Objetos que son recuerdos, fotos que son imágenes de otras épocas, textos que prevén proyectos, diplomas que hablan de reconocimientos. Todos resultan testimonios de tres décadas de actividad y de un presente que lleva consigo un pasado. Son parte del ámbito en el que Jorge Álvarez produce diariamente "La Tierra y su Gente", el ciclo que se apresta a celebrar sus 30 años de emisión en la televisión local, y que se puede ver de lunes a viernes a las 13.30 por Sí TV -con repeticiones a las 22.30, y un especial los fines de semana.
Programa pionero en su género y en la televisión santafesina es motivo del libro "Con el lente de una cámara", que el propio periodista presentará mañana, a partir de las 20, en el Foro Cultural Universitario (9 de Julio 2150), con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral.
-¿Cuál fue el origen del programa?
-Vivía en Venezuela y mi mujer era periodista de la televisión venezolana. Decidimos hacer un programa juntos. Pero como argentino mi acento no iba a entrar. Además, en Venezuela los periodistas están colegiados. Yo tenía título, pero tenía que validarlo, y era todo un proceso y quería trabajar ya. Nos dimos cuenta de que si producíamos programas internacionales lo podíamos hacer. Ese fue el germen de "La Tierra y su Gente".
-¿Cómo surgió y se construyó la identificación del programa con la realidad de las comunidades aborígenes?
-Una vez le hice una nota a una mujer que se llamaba Aimé Paine, una india mapuche, cultísima. Me sorprendió su visión sobre los indios. Después apareció en Santa Fe un chico quechua guaraní que había estudiado en Estados Unidos. Fue como tener 200 enciclopedias sintetizadas para mí. Una vez fui a España, y me encontré con (Joan Manuel) Serrat en el avión. Le hice una entrevista y, siendo él español, me dio una visión muy interesante de la problemática. Se acercaba 1992, y se cumplían los 500 años de la conquista. Cuando llegué a España encontré en la gente mayor un desconocimiento absoluto, y una postura tremenda. Ignoraban a los nativos americanos. Se iba a plantear una gran injusticia: celebrar la muerte de millones de nativos. En esa búsqueda, descubrí que mi mujer también era descendiente de los indios Guajiros de Venezuela, y nunca me lo había dicho.
De la redacción de El Litoral