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Con la conducción de Mariano Peluffo se estrenó "Talento argentino" (Telefé, domingos a las 21 o las 22), finalmente, luego de meses de promoción y selección en teatros del interior. En su pedigree figuran "America's got talent", en Estados Unidos, y "Britain's got talen", en Inglaterra. A su vez, se trata de réplicas visibles de "American Idol" y no es casual que Simon Cowell también se encuentre involucrado en esta creación que, con astucia, amplía el concurso de cantantes a otras disciplinas observando la misma idea básica: la competencia de aficionados donde se mezclan participantes virtuosos con esperpentos bizarros, a los cuales evalúa un jurado implacable en el marco del sadomasoquismo universal.
En este caso, el jurado utiliza el procedimiento de interrumpir violentamente la actuación de los participantes más patéticos con timbrazos agresivos, indicando que han sido expulsados. Catherine Fulop, Kike Teruel (de profesión Nochero) y el bailarín Maximiliano Guerra integran con demasiada benevolencia a un jurado del cual se espera que humille a participantes de su desagrado. En el envío inaugural, ejercieron su función con blandura paternalista, dando consejos, sin entender que la chusma quiere ver cómo corre la sangre. Sólo faltaba el padre Farinello.
Se ha comenzado a emitir una compilación de las selecciones realizadas en varias ciudades del interior, entre ellas Tucumán, Rosario, Morón, La Plata, Salta y Avellaneda, y lo suficiente para comprender que el punto de vista de Telefé acerca de la expresión "talento argentino" es restringido, ya que no abarca mayormente a quienes siguen la ruta de Julio Bocca y Martha Argerich, sino, más bien, a las rutinas ofrecidas en calles peatonales y semáforos, tal vez en el circo o en el escenario de variedades, donde surgen valores genuinos, especialidades excéntricas y auténticos freaks, una veta de la cultura popular de la cual se apoderó la tele mediante los oficios de Susana Giménez y Marcelo Tinelli, principalmente.
La enumeración es forzosamente caótica: un violinista ucraniano de 11 años que interpreta a Piazzolla, un imitador que reproduce la voz de Gardel con los ruidos del disco de pasta, una chica que canta con la técnica tirolesa, otra que trata de parecerse a Britney Spears, un cantante y tecladista ciego entonando a Bon Jovi, un chico que toca la guitarra en distintas posiciones, un tío y su pequeña sobrina presentando acrobacias prolijas pero con la gracia de una obra en construcción, un imitador de Chayanne, un titiritero, un karateca que rompe ladrillos con la mano, un grupo flamenco, un charro que apenas abrió la boca lo echaron, un mimo que hace de Pájaro Loco al que también expulsaron apenas lanzó el inconfundible "íejejejeje!", un pequeño zapateador de malambo, un travesti que imita a Moria Casán, una réplica grotesca de Freddy Mercury, un cantante lírico, un sexteto de tarados a la Village People y una academia con un despliegue masivo de bombos, boleadoras y machetes. Unos pasaron, otros no.
Una sorpresa fue el trío de heavy metal llamado "Los Gauchos de Acero", que integran tres hermanitos salteños de 11,13 y 15 años de edad. Interpretaron una pieza donde cantan: "Somos Los Gauchos de Acero, metaleros; somos Los Gauchos de Acero, metal y cuero", con ritmo de bagüala que combinaron con los efectos atronadores del power trío. Sólo cabe esperar que no sean vecinos de ninguno de Los Chalchaleros.
También se destacó un grupo de break dance, especialmente valorado porque en Rosario forman parte de un proyecto hip hop para chicos de la calle. Fue el momento más emotivo, y tanto que Catherine Fulop tuvo que subir un vaso de agua al escenario. En este sentido, el llanto es uno de los efectos más vistosos del programa, porque lagrimean los participantes, sus padres, el público y eventualmente los jurados.
Si bien se abusa de las secreciones, han sido felizmente evitadas las "historias de vida", del estilo de "soy de Lomas de Zamora, mi papá es bombero, tengo tres hermanitos que son hinchas de Los Andes, a los ocho tuve la tos convulsa y mi sueño es ser como Teté Coustarot".
En cambio, el "efecto reality" descansa en las bambalinas de los teatros, con Peluffo y familiares de los participantes, en escenas medidas y con el mismo sentido de las proporciones que se observa en el programa, cuya edición ajustada lo convierte en un entretenimiento plausible y sin los pasajes de bragueta endémicos en las creaciones de Tinelli.
Por Roberto Maurer