|
|
Dos semanas atrás, a propósito de la reseña de "Por favor, no regreses de la Luna", de Dean Bakopoulos, leíamos en estas páginas sobre el posible mito moderno que habría conformado o registrado una serie de narraciones de extraordinaria fuerza ("Wakefield", de Nathaniel Hawthorne; "En el aire", de Dashiell Hammett, y "La tercera orilla del río", de Joao Guimaraes Rosa, a la cabeza) que giran en torno del padre de familia que se va de casa, que desaparece, sin que ningún motivo acostumbrado lo explique Äempresa heroica, infidelidad, fracaso o locuraÄ. "La mirada del ciervo" también tiene ese misterio como punto de partida y base de soporte a toda la novela. El hijo del padre desaparecido es el narrador de esta novela que, en sus mejores momentos, logra aunar con éxito una realista radiografía provinciana, un análisis certero de los sentimientos y un atisbo de fantástico que inclina la novela hacia una inquietante historia de fantasmas. Así, después de que su mujer, Sofía, pierde a su hijo nonato, se transforma para el narrador en un ente que sólo revive cuando su conjuro se hace realidad y el hijo vuelve sano, recién nacido, abandonado junto a la puerta. La desaparición del padre también dará lugar en el futuro a escenas (como las del hombre que llega a arropar al narrador en un momento de crisis) que se mantienen en el sutil equilibrio entre el delirio y el entresueño. La angustia y la culpa (que se entrevé acomete no sólo al narrador sino a toda una sociedad) únicamente se aplacan con el consuelo temporario de La Lavandera, un personaje a la vez mágico y de una existencia con raigambre tanto en nuestro nuestra curandería popular (el "sanador de pecados") como en la literatura (La Descrucificadora, de "Indí", de Enrique M. Butti, por ejemplo). Promediando la segunda parte, la novela toma un rumbo más definido, a la vez neblinoso Äacorde con la locura creciente del personajeÄ y explicativo: el niño abandonado que creyeron ser el nonato resucitado era en verdad un hijo de "desaparecido", creando un extraño vínculo de asociaciones entre el padre desaparecido civil (voluntariamente, digamos) del narrador, y el desaparecido involuntario, político, padre de quien será adoptado y criado y querido como hijo. Los detalles procuran que esta resolución no sea la habitual en centenares de narrativas política y cansinamente correctas de nuestra literatura actual. Así, en una discusión con el guardia en la cárcel donde el narrador es encerrado después de un doble asesinato (y la culpa del murmullo general: también puede haber matado al padre desaparecido, tanto que ese guardia lo llama "Parri"), leemos: "ÄA vos te enterró el pibe -me dijo una tarde, en medio de uno de los paseos solitarios por el patrio rodeado de muros, a los que me había comenzado a sacar como a un perro. "Ä¿De qué habla, está loco? -le respondí. "ÄNo, el loco sos vos. Eso salta a la vista, pero nadie se animó a decirlo por la presión. Si un juez decía que un apropiador era inimputable, se quedaba sin laburo, ¿me entendés? Tu viejo casi te salva, pero el pibe te enterró acá". (Lo enterró en la cárcel, entiéndase, no en el manicomio donde debería estar). La mirada del ciervo del título alude a una supuesta leyenda que un cazador (la caza tiene una presencia recurrente y emblemática en la novela) que al parecer conoció África cuenta: si un cazador mira a los ojos de la presa en el momento de matarla y deja la cabeza del animal abandonada, su propia mirada se apagará como la de un muerto. La superstición sirve para centrar uno de los varios temas que enriquecen a la novela (en contrapartida con la tendencia monolítica y unilateral Äcomo signo y ostentación de "estilo de la mayor parte de las novelas hoy prestigiadas en la ArgentinaÄ): el tema de la identidad y la tragedia en la que sucumbe el protagonista al no aceptar la fatalidad de las transformaciones, junto al que marchan los otros temas ya mencionados: la paternidad, su obsesiva presencia y su ausencia; el horror sin explicación de la violencia y la locura. Fernando Monacelli, escritor y periodista, nació en Bahía Blanca, en 1966. Por Marcela Anadía |


