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Opinión
Edición del Viernes 11 de julio de 2008
Opinión: OPIN-02 Del hospital a la prisión
El presidio de Ushuaia, visto desde el pabellón histórico. Foto: Archivo El Litoral

Del hospital a la prisión el camino es obligado. Todo es gris en días grises y todo es azul en días de sol. Sopla un viento frío, irresistible. Es camino necesario para algún día recordar cómo eran las cosas antes de la invasión de aquel turismo que hoy embellece lo que mañana abandona lleno de basura. El turismo puede ser un espejismo peligroso, pan para hoy y hambre para mañana. El turismo puede convertirse en un cepo difícil de abrir. El recorrido costanero que en Ushuaia permite unir el hospital con el presidio es de obligado cumplimiento.

El Hospital Regional de Ushuaia es un edificio de planta única, laberíntico de pasillos coloridos que envuelven patios verdes en verano y blancos en invierno. Mira de reojo la gran bahía que comparte con la ciudad el nombre, aunque no le cede protagonismo. Con dos costas semicirculares la bahía abraza una lámina inmensa de mar frío, gris en movimiento mínimo, lleno de pequeñas cimas de espuma más gris que blanca, y que parece en todo momento acercarse agazapado a las orillas de piedra. El mar de la bahía de Ushuaia es mar tranquilo para quien recorra el camino del hospital a la prisión, pero es mar bravo para los bravos que se atreven con él. Con la nariz en alto huele a mar, con la nariz baja huele a pescado.

El hospital de Ushuaia está lleno de vida, de personas que asombran con una curiosa vitalidad, de médicos poderosos y de enfermeras poderosas. Una señora que repartía la comida a la hora del aperitivo me dijo que si yo conseguía una taza ella me daba la sopa, y me quedé sin la sopa porque no tenía la taza. Y más allá leí un rótulo del laboratorio que recomendaba no entregar la orina en frasco de mermelada. El turismo a gran escala cambiaría las cosas, sin duda, pero no mejoraría el hospital: el personal acabaría en los hoteles, y quien me ofreció la sopa acabaría tendiendo camas para turistas que no quieren sopa, pese a que tienen tazas. Poco a poco se hace evidente en ciertos rincones turísticos de España el arrepentimiento por haber caído en la ingenua tentación del turismo, que cierra una fábrica porque su personal prefiere trabajar de mozo o de mucama. Que cobra sólo por ver y sacar la foto, que aumenta el valor de la propiedad y que lava el dinero negro, que engorda algunos bolsillos pero deja muchas bocas abiertas, que marca la cadencia destructora de una temporada de turismo, y trabajo, a la que le sigue una temporada de parálisis. Antes de dejarse llevar en el espejismo del turismo es necesario capitalizar la experiencia ajena y observar cómo quedan las cosas cuando, después de unos años, el turismo busca otros destinos.

De camino hacia el presidio, mirando de frente, sobre la línea del horizonte que a veces no distingue qué es mar y qué es cielo, se verá entrar una nave de turistas. Al principio es un punto en la inmensidad gris azulada, luego es una figura paquidérmica, desproporcionada, que avanza con obesa lentitud hacia el puerto. Entonces se ve la magnitud del crucero y la magnitud de la herida que provoca en la superficie del mar. El mar cicatriza rápido, pero no creo que olvide el dolor de la herida. El crucero es un engendro profundamente irritante, un pegote que estropea el paisaje con alevosía. Un mastodonte que surca las aguas con aire de mafiosa majestuosidad es una ley inaceptable. El crucero que cada día entra a la bahía de Ushuaia es un dolor de barriga, pero me parece que no hay más remedio que aguantarlo: mañana se irá.

También navega por aquellas aguas de aparente tranquilidad un número incierto de embarcaciones pequeñas que lucen, la mayoría, la vela que las identifica como veleros. Surcan las aguas con discreción, no hieren el mar, no dejan marca, son los lunares de una piel que atrae con un erotismo incomprensible. Mi hermano surca aquellas aguas desde hace unos años sin aventurarse con ellas. Porque a la realidad la corroe la humedad salitrosa del aire libre, la devora la inflación, la paraliza una huelga y la quema el comentario envidioso del vecino. El deseo, en cambio, se perfecciona con el tiempo, adquiere matices insospechados y nunca se agota. El turismo concreta de un plumazo el deseo de llegar y ver, pero luego no sabe qué hacer cuando lo visto ya está visto, y todo queda entonces reducido a un souvenir.

Camino, arrastro los pies para nutrirme por ósmosis y para retardar la llegada al Presidio de Ushuaia. Es un edificio terrible, construido hace poco más de un siglo con la roca de la zona y las manos de los prisioneros. Se aleja unos metros del mar y, como el hospital, lo mira de reojo. El Presidio es por fin historia. Hace tiempo que sus cinco pabellones de galerías heladas sólo quieren recordar que aquí vivieron muchos, y que muchos murieron. Ahora un museo custodia la memoria, controla el pasado para evitar que alguien lo manipule y lo convierta en dinero. Allí hubo asesinos de clases diversas, y prisioneros políticos y dirigentes sindicales que denunciaron la injusticia del momento, y es entonces imposible dejar de pensar que no es nada nuevo esto de acallar las voces molestas tras los muros de una prisión.

Un guía de profundo conocimiento explica la historia del Presidio en uno de sus pabellones. Luego me aparto de un grupo de turistas y me pierdo entre las celdas del único pabellón que se conserva tal como era en los tiempos en que el Presidio era una cárcel. Entré y salí de las celdas lúgubres, minúsculas, una y otra vez. En cada celda, un ventanuco alto permite ver un trozo de cielo gris a través del cuadriculado que dibujan los barrotes. El mar no se ve, sólo se lo huele, y el olor marino estimula la imaginación y hace más fuerte el deseo de salir, y lo convierte en tortura.

Sigo mirando por el ventanuco de la celda y sigo viendo un cielo cuadriculado, con compartimientos donde tal vez nos inviten a poner, por separado, las cosas y las personas. Sin libertad el cielo es cuadriculado, sin libertad estamos obligados a poner las personas y las cosas en las cuadrículas que nos indiquen. Cuidado con el turismo, porque cuadricula, encasilla, esclaviza y después se va sin dejar ni propina. Más tarde, desde la casa de mi hermano, mientras prepara el asado, miro por una ventana y descubro que desde allí el cielo también es cuadriculado. Entonces salgo al jardín y me dejo invadir por la inmensidad de un bosquecillo abigarrado y acogedor. Huele a verde, huele a frío, huele a libertad. Y en lo más alto no hay todavía un hotel, sino las nieves eternas. Mi hermano tiene dos hijos y un trabajo: ésta es su verdad y esta verdad lo hace libre, porque la verdad es lo único que nos hace libres.

Jorge Bello (*)

(*) Médico santafesino radicado en España, dedicado a la pediatría y a la comunicación médica.



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Viernes 11 de julio de 2008

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