Nosotros: NOS-12
Toco y me voy
Sobre las sillas de plástico (II)
Nunca segundas partes fueron buenas. Pero a la estrepitosa primera caída desde el endeble sitial de una silla de plástico, busco y encuentro y no encuentro (es la diferencia entre empezar un régimen en serio o no: íestá en juego el porrón diario y el próximo asado!) razones superadoras. Es que me siento muy mal (ícuec!)...

Por Néstor Fenoglio

Pocas veces en mi vida he recibido tantas abrumadoras muestras de solidaridad: parece que el tema de las sillas de plástico es un drama generalizado y mucha gente ha sido víctima del ataque artero de un asiento falluto. Para los desmemoriados o no saben de lo que estoy hablando, hago un somero resumen: días pasados me caí por primera vez rajando una silla de plástico. Los que esperaban rebeldía y el comienzo de un régimen rajante (bueno, hoy también tengo un régimen rajante de sillas), pues, pueden esperar sentados. Porque en estos días he descubierto la magnitud del drama de las sillas de plástico que atacan, como una maliciosa enfermedad, una epidemia silenciosa, a mucha más gente que la que confiesa el problema...

Tipos que andan por arriba de los noventa kilos, empiezan a ser candidatos a rajar sillas. Se los digo, así, de una. Hay gente ya enterada de la fallutez constitutiva de estas sillas, y en consecuencia, antes de sentarse y sin pudores, enciman dos y hasta tres sillas. Los tipos comen desde un mangrullo, y desde allá arriba te miran sobradores, mientras los demás mortales se manejan a ras de mesa. Previsores, los tipos.

Después, en tren de solidarizarse con mi caída pública, hubo otros que me explicaron la teoría del calentamiento de los materiales. Cuando las cosas te las dicen con un sesgo científico, no es que no te caés igual, pero lo hacés con una explicación y eso es bárbaro.

Los sostenedores de este argumento señalan que las sillas están más sólidas y resisten más al principio, cuando están frías y sus moléculas cohesionadas. Parece que nuestras asentaderas, ancas, ano con su temperatura propia más la que le sumamos con una ingesta generosa, van calentando el plástico -eso me dijeron, yo me debo a mi público y cedo este espacio para que ellos comuniquen- y en consecuencia el material se ablanda y se torna inestable. Se van abriendo las patas y el resto ya lo saben: hay un final abrupto para esta historia. Reitero: no es que estés gordo, sino que intervienen factores físicos y químicos que te exceden.

Después tenés otra línea de defensa de la inmensa mayoría de los tipos que pesamos más de noventa kilos y va a la yugular: a las sillas mismas. Esta línea argumental detecta y hasta clasifica las sillas de plástico de acuerdo con su calidad y por ende, su solidez. Los tipos ya han hecho un relevamiento (que no puedo, por razones editoriales y comerciales explicitar aquí) marca por marca y modelo por modelo de sillas de plástico y saben cuál es cuál. La información es vital para la toma de decisiones adecuadas y estas personas, unos capos, directamente ni se sientan en determinadas sillas.

Hay una de investigación más, y tiende a dilucidar la interacción del material (de la silla, no del nuestro, que es totalmente in-tangible) con el piso. Resulta que está comprobado que hay pisos que son más jodidos para este tipo de sillas, o que potencian el desplazamiento primero imperceptible y luego estrepitoso de las patas de plástico. Los cerámicos, los pisos muy encerados, los mosaicos de superficie pulida, los porcelanatos, son mortales para las sillas de plásticos y sus ocasionales usuarios.

Y así estamos. Como en todo, hay dos bibliotecas. Hay tipos arteros que pretenden que baje de peso, que así no voy a tener problemas no sólo con la silla. Y hay otros, que apuestan a desprestigiar al correo del zar. No es que estemos gordos o con sobrepeso, sino que la silla. o el material o el piso son una porquería, con lo cual la culpa no es nuestra o no lo es plenamente. Y si creen que me cuesta dilucidar qué hacer, cuál sendero tomar, cuál diablito o ángel escuchar, les digo que eso no me cuesta trabajo, como tampoco trasladarlo a palabras. Sin ir más lejos, escribí este artículo de reivindicación de una sentada.