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En diferentes ocasiones Néstor Kirchner se jactó de que él era el verdadero ministro de Economía de la Nación. Fiel a esta perspectiva, desde que llegó al poder -desde que los Kirchner están en el poder, se entiende- el número de ministros de Economía ha ido cambiando cada vez con más rapidez. A Lavagna lo sucedió Miceli con el final por todos conocido. Luego vino Peirano. Y cuando asumió Cristina el ministro fue Lousteau. La renuncia de éste, como consecuencia del conflicto del campo, le abrió las puertas a Carlos Fernández, un gris contador de opaca actuación hasta el momento. Salvo el caso de Lavagna, un ministro con equipos técnicos propios y personalidad intelectual y política, los demás fueron manipulados por el Poder Ejecutivo sin alternativas ciertas de poder desplegar sus iniciativas y conocimientos para elaborar políticas económicas trascendentes. Desde que Cristina Fernández asumió el poder, este tendencia se mantuvo y en más de un caso se acentuó. El dato nuevo es que los ministros de Economía deben reportarse ante Néstor Kirchner, quien no tiene cargo alguno en el gobierno pero actúa como depositario del poder real. Esta singular manera de entender el funcionamiento de la economía y de las instituciones podría disculparse en parte si la situación económica fuera buena. Como esto no ocurre, y en los últimos tiempos esta apreciación se ha extendido a amplios sectores de la opinión pública, esta metodología -sin antecedentes- exhibe sus límites y carencias. Cuando Kirchner asumió el poder en 2003, las propicias condiciones internacionales, los buenos precios de los commodities y las medidas preparadas por Duhalde para paliar las consecuencias de la crisis -lo que provocó una fenomenal transferencia de ingresos de los sectores populares al denominado empresariado nacional-, permitieron un cierto respiro que luego derivó en una relativa bonanza económica. El problema es que, desde hace rato, este ciclo está dando señales de agotamiento, en tanto el kirchnerismo se muestra impotente para encontrar una salida alternativa. Por el contrario -la crisis del campo así lo ha demostrado- se empeña en aferrarse a un discurso anacrónico, a un concepto autoritario del poder y a soluciones que hoy están lejos de satisfacer los reclamos de la sociedad. Temas tales como la inflación y la manipulación del Indec, la abigarrada red de subsidios, las dificultades para tomar créditos a tasas de interés razonables, la ausencia de crédito internacional expresan una crisis que la pareja gobernante insiste en atribuirla a la imaginación y maledicencia de sus enemigos. Si a esta situación se le agrega la reducción de los precios de los commodities, el voraz incremento del gasto público y los crecientes problemas financieros de las provincias, hay que admitir que estamos en el umbral de una crisis que para paliar sus efectos exigirá de nuestros mejores recursos humanos y técnicos. Para ello, la fórmula casera de los Kirchner no alcanza. Y mucho menos cuando la receta es adobada con el empecinamiento. |