En el siglo XV, Holanda se levantó contra la dominación española. Su reclamo fue la independencia política, pero los factores que desencadenaron la crisis contra Felipe II fueron los tributos excesivos y el despotismo. En el siglo XVI la segunda gran revolución de la modernidad se dio en Inglaterra. Los atropellos de la monarquía absoluta dieron lugar al levantamiento de los propietarios rurales y la nobleza. El antecedente político que legitimaba esta rebelión databa del siglo XII. Por entonces la nobleza le puso límites al rey Juan sin Tierra y fijó un principio político que luego retomaría la modernidad, pero que los Kirchner parecieran haber olvidado: el soberano no puede fijar contribuciones sin consultar a sus pares. La revolución inglesa derrocó al rey Carlos I y lo ejecutó. Allí se sentaron las bases del parlamentarismo moderno y se pusieron límites a la religión oficial. Sin aquella revolución política no hubiera sido posible la revolución industrial del siglo XVIII.
La otra gran revolución de la modernidad fue la norteamericana. Los reclamos de independencia política se iniciaron a partir de la protesta por los excesivos tributos y la discrecionalidad del poder central. En 1789 se produjo la revolución francesa, considerada por más de un historiador como el paradigma de las revoluciones políticas de la modernidad. Como diría Alexis de Tocqueville, a la rebelión la inició la nobleza provinciana. Fueron los aristócratas los que presionaron a la monarquía para que convocara a los Estados Generales (representantes del pueblo). Con las diferencias del caso, en Francia también se reiteraba la protesta contra los impuestos y los atropellos del poder central.
Por último, podemos referirnos a las revoluciones en hispanoamérica. La crisis de la monarquía absoluta española y su posterior derrumbe las precipitó. Pero en la mayoría de los casos, los reclamos económicos giraron alrededor de la cuestión tributaria. Los protagonistas de estas rebeliones fueron los criollos propietarios blancos. En más de un caso esta elite criolla se alió con el funcionariado colonial cuando la revolución amenazó ir más allá de sus intereses.
En los ejemplos citados, las revoluciones "burguesas" fueron promovidas por clases o estamentos poderosos. Después se sumaron los pobres, los descamisados o los sans culottes. El dato merece mencionarse para entender que todo proceso de cambio siempre es promovido por alguien que dispone de poder. Las gentry inglesas, los propietarios de los Países Bajos, la enriquecida nobleza provinciana de Francia, los colonos yanquis, los comerciantes y terratenientes criollos son los que en todas las ocasiones inician los procesos de cambio.
En las revoluciones del siglo veinte, particularmente las que se hicieron invocando la causa socialista, también estuvo presente el tema del despotismo político y los atropellos tributarios. En los casos ruso y chino la cuestión del campo fue decisiva para promover el cambio. Tomado el poder, la tarea prioritaria de la revolución fue siempre la cuestión agraria.
Después del asalto al Palacio de Invierno por los bolcheviques en 1917, el tema central sería la resolución del tema agrario. Los acalorados y facciosos debates entre bolcheviques y socialistas revolucionarios y, luego, entre los propios bolcheviques, girarían alrededor de la estrategia más adecuada para el campo. Las diferencias entre Stalin y Trotsky y entre Stalin y Bujarin fueron las más representativas. Stalin terminará imponiéndose a través del terror. En el camino, Bujarin y Trotsky serían liquidados y millones de campesinos correrán la misma suerte. Lenin tuvo el tino de morirse antes, porque atendiendo a las resoluciones de Stalin era muy probable que también su destino hubiese sido el gulag
En China, la revolución fue campesina. El talento de Mao fue haber adaptado el marxismo a la realidad de una sociedad en donde el proletariado urbano era una ínfima minoría y el principal protagonista del cambio era el campesino o la comuna campesina. También aquí la cuestión del campo fue el centro de las preocupaciones y de los conflictos internos. El "gran salto adelante" propiciado por Mao fue la respuesta que se consideró más justa. Los errores de esa estrategia no se han podido corregir hasta la fecha.
Dos revoluciones en América Latina tuvieron como eje la cuestión agraria: la mexicana de 1910 y la boliviana de Paz Estenssoro en 1952. Más allá de sus desenlaces, importa señalar que también en estos casos las masas se movilizaron por la cuestión de la tierra. Y estos son los problemas que enfrentaron a las élites dirigentes en México y en Bolivia.
Digamos que la cuestión agraria nunca fue un tema menor. No lo fue para las revoluciones burguesas y tampoco para las revoluciones socialistas en los países atrasados. En lo que hace a las revoluciones del siglo veinte, el campo fue siempre considerado por los intelectuales como el paradigma del atraso, el ámbito donde predominaban las relaciones sociales anacrónicas. Para los teóricos principales de la izquierda, el campo fue siempre el espacio de la contrarrevolución y el privilegio.
Sin embargo, algunos intelectuales socialistas pensaron la cuestión del campo con más originalidad. Karl Kautsky escribió un libro considerado como uno de los más transgresores en el tema. Los socialistas australianos fueron muy avanzados en ese sentido. Más o menos lo mismo podría decirse de los socialistas judíos, que fundaron la Nación y el Estado de Israel a partir de la economía rural de los kibutz.
En la Argentina, fue Juan B. Justo el socialista que con más lucidez ubicó la cuestión agraria como uno de los ejes de la transformación social y política en la Argentina. Para ello hizo algo que muchos izquierdistas de hoy se resisten a hacer: estudió y pensó. Para Justo, Marx no fue un dogma o un libro sagrado sino un compañero inteligente con el que se podía discutir y disentir si era necesario.
Desde los tiempos de Juan B. Justo no ha habido aportes importantes a la cuestión agraria. Lo que ha predominado en la izquierda ha sido la visión de un campo improductivo y dominado por terratenientes parasitarios. A los cambios operados en el mundo rural los han ignorado o los han demonizado, lo que vendría a ser un poco peor. Los izquierdistas que asesoran a la señora Cristina le citan al oído una frase de Marx, pero se olvidan de mencionarle lo más importante: el esfuerzo de Marx por pensar y por pensar en términos dialécticos, aceptando los cambios y adecuando el pensamiento a los rigores de la realidad. Estas aventuras de la imaginación para la señora Cristina son chino básico.
Como una expresión de esa fijación ideológica en los dogmas del pasado, alrededor de 1.300 intelectuales de izquierda firmaron un manifiesto en defensa del gobierno nacional y en contra de los reclamos del campo. Para justificar sus posiciones construyeron un paradigma al que titularon "la nueva derecha". En esa nueva derecha militarían todos los que desde posiciones progresistas se esfuerzan por entender lo que sucede en el siglo XXI con categorías teóricas del siglo XXI.
Satisfechos y regodeados con lo que consideran un gran hallazgo teórico, estos intelectuales se preocupan por la existencia de una nueva derecha, pero se desentienden de la creación de una nueva izquierda. Salvo que crean que la existencia de una derecha renovada los libere a ellos del compromiso obvio de pensar en el nacimiento de una nueva izquierda, preocupación que a juzgar por sus actos y sus declaraciones no parecen inquietarlos en lo más mínimo. Curioso siglo el que se inicia, en el que la derecha pareciera ser capaz de renovarse, mientras que los izquierdistas se ufanan de ser leales con el pasado.
Rogelio Alaniz