Opinión: OPIN-05
Tribuna política
Percepción del riesgo: ¿problema de los dioses o construcción conjunta?

Eduardo Aguirre Madariaga (*)

De un rápido recorrido por las religiones de antiguas culturas, puede concluirse que los fenómenos naturales fueron el origen de numerosos dioses, mitos y leyendas en la mayor parte de las tribus y los pueblos de la Tierra. Buscaban así la forma de convivir con éstos procurando evitar acciones que desataran la ira de sus dioses. Intentaron dar explicación a la mayor parte de los fenómenos naturales; si no la encontraban, fabricaban una leyenda que permitiera mantener en la memoria colectiva la necesidad de adaptar pautas de comportamiento a su presencia ocasional; de esta manera mitigaban sus efectos y consecuencias. Estos pueblos siempre utilizaron como intermediarios entre ellos y los dioses a los representantes de las castas superiores: reyes, sacerdotes, brujos, etcétera.

En las últimas décadas, frente al fenómeno de las inundaciones, por ejemplo, se han realizado obras de ingeniería monumentales, confiando en que la tecnología podrá superar las inmensas fuerzas de la naturaleza, (los dioses tan temidos y respetados en las culturas de antaño). A diferencia de las antiguas culturas, no se ha construido una memoria colectiva acerca de la necesidad de adoptar pautas de comportamiento para el cíclico problema de las inundaciones. Se ha escrito y disertado muchísimo sobre el tema pero no se han generado los mecanismos suficientes para que toda la sociedad internalice los riesgos asociados al lugar donde vive, y que permitan cambiar pautas de comportamiento social para mitigar los efectos de los fenómenos naturales.

Entonces, el pueblo transfiere toda responsabilidad de lo que pudiera ocurrir al Estado, como intermediario ante los dioses, situación en la que el mismo Estado se colocó por no fortalecer la memoria colectiva y por depositar toda la confianza en obras de ingeniería.

Con la construcción de los terraplenes se ha modificado el carácter del riesgo con respecto al río: en crecientes normales éstos controlan la amenaza y en crecidas extraordinarias los mismos incrementan el riesgo potencial. Además, han traído como consecuencia una nueva manera de inundación originada en el estancamiento de las aguas pluviales debido a la interrupción de escurrimiento natural.

Situación que se intenta paliar con estaciones de bombeo asociadas a un conjunto de reservorios interconectados.

La realidad es, que hoy, con lluvias de escaso milimetraje ya se dificulta el normal funcionamiento de la ciudad, provocando inundaciones en calles y viviendas. El lento descenso y escurrimiento de las aguas se agrava por el taponamiento con residuos en las bocas de tormenta, desagües y alcantarillas.

A esta delicada situación, se agrega la ocupación indiscriminada de las riberas de los reservorios y ríos, con alta vulnerabilidad hídrica para esas personas. La mayoría de los ocupantes de estas zonas son personas "expulsadas" del interior de la provincia que emigran al centro urbano en búsqueda de un futuro mejor. Sin embargo, sólo consiguen engrosar asentamientos caracterizados por un creciente deterioro ambiental, que se manifiesta en rellenos y ocupaciones incontrolables de ribereños para la construcción de sus viviendas precarias. Esto aumenta el riesgo por insalubridad y la demanda continua de evacuación, cobijo, alimentación, seguridad y atención sanitaria a los organismos oficiales dependientes del gobierno de turno.

Esta descripción de la realidad de nuestra ciudad, tiene un tramado complejo y multicausal pero, lo que más impacta es la limitada percepción del riesgo que a nivel colectivo pareciera estar instalada en la ciudadanía toda. La respuesta generalizada permite entrever, por una parte, la falta de conciencia del peligro latente y, por otra, la confianza como único modo de solución en las acciones de ingeniería desplegadas por el Estado.

Hay varios puntos de vista sobre la percepción, uno de ellos se refiere a la forma en que un individuo interpreta y valora los posibles efectos y peligros de un riesgo. Tan es así que, en una misma ciudad hay personas que evitan los riesgos; otras que viven atemorizadas por ellos, a otras le parecen indiferentes y posiblemente para otras los efectos no sean importantes; percepción muy relacionada con motivaciones e intereses sociales, emocionales, culturales y económicos.

No debe preocupar, por lo tanto, que no exista una única percepción comunitaria de las inundaciones; no es tan grave porque no la hubo, ni la hay tampoco, en los campos de la decisión y de la técnica.

El paradigma imperante desde 1980 es que, lo natural puede ser "vencido o dominado" por la técnica, con lo cual se alimenta la expectativa de una urbanización sin límites, donde el agua y los ríos son agresores y limitantes del desarrollo, delegando en la ingeniería hidráulica la resolución de los problemas de las ciudades.

Una visión diferente sería buscar un equilibrio entre el soporte natural y la urbanización, entre el ambiente natural y el ambiente construido, es decir, reelaborar la relación entre ambos campos con un enfoque integral.

Buscar el equilibrio sería el camino prudente de acuerdo a la historia y a la situación actual de Santa Fe. Hoy la ciudad cuenta con dos poderosas herramientas para empezar a transitar por este camino: el Plan Urbano y la ordenanza que crea el Sistema Municipal de Gestión de Riesgos (recientemente aprobada por el Concejo Municipal). El sentido de estas herramientas es generar espacios que permitan la participación de todos los actores sociales y cabe en ellos la responsabilidad de hacerlo para la construcción de políticas orientadas a que en el futuro la ciudad sea más segura para todos los habitantes.

En definitiva, el riesgo debe ser una opción, no un destino.

(*) Magíster en Gestión del ambiente, el paisaje y el patrimonio. Director de Gestión de Riesgo del Gobierno de la Ciudad.