Es posible interpretar "La muerte de un viajante", de Arthur Miller, presentada anoche en la Sala Mayor del Centro Cultural Provincial, como una suerte de naturalismo brutal. La intención del autor apunta sin duda alguna más allá de un realismo objetivo y científico. La mayoría de los espectadores pueden presumir que Willy Loman, el protagonista, es víctima de una sociedad competitiva e injusta. Primero fue corrompido por falsos ideales, y luego explotado por gente despiadada. La sociedad hizo de él lo que es, y en una sociedad mejor su destino habría sido más feliz.
De todos modos, resulta imposible juzgar esta obra como mera expresión del naturalismo "de izquierda", ya que el autor es un pluralista y por ello mismo sus obras pueden interpretarse no como una demostración de los efectos del determinismo social, sino como un estudio de los efectos de la debilidad y la irresponsabilidad morales. Willy es una víctima de la sociedad, pero también es una víctima que consiente, es decir, una víctima de sí mismo. Acepta un sistema de valores vulgar, falso y corrompido. Él mismo dice, y se espera que el público le crea, que podría haber vivido una vida feliz de haber seguido sus propias inclinaciones. De tal manera, podría haber sido un carpintero en lugar de someterse al prejuicio que asigna mayor respetabilidad a un viajante que al hombre que trabaja con sus manos. Su trágica culpabilidad Äahora es suya antes que de la sociedadÄ consiste en que no supo ser fiel a sí mismo.
Desde este punto de vista, Miller es moralista, en un sentido muy semejante al de Ibsen, y la pieza se convierte en refirmación condicional del privilegio que tiene el individuo de ser, dentro de ciertos límites, lo que tiene ganas de ser.
En "La muerte de un viajante" hay varios ejes estructurantes conflictivos, como la relación padre-hijos Äintegrado uno, "rebelde" el otroÄ que plantean una especie de enfrentamiento generacional, propio de la época en la que la obra se estrenó, en 1949. Pero en todo caso es el drama del propio viajante el que interesa, aunque como ocurre magistralmente siempre en Miller, todos los personajes están perfectamente dibujados. Su intento de mantenerse en una estructura laboral ya caduca, la conservación del patriarcado familiar, la idea de que por encima de la preparación importa el espíritu emprendedor son evidentes. Viejos esquemas con los que perderá la batalla de su propia vida, sin comprender siquiera el sentido de su muerte, si no es para que su esposa cobre los veinte mil dólares del seguro y para que su hijo pueda labrarse un futuro mejor.
Viendo ahora esta puesta en escena de Rubén Szuchmacher se comprende más que cuando se vivía en aquella frontera qué tipo de civilización se clausuraba, qué otra se estaba abriendo y asentando. El vencido por la edad comenzaba a ser víctima de la insolidaridad: el hombre aplazado por los plazos, por el pequeño consumismo y, a su vez, consumido él mismo, objeto roto y abandonado. Los hijos de estos hombres eran los primeros de una serie de insensibles, de desgajados, de quienes empezaban a pensar que no debían al padre más que la frustración y la educación vacía o el choque con la ruptura del sueño de la riqueza.
Szuchmacher re-construye esta historia de manera brillante y tributa un indiscutible homenaje, altamente emotivo, al dramaturgo norteamericano. La propuesta está dedicada al espectador. No a los críticos ni a los estudiosos, sociólogos o psicólogos Ähay mucha tela para cortar en todos estos sentidos. Así, el espectáculo Äcon una cuidada y exquisita producción de Pablo Kompel y Adrián SuarÄ es una experiencia para entrenarse en todos los estados de ánimo por los que puede atravesar el público: una mueca dolorosa, alguna lágrima descontrolada, el asombro, la duda, la certeza, la comprensión ajena al significado y hasta la sorpresa dolorosa.
En el mundo de Willy Loman todo es gris, en el marco de una precisa escenografía de Jorge Ferrari, que sólo permite el color en el césped verde, tal vez la cifrada esperanza de un mundo mejor, aunque pisoteado por todos. El vestuario del mismo Ferrari, de espléndida formulación estética, juega también con los grises en todas sus variantes y el diseño de iluminación de Gonzalo Córdova subraya con precisión situaciones dramáticas.
El elenco es una fiesta de interpretación y otro acierto de la dirección. Diego Peretti está perfecto como Biff, el hijo que no quiere repetir la historia de su padre, a partir de una entrega que no elude la emoción, como en la escena previa al final. Sostener que María Onetto es una gran actriz no es novedad; emociona en la construcción de su atribulada Linda, atenta siempre a apoyar a su esposo; negando como él una realidad insoslayable. Sebastián Pajoni resuelve muy bien a Happy, el hijo que reiterará en el futuro la misma historia del padre, como se patentiza en la magnífica escena final, cuando es el único que vuelve la mirada hacia la última morada de Willy. Roberto Castro, como Charley, es el mejor amigo que todos quisiéramos tener. Y sería injusto no consignar las muy buenas interpretaciones de Carlos Bermejo, Julián Vilar, César Vianco, Mónica Santibáñez y Nicolás Balcone.
El párrafo aparte es para Alfredo Alcón. Sencillamente, dicta cátedra de actuación en todo momento, escena tras escena. El gran actor juega -en el sentido más literal del término- y dibuja sobre la escena las aristas de su atormentado Willy, conmoviendo a los espectadores. Verlo actuar es un placer que no se olvida, porque transmite estados de ánimo cambiantes, jamás compulsivos. Su rol tiene la arrolladora fuerza de un grande, a partir de un trabajo minucioso en el que cuerpo, voz y alma se combinan hasta alcanzar la perfección.
Esta puesta en escena confirma que la creatividad de un director y su olfato para desarrollar la trama de una pieza, acertando con el eje de todas las situaciones, son las condiciones para que un espectáculo teatral sea contundente. Creatividad y olfato son las dos virtudes de Szuchmacher y su proeza mayor es imponer la emoción en la totalidad, para que las ausencias, las pérdidas, los desencuentros, los olvidos y la muerte adquieran una fuerza arrolladora.
Roberto Schneider