Alberto Sánchez [email protected]
Hoy, a diez años de su desaparición física, el aviso recordatorio sólo aporta ese dato, el del fallecimiento del señor José Gozálvez, reflejando por supuesto el dolor de sus familiares, amigos y allegados. Pero quienes en este momento están leyendo esta nota, quienes han llegado a conocerlo y han tenido la posibilidad de tratarlo, o quienes tienen una relación íntima con la actividad boxística, sobre todo amateur, se enteran (y casi que no pueden creerlo) que hoy hace ya una década que falleció el señor José Gozálvez. Don "Pepe", para los que se encuentran encuadrados en cualquiera de las categorías de acercamiento nombradas anteriormente.
Según la Real Academia Española, el término "don" proviene del latín dominus, que no es más que un título de dignidad y nobleza, que es aplicable solamente a los hombres que las posean, y se utiliza siempre anteponiéndolo a su nombre de pila.
Para aquellos que lo conocimos, dentro o fuera del boxeo, la definición no puede ser más exacta, tanto por sus cualidades como formador de boxeadores, esencialmente aficionados, y hombres de bien para la vida futura. Para poder transmitir estos valores hay que poseer también el "don" de ser "maestro", no sólo en lo deportivo sino de la vida.
Tal vez, para las nuevas generaciones del boxeo, el nombre de José "Pepe" Gozálvez no les diga mucho, pero para aquellos que de alguna u otra manera han pisado la lona de un ring y que por estos días superan el medio siglo de vida, o como yo, que he tenido la oportunidad de conocerlo no sólo por su actividad en el deporte de los puños, sino fuera de ella, sabemos de su enorme trayectoria como deportista cabal y como hombre que siempre tuvo bien alto el valor de la ética y la honradez.
Para confirmar lo dicho, bastará con las palabras de quienes pasaron por su lado formándose en la ruda disciplina del boxeo; aprendiendo a través de su voz sin estridencias, los conceptos básicos de este deporte.
A la vez, muchos de ellos, por extrañas circunstancias, o quizás tentados por personas de más "nombre", valiéndose de promesas que finalmente nunca se cumplieron, se alejaron de su lado. Sin embargo, en ningún momento se ha escuchado de la boca de don Pepe Gozálvez alguna palabra de reproche por ese tipo de actitud.
Innumerables anécdotas se podrían rescatar de su paso por todos los cuadriláteros del país. í¿Cuántos boxeadores, campeones o no, en su condición de pupilos del club, encontraron en don "Pepe" al padre que tal vez faltaba, al amigo sincero o al socorrista, en todo sentido, en el momento preciso?!
í¿Cuántas puertas se abrían a la sola mención de su nombre, más que nada en despachos oficiales, en alguna oficina porteña, o en el simple almacén o tienda de barrio que aceptaban como aval a su honradez sin límites, su caballerosidad plena y la humildad que lo distinguía?!
Organizador de festivales que de antemano sabía estaban condenados al fracaso económico, pero que posibilitaban mostrar la escuela boxística aguerrida y esmerada de sus pupilos, y luciendo siempre la clásica bata bordó con vivos plateados para volver a casa, con algún que otro peso en sus bolsillos.
Si el éxito o la gloria se midiesen por títulos o campeonatos mundiales logrados, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que José Gozálvez nunca los alcanzó. Pero sí que muchos que ostentaron esos lauros se han iniciado a su lado, y esa sólida base, más algún mérito propio, fueron los puntos de apoyo para alcanzar el triunfo final.
Reconocer esto, además de ser estricta justicia, es arribar a un punto muy cercano en la verdadera historia de quienes posteriormente fueron ídolos.
En la Antigua Grecia se decía: "Hombres cultos dedicados a la educación de otros, pasan silenciosamente por la vida". Y así, silenciosamente, justo en la víspera de su cumpleaños, desde la esquina de Facundo Zuviría y Gorostiaga, se fue don "Pepe" Gozálvez.
Hoy, a diez años de su partida física, es preferible recordar a don "Pepe" como siempre, agachado en su rincón, esperando el sonar de la campana para saltar al ring con la indicación precisa, exigiendo hasta la última fibra de su pupilo.
Hoy, a diez años de su partida física, le decimos: íadiós maestro!, íadiós amigo! Siempre tendrá el respeto de quienes lo conocimos, de los que ayudó y de los que enseñó a luchar, tanto en el ring como en la vida.
La simplicidad de la crónica dice que por los años '50 ya entrenaba a los jóvenes entusiastas de la época en el viejo club José Pinasco, ubicado en la esquina que forman el bulevar Pellegrini y 4 de Enero. Luego pasó a los fondos del terreno situado en calle Francia 3725, adoptando el nombre de Boxing Club Juventud. Más adelante, su academia de boxeo se llamó Luis Mario Sánchez, homenajeando de esta manera a quien fuera un notorio dirigente y muy buena persona, prematuramente desaparecido. Quienes concurrieron a ella, atraídos por esa pasión que es el boxeo, encontraron no sólo la calidez de su mano franca, sino también el sitio para la charla amena matizada generalmente con alguna buena mesa gastronómica.