Enrique Cruz (h)(Enviado Especial a Córdoba)
El fútbol es un juego en el que nadie está exento del error. Se equivocan los jugadores en un pase o al definir frente al arquero, se equivocan los técnicos en un cambio o en la elección de un planteo y también se equivocan los árbitros, protagonistas sobre los cuales recae Äquizás como ningunoÄ el rigor de la lupa crítica. Un árbitro puede cometer un error, pero nunca una sucesión interminable, tendenciosa e influyente como la de Guillermo Rietti en el partido de ayer. Rietti inventó un penal a favor de Talleres, no amonestó a Basualdo y a Quiroga que cometieron foules "tácticos" en el primer tiempo que frenaron contragolpes de Unión, le cortó un avance de gol a Pereyra cuando marcó el final del primer tiempo y todavía faltaban más de 20 segundos para que se cumpliera el único minuto de descuento que había adicionado, colmó de tarjetas amarillas a los jugadores de Unión y no midió con la misma vara foules similares cometidos por los de Talleres, ignoró dos claros penales (uno a Alessandria y otro a Carabajal) a favor de Unión, con el argumento de "agarradas comunes que abundan en el fútbol", según se encargó de decir Äy de justificarseÄ el árbitro del partido.
Demasiada incidencia, casi podría decirse que fue una alevosa participación en todo: en el resultado y en el trámite. Rietti pudo haber tenido una mala tarde; lo que llama la atención es que sus decisiones hayan sido siempre a favor de un lado y en contra del otro. Acumulación sistemática de errores que resultan intolerables por lo perjudicial. Porque además, en el penal inventado a favor de Talleres, Rietti cobró dos segundos después, ante el reclamo de la gente y desde 40 ó 50 metros por lo menos. Influyente e influenciable, adentro de una verdadera caldera que era el estadio de Talleres con más de 10.000 personas pidiendo la cabeza del técnico, de los jugadores y de todos.
Unión perdió su segundo partido consecutivo, es el único de los 20 que juegan en la B Nacional que no sumó y se había ido despedido con silbidos en la presentación ante Belgrano. Es natural que las exigencias para el partido que se viene con Instituto sean muchas, de parte de la gente. Y es que Unión, en este torneo Änadie lo desconoceÄ tiene que asumir protagonismo. Y esto no se consigue de otra manera que no sea ganando. Pero debe quedarle en claro a cada uno de los miles de hinchas de Unión que ayer el equipo no perdió por sus errores, ni siquiera por las virtudes del rival, sino que perdió por el árbitro; y además, tuvo pasajes (los primeros 20 minutos del segundo tiempo) bastante buenos. Podría sonar a excusa o a consuelo, pero ésta es la realidad. Y el hincha debe entender que el partido de ayer no se puede tomar como parámetro de reprobación, más allá de que en fútbol imperan los números y la tabla se convierte, así, en el reflejo del éxito o fracaso de un equipo.
A Unión le costó adaptarse a un par de condicionamientos tácticos que planteó Grondona: 1) la persecución individual y con rasgos "policíacos" del "Polaquito" Basualdo sobre Rosales; 2) la posición de Buffarini jugando como wing derecho, evitando el adelantamiento de Gorostegui y obligando a Unión a jugar con línea de cuatro atrás. Esto de Buffarini viene a colación porque se trató del jugador más desequilibrante en el mano a mano que tuvo el local. Y lo de Rosales, porque, obviamente le restó a Unión el aporte de su jugador más desequilibrante con la pelota en los pies.
Pero en ese comentado arranque del segundo tiempo, Unión tuvo e hizo todo lo que se debe para ponerse en ventaja. Le creó cuatro o cinco situaciones claras a Talleres, además del gol de Rosales (clara mano de Lussenhoff en un centro al área), apareció en escena el "10", tuvieron mayor participación los puntas Äalgo aislados en el primer tiempoÄ y se animaron Fontana y Gorostegui a acompañar en la recuperación a Zapata y De la Fuente en la mitad de la cancha, o más allá de ella, y no en el campo de Unión, como había ocurrido en el primer tiempo.
Era el típico partido en el que bastaba con ponerse en ventaja para que la gente se enloqueciera, el rival también y, entre esas presiones de afuera y la desesperación de los de adentro, sacar una ventaja decisiva y definir el resultado. Unión estaba bien parado atrás y le había encontrado la vuelta al vericueto táctico propuesto por Grondona, pero debía entrar en acción Rietti. Y así fue. En medio de la hostilidad y los insultos, inventó el penal de Vera a Moreyra Aldana (el defensor de Unión cubrió la salida limpia del pibe Ojeda para detener la pelota en lo alto), canjeó las protestas por el festejo, echó a Vera (desbordado e impotente ante la injusticia) y enloqueció a Unión. Vino el segundo (cabezazo de Salmerón en una jugada de pelota quieta) y se terminó el partido. En tres minutos se le cayó la estantería a Unión. Y aquí no hubo culpas propias ni méritos ajenos contundentes, sino los influyentes errores de Rietti que, apuntados en una sola dirección (el perjuicio a Unión), se convirtieron en determinantes.
Teté Quiroz debe ponerle pronto un punto final a su racha personal de diez derrotas consecutivas (ocho con San Martín y estas dos con Unión). No sé si pesará o no en él, pero quizás no tenga motivos de preocupación, en lo estrictamente deportivo, que vayan más allá de frenar esto con una victoria que se hace necesaria sólo para tranquilizar ánimos.