Opinión: OPIN-07
Crónica política
Los Kirchner y las humillantes exigencias de la realidad

Rogelio Alaniz

Hace apenas seis meses el gobierno nacional hacía planes para quedarse hasta el 2020 por lo menos. Por entonces, todo estaba diseñado para instalar un sistema de dominación política parecido a la del PRI mexicano. El peronismo kirchnerista se pensaba a sí mismo como el centro de una gran alianza que incluía a los principales dirigentes de los partidos opositores, a los representantes de las corporaciones y a un puñado de empresarios amigos de los grandes negocios y, muy en particular, amigos de la pareja gobernante. A una minoría se la arreglaba con ideas; a la mayoría, con la chequera, pero todo estaba programado para asegurar que los Kirchner se sucedieran en el poder.

Los operadores del oficialismo daban la tarea por cumplida y más de uno festejaba por anticipado y gastaba a cuenta de futuros cargos. Todo parecía complotarse a favor de la felicidad de los pingüinos. Hacia la derecha, la alianza kirchnerista contaba con la adhesión de empresarios y caudillos conservadores de tierra adentro; hacia la izquierda, disponían de la apoyatura de intelectuales bien pensantes. La máxima expresión de esta corriente fueron y son los muchachos y las chicas de Carta Abierta, muy habilidosos para hablar de lo que no saben, opinar sobre lo que no les importa y consumir alegremente ese opio ideológico al que ciertos intelectuales son adictos, como bien lo explicara Raymond Aron en su célebre libro. Al respecto, ya se sabe que desde Puerto Madero o Palermo Hollywood el mundo se ve color de rosa, el color que siempre suele rodear como un aura a los oficialismos de turno.

Sin embargo, en 180 días los sueños hegemónicos cedieron su lugar a la ingrata realidad de las cosas. Hoy el gobierno no pretende prolongarse en el tiempo; se conforma con durar. Las ambiciones de perpetuidad en el poder han mutado en aspiraciones más modestas y resignadas. Ocurre que, como le gustaba decir a Mitre, esta Argentina cambia muy poco, porque parecería que ni Dios ni los argentinos quieren que cambie demasiado. Los Kirchner deberían haber sabido que en nuestro país no es sabio ni prudente hacer planes a largo plazo, mucho menos cuando esos planes tienen como centro exclusivo la ambición personal.

Pagar la deuda con el Club de París carece del sabor épico que provoca la lucha contra la oligarquía y el imperialismo. Saldar una deuda ante los acreedores internacionales no será heroico, pero es necesario. Es probable que un gobierno menos dominado por sus prejuicios y pulsiones hubiera saldado esta asignatura de una manera más inteligente y previsora, pero admitamos que, a los empujones y a desgano, los Kirchner se vieron obligados a hacer lo que correspondía.

Hacia el futuro se abren otros desafíos que no son épicos pero son imprescindibles. Me refiero a la inflación y al costo de la energía. También está pendiente la relación con las provincias. Sobre este punto hay mucha tela para cortar, pero en principio me gustaría saber si el modelo de atención a Santa Fe es el que han instrumentado en materia de edificios escolares. Como se sabe, el programa de cien escuelas contempla para la provincia sólo tres. Nadie debería sorprenderse. El amigo de Kirchner no es Binner, es Insfrán. Y ya se sabe que los Kirchner manejan sus relaciones con los gobernadores de acuerdo con su singular código de honor.

Estatizar Aerolíneas Argentinas hubiera sido en otros tiempos un motivo de espumantes festejos con abundantes consignas a favor de la soberanía nacional y otras libaciones ideológicas por el estilo. Hoy se sabe que la estatización de Aerolíneas no es una solución sino el inicio de nuevos problemas.

Por lo pronto, el gobierno ha debido aceptar a regañadientes que el tema sea tratado por el Congreso y que el proyecto original sea desflecado no sólo por los legisladores opositores, sino también por los oficialistas. Hacia el futuro queda abierto el interrogante sobre la capacidad de siete sindicatos para administrar una empresa que de hecho está quebrada, quiebra de la que son responsables en gran medida los sindicatos y el gobierno, precisamente quienes ahora pretenden administrarla.

Hace unos meses los Kirchner hablaban sobre los extraordinarios beneficios del tren bala. De lo que no hablaban era de los jugosos negocios que incluía el emprendimiento, negocios con empresarios que en algunos casos -para quedarse con lo ajeno- son más veloces que el propio tren bala.

El debate estaba abierto, pero da la impresión de que una vez más la ominosa realidad, que parece empeñarse en ser de derecha, le escupió el asado. La irreverencia ocurrió en Merlo y en Castelar. No sabemos si el operativo incendiario lo produjo la ultraizquierda o algún comando del oficialismo, lo que sí se sabe es que los pasajeros del Gran Buenos Aires están cada vez más lejos de viajar con un mínimo de comodidad.

El transporte en la Argentina no se arregla incendiando vagones, pero tampoco se arregla despilfarrando recursos con el tren bala. Entre la provocación de la ultraizquierda y la retórica del tren bala hay lugar para otras alternativas de desarrollo. Sin ir más lejos, hace unos días el ingeniero Guillermo Laura retomó su viejo plan de construir en un plazo de diez años una red de quince mil kilómetros de autopistas. El plan incluye la financiación y el mantenimiento. Lo único que no tiene en cuenta es la posibilidad de hacer negociados. Esta omisión le costará a Laura que su proyecto duerma el sueño de los justos en algún escritorio.

En el orden político, la situación de los Kirchner tampoco es cómoda. El vicepresidente sigue operando para llevar agua a su molino. El peronismo siempre manipuló a sus aliados. Cobos no era la excepción, hasta que ocurrió el célebre empate en el Senado. De pronto, el hombre designado para tocar la campanilla se transformó en el político más prestigiado de la Argentina. Los Kirchner lo hicieron.

A Cobos habría que recordarle que la memoria afectiva del pueblo argentino no es muy profunda y que olvida con mucha ligereza lo que ayer amó. A la hora de la reflexión interna, el vicepresidente debería interrogarse sobre los avatares del destino que lo instalan a la cabeza del ranking de la popularidad por oponerse a quienes lo llevaron a ese cargo. No están del todo equivocados los radicales de la guardia vieja cuando le recuerdan que su mérito exclusivo fue haber sido leal en una situación límite a los valores del viejo partido. Dicho con otras palabras: Cobos es popular no por ser kirchnerista, sino por oponerse a ellos. Una paradoja para quien llegó a la vicepresidencia de la mano de Cristina y Néstor.

En los últimos dos meses hubo tres elecciones locales. En las tres el oficialismo fue derrotado. Es lo que sucedió en Río Cuarto, Bariloche y La Pampa. Puede que sea casualidad, pero también es posible que los resultados sean una señal. Por lo pronto, los Kirchner están muy interesados en sostener políticamente las adhesiones de los caciques del Gran Buenos Aires. Saben que allí está la clave del poder, pero no deben ignorar que el respaldo que hoy reciben, además de salir muy caro al bolsillo de los contribuyentes, está dado por personajes expertos en el oficio de traicionar.

Cuando los Kirchner llegaron al poder la clave política se llamaba transversalidad y el estigma recibía el nombre de pejotismo. Hoy, esa relación se ha invertido. El poder de los Kirchner se ha recluido en el detestable "pejota". El cambio de la ecuación es representativo del retroceso político de la pareja gobernante. También de los riesgos que le aguardan hacia el futuro.