Carlos Catania Cada vez que el Niño evoca las charlas sostenidas con el Doctor, reconoce que en este mundo casi todo se ha dicho. Y añade una sentencia de Wittgenstein: "Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje". El "casi" del Doctor responde a las incógnitas de un futuro que no conoceré. Recurriendo a las pautas que me ofrece el presente, sólo lo imagino, algo así como ejercitarse en el vacío. Uno debe cuidarse entonces de hacer alarde de vaticinios, ingenio y verborrea. En realidad sabemos tan poco que, en medio del creciente caos, después de volar, siempre amenaza el riesgo de aterrizar en una mitología reconfortante o en el nihilismo del hartazgo. Hacia 1751, en su Discurso sobre las ciencias y las artes. Jean-Jacques Rousseau, afirma que todos los espíritus parecen haber sido fabricados con un mismo molde: "...la buena educación exige continuamente, el decoro ordena: continuamente nos adherimos al uso, nunca a nuestro propio genio. Nadie se atreve ya a parecer lo que es". El Niño sabe que tal hipótesis no necesita demostración alguna: goza en el presente de una inocultable vigencia. Se perciben tantos biotipos montados al galope en el lomo de un universo que de humano tiene muy poco, que la musiquita de "siempre ha sido así", para tanta gente "buena" (las comillas son preventivas), constituye un consuelo muy extraño. Cantidad de esta especie siente que ha sido castrada por la frustración de sus ensoñaciones y sentimientos. La consecuencia inevitable de la decepción y el dolor, es el gregarismo: una frágil seguridad al actuar como los demás, siguiendo fielmente las presiones externas: modas, medios de comunicación, "costumbres morales", mordazas compulsivas, espiritualismos enlatados y otras yerbas. Ante cierto número de circunstancias atenuantes, no infiero que esto sea bueno o malo. Digo que es así. Sólo conciencias inquietas activan variables. Muy poco, por cierto. En el discurso mencionado, Rousseau da por inapelable que el lujo, la disolución y la esclavitud, derivan de los orgullosos esfuerzos que hemos hecho para salir de la feliz ignorancia donde nos había situado la sabiduría. A fin de apuntalar que las ciencias y las artes conspiran contra la virtud y nacen de nuestros vicios, recurre a Sócrates: "Ni los sofistas, ni los poetas, ni los oradores, ni los artistas, ni yo mismo sabemos qué es lo verdadero, ni lo bueno, ni lo bello. Mientras que yo, si no sé nada, al menos no tengo esa duda". Vamos, Sócrates... Tu exaltada humildad no oculta del todo una suerte de soberbia didáctica. El ya remanido "sólo sé que no sé nada", perspicaz estrategia destinada a poner de manifiesto la ignorancia de los creadores, contradice cuánto sabías. Basta con un ejemplo: hacia el final, sabías que un hombre de honor no le teme a la cicuta. Por otra parte, Platón revivió con gran entusiasmo tu mayéutica en la Apología, en el Banquete, en la República, en Fedro, en Menón, en Filebo... En suma, Rousseau anatemiza ciencias y artes. Las primeras serían vanas y peligrosas. Las segundas envilecen todo lo sagrado que pertenece a los hombres. Víctima: la virtud. Teniendo en cuenta el marco referencial de su época, el sueño de una Arcadia, la vida sencilla de sus pobladores, paraíso de inocencia y felicidad, domina el pensamiento de un hombre convencido de que la bondad humana reina en lo primitivo. No le faltaría razón, si esta presunta bondad, después de analizada, resultara ser un absoluto-lógico (valga) y la virtud respondiera a disposiciones del corazón. Lamentablemente, existen poderosas razones que demuestran lo contrario. Francois Rabelais, dos siglos antes de Rousseau, manifestó que ciencia sin conciencia no es sino ruina del alma. El Niño se pregunta qué hubiera dicho el autor de Gargantúa y Pantagruel, de haber conocido la actual glotonería de nuestras técnicas idiotizantes. Dicho esto dejando de lado los matices, que los hay. Rousseau se muestra extremista en su discurso, pero más tarde, admitirá que el mismo carece "absolutamente de lógica y de orden; de todas las obras que han salido de mi pluma es la más endeble en cuanto a razonamiento" (Confesiones). Pero hay un segundo discurso: Sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, donde nuevamente deja su impronta mediante las letras. Allí establece las hipótesis que servirán de base a El Contrato social y se muestra como un premarxista: la propiedad es un robo, los ricos son los explotadores del pueblo, la caída del tirano es un derecho, el orden social de mi tiempo es una iniquidad. Resulta más convincente en este discurso. Algunos políticos entregados a enjundiosas charlatanerías puntuales, representantes, según se dice, del pueblo (¿qué significará para ellos esta última palabra?), deberían leerlo. Nuevamente el Niño se topa con el enigma del huevo o la gallina. No es extraño: las acciones humanas están sujetas, por lo general, a este dilema. ¿Es la trama social el punto de partida para el envilecimiento humano o es la célula misma la portadora del germen? Pregunta que, en definitiva, no tiene ningún sentido. El Niño sabe que nada tiene sentido, salvo el que se esgrime para respetar la vida del individuo y dignificarla, lo que exige ciertas actitudes de rechazo. Sin pizca de paradoja, defiende a muerte el sin sentido de la existencia, razón por la que la ama en su breve transcurrir. Respeta las creencias en el más allá, pero como dice Camus, su reino es de este mundo. Aunque cualitativamente las cosas no han cambiado, los pronósticos de Rousseau han girado ciento ochenta grados, sobre todo en lo relativo a las Artes y las Letras (dejo de lado la glotonería de las técnicas idiotizantes). Respecto a las letras, el Niño no hace referencia a "libritos", sino a las grandes obras, aquellas que, aparte de ser objetos de conocimiento, estimulan conciencias. Si bien nada cambian en el terreno social, preparan los cambios y se convierten en hechos antagónicos y testimoniales de las porquerías humanas. En el plano individual no obstante, genera cambios profundos, tanto en las ideas como en los "estilos" de vida. Algunos mesiánicos opinan que nos salvan, creo, de la exitosa estupidez. No se le escapa al Niño el carácter aleatorio de estas hipótesis, pero muchos compañeritos le han confesado que autores como Kafka, Musil, Sontag, Kenzaburo Oé, Sartre, Borges... les han proporcionado una nueva visión del mundo, o en todo caso, liquidaron prejuicios y errores que dominaban su existencia y la traicionaban. Acerca del germen de las ideologías, de su maduración y asentamiento, se hablará en el próximo capítulo. Fragmento de Testamento del Niño |