Dice la mente: Miralo a ése. Tanto romper y ahora no puede sostenerse frente al espejo, atormentado por su propia decadencia...
-Dice el alma: Pobrecito, está destruido, él, que tanto nos minimizó y ninguneó, cuando era un bello animal de adolecer...
-Dice el cuerpo: Muchachos, no es así; es verdad que fui jactancioso, pedante, soberbio, pero está en mi naturaleza. Mi quimismo es incontrolable, máxime a ciertas edades; se los digo desde mí, desde mi carnadura de cuerpo, inclusive considerando el tránsito penoso que me queda por recorrer...
-La mente dice: Tu ruina no puede ser la nuestra; tenés que entender, cuerpo, que sos un mecanismo destinado al herrumbramiento, vos y tus extremidades y fluidos, vos y tu carne, mucho antes que nosotros...
-El cuerpo dice: No exageremos, muchas veces les he regalado buenos momentos, vamos; y los tres sabíamos que ninguno estaba exento de esta cosa del tiempo. Ustedes tampoco, aunque quieran ignorarlo ahora; quizás menos vos, alma, que sos tan intangible, tan etérea, que hasta es casi imposible definirte; pero vos, mente, estás unida indisociablemente a mí...
-El alma dice: La noción de que sos mi cárcel es risible. La verdad, no sé si mi pervivencia depende de ustedes, aunque a vos te voy a sobrevivir, claro, pobre animal...
-La mente dice: Vos, cuerpo, ahora tendrás que revisar tus rutinas, tus modos, ya no eres aquél; sos sólo un pedazo de materia, pero no podemos prescindir de tus servicios, aunque sean más bien lamentables.
-El cuerpo dice: Son muy agresivos conmigo, pero quizás no deberían serlo: yo soy, como cuerpo, una resultante de mis propios procesos internos, de mi propia ruina, dirán ustedes; pero también soy lo que ustedes generan o producen, directa o indirectamente, en mí; vos, mente; vos, alma, me imprimen un estado anímico, una visión sobre el mundo y las cosas que después yo, como cuerpo, ejecuto. Somos uno, entonces, y la ruina mía es la de ustedes...