Opinión: OPIN-05
Crónica política
La crisis del poder kirchnerista
Los Kirchner, unidos en la vida y en la política. Aquí, en escena, frente a su público. Foto: EFE

Rogelio Alaniz

"Arrepentirse de un acto es modificar el pasado". André Gide.

El gobierno nacional se empecina en defender el llamado "modelo" y, no conforme con ello, sus principales operadores llaman a profundizarlo. La presidente, fiel al principio de que todo lo que hizo está bien, se esmera por mantenerse en la misma línea. Las dificultades que se le presentan no son pocas, entre otras cosas porque lo que se ha achicado de manera alarmante es su margen de decisión política.

Gobernar sin poder es muy difícil. Esta verdad la sabe cualquier político y para un peronista es un principio constitutivo del dogma partidario. Para los Kirchner, que piensan la política desde la categoría absoluta del poder, la noticia debería ser una catástrofe, y tal vez lo sea. En principio, no hay datos de que sean del todo conscientes del momento que están atravesando. De todos modos, a nadie escapa que han perdido iniciativa política y no hay indicios de que la vayan a recuperar.

La defensa del modelo es una frase retórica que en términos políticos sólo quiere decir la defensa de la voluntad de poder del oficialismo. El "modelo", como tal, no existe. Es un recurso retórico Ä"ideológico", sería la palabra exactaÄ para justificar determinados actos o movilizar ciertos recursos. En el mejor de los casos, es un proyecto de acumulación de poder que intenta compatibilizar al estilo kirchnerista los beneficios de la economía privada con los privilegios de la acción estatal.

En este punto no hay nada nuevo bajo el sol. Todas las economías del mundo, salvo Corea del Norte y Cuba, se expresan a través de esa relación entre Estado y mercado. Los Kirchner no son la excepción. Lo excepcional pueden ser los grados de corrupción que sostiene esa relación o sus niveles de ineficiencia o la tendencia a favorecer no al capitalismo en general, sino a los capitalistas amigos.

El kirchnerismo no ha inventado nada. El llamado modelo está hecho de retazos desechables. Corresponde a las fantasías de algunos opositores acusarlo de socialista o comunista. No es una cosa ni la otra. Más allá de las verbalizaciones, el llamado modelo no es más que una variante, bastante deteriorada, del populismo criollo, cuya base operativa siguen siendo los sindicatos y la centralización del poder, a los que se suman, en este caso, las contingencias de una coyuntura económica internacional favorable que ahora está dando señales visibles de agotamiento.

Al kirchnerismo no hay que reprocharle la adhesión a un socialismo inexistente, sino su compromiso y complicidad con un capitalismo ineficiente. El populismo que practica como socialismo es un fracaso y, como capitalismo, es una calamidad. A esta verdad, operadores como De Vido, Ulloa, López, Moreno o Jaime la conocen mejor que nadie. Los que parecen ignorarla son sus llamados soportes de izquierda, los muchachos de "Carta Abierta", que suponen que defienden a un gobierno que ha mejorado la calidad de la democracia y ha asegurado una mejor distribución de la riqueza. No hace falta leer a Marx o a sus epígonos para reconocer que los dos componentes básicos de la política de izquierda o progresista Ämás democracia y mayor distribución de la riquezaÄ son tan ajenos a este gobierno como lo es un concierto de Martha Argerich respecto de la música de la Mona Jiménez.

El problema que se les presenta a los Kirchner es que la coyuntura o el ciclo económico que los favoreció está concluyendo y ellos no pueden ni saben cambiar. Pero hay poco para reprocharles. En general, ningún equipo político tiene capacidad de cambiar cuando el ciclo que lo ha llevado al poder se agota. Por motivos históricos, culturales e incluso psicológicos, ningún mandatario ha logrado superar el desafío de los cambios. Todos han debido ceder el lugar a otros dirigentes, a otras soluciones y a otros rostros.

Lo que diferencia a unos de otros no es si se quedan, sino si se retiran en mejores o peores condiciones. Dicho en términos más rústicos: irse, se van todos; unos regresan a su casa, otros se van del país y otros se la pasan peregrinando por tribunales y, en más de un caso, terminan en la cárcel. Las diferencias no son menores; son las que distinguen al bronce del alquitrán, al honor del vicio.

El otro punto de diferencia, que no es menos importante, consiste en saber si los gobernantes cumplen su mandato o si se van antes. Sobre este tema, la decisión depende mucho del talento de los dirigentes, de su capacidad para negociar en condiciones extremadamente duras y Äaunque no sea muy científico decirloÄ de los caprichos del azar. No es lo mismo un modelo cuyo agotamiento coincide con la conclusión de un mandato político, que un modelo que se agota cuando el mandato político recién se inicia. Esta situación depende de una relación compleja de causalidades que, por comodidad, denominamos "azar".

Al respecto, la situación de los Kirchner no es la más cómoda. Por lo pronto, llegar a fin de año les va a representar un gran esfuerzo; arribar en condiciones medianamente dignas a los comicios de 2009 hoy se parece a una hazaña, y pensar en el 2011 pertenece más al campo de la astrología que de la predicción política. Curiosamente, es la oposición política no peronista la más interesada en que los Kirchner se sostengan en el poder. Un cambio político inmediato sólo favorecería al peronismo en la versión duhaldista. No dejaría de ser una ironía de la historia que el cambio a un régimen agotado lo expresaran Duhalde, De la Sota o Menem, las otras cartas que tiene el peronismo para perpetuarse en el poder.

Lo deseable, por supuesto, es que las instituciones se respeten y se respeten los mandatos que ellas fijan. Lo que ocurre es que en política no siempre lo deseable es lo más oportuno. De poco sirve que el amplio abanico opositor reitere sus declaraciones a favor de la continuidad en el poder de la señora presidente, si desde el poder no se hace nada, o se hace exactamente lo contrario para asegurar ese reclamo.

No se trata de pedirle al gobierno que renuncie a ejercer el poder, una de las potestades centrales de todo gobierno. Tampoco se trata de pedirle que constituya un poder débil, pusilánime. Lo que importa en todos los casos es que el poder sea poder, pero que, además, sea democrático. Más democracia, en una república sana, quiere decir instituciones más fuertes, más participativas en serio. Más democracia incluye un Congreso que funcione, un federalismo que sea tal, una libertad de expresión que esté asegurada como derecho y no como concesión. Más democracia incluye, por supuesto, gobiernos y sociedades que crean en ella.

Se trata, en definitiva, de hacer exactamente lo contrario de lo que se viene haciendo hasta la fecha con liderazgos que pretenden ser carismáticos y no lo son, con políticas que pretenden ser distributivas y concentran aún más la riqueza, con estrategias impositivas que refuerzan las tendencias más regresivas de un régimen recaudatorio injusto.

Los Kirchner no están perdiendo poder por ser una izquierda combativa, sino por ser una derecha ineficiente. Lo que se les reprocha no es tanto lo que hicieron mal, como lo que dejaron de hacer; no es tanto las respuestas que no supieron dar, como las oportunidades que dejaron pasar. Cuando la historia los juzgue, los señalará como el paradigma de quienes dilapidaron el poder no por obra de sus enemigos, sino por su propia acción. Insisto: no han sido las virtudes de la oposición las que erosionaron el poder kirchnerista, sino sus propios errores.