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Desde 11 de marzo de este año, la Argentina vive momentos de profunda implicancia política, social e institucional. Una resolución del Ministerio de Economía desató la más extendida reacción ciudadana desde el quiebre de diciembre de 2001, cuando un presidente debió abandonar la Casa Rosada en helicóptero mientras el país se desintegraba. Es cierto que existe un extendido malestar social y que el gobierno cometió preocupantes errores políticos. Sin embargo, durante estos casi cuatro meses de protestas los hombres del campo y amplios sectores urbanos obtuvieron una serie de logros importantes, no sólo para el sector, sino para el país. El campo logró poner sobre la mesa de discusión su problemática y la falta de una política agropecuaria en la Argentina. Como pocas veces, el interior del país en su conjunto se diferenció del centralismo del gobierno nacional. En la Capital Federal, por los pasillos del poder desfilaron representantes de todos los partidos con una sola bandera. Las clases medias porteñas comprendieron la importancia de las provincias y de la producción rural. Tal vez haya sido la primera vez que salieron a las calles para apoyar un reclamo que no les pertenecía. Debieron pasar cinco años en el poder hasta que, gracias al conflicto actual, Néstor y Cristina Kirchner quedaran desnudos frente a la sociedad: como nunca antes, se los vio autoritarios en la toma de decisiones y maniqueos en su concepción del manejo de lo público. También resulta positivo que los argentinos hayan salido a las calles para reclamar paz, diálogo y sentido común. Quedó claro que en nuestro país la mayoría no quiere confrontar, sino convivir con respeto y crecer con esperanza. No queda del todo claro si fue por la presión ejercida por el campo, por las cacerolas urbanas o por alguna advertencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Pero lo cierto es que el Ejecutivo se vio obligado a dar intervención al Congreso que dejó de ser una suerte de escondite para muchos, para transformarse en una vidriera política y social. El conflicto también sirvió para dejar en claro la importancia de una oposición seria, fuerte y consolidada. El poder casi absoluto es siempre peligroso, y las ingenierías rerreeleccionarias llevan indefectiblemente al fracaso. Ocurrió con el menemismo y está pasando con la idea de concebir al poder como una suerte de rueda de familia. La gravedad del conflicto parece haber servido como para que la sociedad y sus gobernantes comprendan que el corte de rutas no puede ser considerado como una herramienta válida a la hora de reclamar. No importa si son desocupados, piqueteros del gobierno, asambleístas de Gualeguaychú o ruralistas. El poder político fue el que alentó estas prácticas durante las últimos años, y terminó preso de esta misma metodología. Resultaría aventurado adivinar ahora en qué derivará este conflicto. Sin embargo, resulta innegable que estas circunstancias provocaron un crecimiento cívico y pusieron límites al gobierno. De ahora en adelante, les cabe a la ciudadanía y a sus representantes la responsabilidad de que éste no haya sido tiempo perdido, sino una oportunidad para afianzar la democracia y la república. |